LAS VISTAS DE TORREPEROGIL
Afirman los entendidos en la materia que el más frágil de los sentidos, a nivel memorístico, es la vista. En muchos tratados científicos puede leerse que de todo lo que contemplamos a lo largo de nuestra existencia sólo recordamos el 1%. Pues debe ser que mi pueblo colma el 100% de mi fondo de ojos; no de otra manera puede ser, porque yo recuerdo con plena lucidez y vigencia absoluta todas y cada una de las fotografías en blanco y negro y en color de los paisajes de mi pueblo, de esas panorámicas que perviven, de una manera indeleble, agarradas en mi cerebro, donde una y otra vez son pasadas como fotogramas de esas películas que jamás pueden ser relegadas a un segundo plano o al desván del olvido. Porque una cosa la tengo bien clara: si yo me olvidara de ellas, en parte o en todo, me estaría olvidando de ese territorio que alberga los cimientos de toda mi vida y, por ende, me estaría olvidando de mi mismo. Yo no sería el que soy, el que os habla, sin mi pueblo, sin sus paisajes, los que me emocionaron, los que me siguen conmocionando por su belleza, porque sin ser espectacular la belleza de mi pueblo es la belleza que espabila mis sensaciones y, por tanto, la mejor para excitar mi sentido de la vista. No había noche de verano caluroso en que no convenciera a mis padres para que, después de cenar, me dejaran subir, Calzada de la Virgen arriba, hasta la Ermita de la Virgen. Allí habían instalado un pequeño parque infantil con un columpio, unas cadenas, un artilugio en el que inventábamos mil piruetas, y un tobogán. Pero yo, lejos de fijarme en él, me deslizaba por la rampa de mi imaginación, y, asomado por aquel balcón incomparable, imaginaba la vida que se encerraba en aquellas lucecitas que se veían a lo lejos, como colgadas del cielo, en donde competían con su fulgor con las estrellas tintineantes. Las amplitudes que rodeaban a mi pueblo no me cabían en los ojos ni de noche ni de día. Se extendían enormes, hasta acariciar las faldas de la Sierra de Cazorla, si a plena luz solar lanzábamos nuestras miradas a viajar desde el amplio mirador de la Lonja de la iglesia, donde mil veces perdí mi vista, leyendo los nombres que aparecían inscritos en la Cruz de los Caídos, en una cruz que había olvidado muchos nombres que no debieron caer por la patria sino que debieron resbalarse, pues en ella nunca jamás pudieron leerse. Pero sí puedo leer en mi retina la imagen viva de la plaza de mi pueblo, empapada de mil juegos infantiles, como puedo distinguir su plaza de abastos, cargada de imágenes imborrables. Y reconozco los vericuetos de las calles torreñas por donde pasé mis mejores años, los de mi primera infancia, la que se llena de imágenes que jamás se olvidan. Porque ¿cómo olvidar los paisajes que se contemplan desde la antigua carretera de Cazorla? ¿O cómo arrinconar en la desmemoria esa mágica aparición de mi pueblo allá por la Cruz de los Panaderos? Cuando llego hasta allí, en mi estómago borboritan mis nervios. Primero emerge el campanario de santa María la Mayor de la iglesia y después el mar de tejados bajo el cual bullen las vidas de los hombres y mujeres que día a día se empeñan en hacer de mi pueblo un territorio de imágenes inolvidables, de estampas que colman los ojos para que chisporroteen en el alma, zarandeadas por el recuerdo de ellas en la distancia del tiempo y del espacio. Y eso, a los que estamos lejos de nuestro ámbito natural, nos acerca a los que en él vivís, sufriéndolo y gozándolo, custodiando el pasado, creando presente y asegurando el futuro. Por eso, muchos rostros de los vuestros, los llevo vigentes en mi mirada.
SENTIMIENTO TORREÑO
Muchas veces me he preguntado qué significa ser torreño. Si me lo he cuestionado no ha sido por otra cosa que porque han sido muchos los amigos que, al mostrarme tan orgulloso de serlo (torreño), me han echado en cara que soy un chauvinista, que soy un exagerado, que cualquiera diría que no existe en el planeta más pueblo que Torreperogil. En cierto modo es así, para bien o para mal, Torreperogil no hay más que uno y resulta que es my pueblo. O mejor aún: resulta que yo nací allí, con lo cual quedé marcado para siempre con una impronta especial y única, pues allá por donde voy llevo a gala el ser torreño, torreño de Torreperogil.
Sé que desde la distancia podemos caer en la trampa de sobrevalorar y sobredimensionar aquello que se echa de menos; yo echo de menos a mi pueblo a cada instante. Pero ni mucho menos estoy yo en ese error de bulto. Reconozco que los verdaderos torreños y torreñas son los que han nacido allí, los que han vivido entre sus calles, los que allí se han dejado su esfuerzo y han liquidado los sueños, proyectos y hasta la vida, hasta el último aliento, hasta que la tierra de nuestros amores acoge en su seno a los hombres y mujeres para hacerlos torreños y torreñas por toda una eternidad. Y es cierto que mis paisanos y paisanas han sido los que con su presencia física han hecho de mi pueblo el pueblo que hoy en día es, y del que todos nos sentimos orgullosos, con sus virtudes y con sus defectos, en una suma que hace de nuestro pueblo un pueblo insuperable. Por eso mismo, a ellos y ellas les agradezco que hayan cuidado del pueblo con amor, a veces con rabia por la falta de oportunidades, con entusiasmo o desgana, para que el regreso momentáneo de los que vivimos fuera sea lo más agradable posible y no nos lleve a decepción. Vaya pues mi homenaje y agradecimiento sincero hacia ellos y ellas, pues el ser torreño implica ser agradecido.
Aun me parece estar oyendo las campanadas del reloj del ayuntamiento durante la madrugada de la primera vez que regresé al pueblo después de varios meses de ausencia. Fue emocionante asomarme al pueblo aquella noche, bien entrada la madrugada. Desde la Cruz de los Panaderos, las pobres farolas del pueblo, con su matiz ambarino, recreaban una atmosfera melancólica, tenue y silenciosa, la idónea para que en mi alma brotara un venero de nostalgia. Llegamos a casa envueltos en un tabardo de soledad, de una soledad que campaba a sus anchas por todas las calles, solo importunada por algún que otro ladrido de un perro que no tardaba ni dos segundos en convertirse en un eco que no dejaba de jugar durante horas con el viento sibilino durante las largas noches de invierno. Al meterme en la cama, no pude pegar ojo en toda la noche, deseando que llegaran las claras del día para así verificar el ansiado reencuentro con los amigos tras meses de angustiosa separación sin saber nada de ellos. Pero las campanadas del reloj del ayuntamiento, anunciando los cuartos, las medias y las en punto, se hacían de rogar hasta límites insoportables para mi entendimiento de niño deseoso de volver a jugar en las calles donde quedó atrapada mi felicidad infantil. Nunca una espera fue tan larga. pero al fin amaneció y una densa niebla pareció haberse aliado con mi ansiedad, pues la muy puñetera me negó una visión clara de ese conjunto de casas cordiales donde vivía la gente a la que tanto echaba en falta por más de que nunca había salido de mi corazón, casas con sus aromas particulares que sumados unos con otros proclamaban a los cuatro vientos un perfume hogareño y particular, inimitable: el de Torreperogil, mi verdadero hogar, pues en él habitaban, habitan y habitarán por siempre jamás las evocaciones que esbozan mi infancia, las que conforman mi mayor tesoro emocional, ya que en él guardo como oro en paño a mis mejores amigos, a los primeros amores, los unos que perduran relucientes a estas alturas, a los que abrazo de vez en cuando, menos de lo que deseara, con la misma ilusión y satisfacción de los días de escuela, y los otros, esos amores que dejaron una marca de agua en mi alma y que son los que de vez en cuando me procuran alguna lágrima cuando me sumerjo en ellos azuzado por la morriña.
A veces me pregunto qué significa ser torreño y torreña y la respuesta no puede ser más clara: es una suerte incomparable; ser torreño y torreña es vivir con los cinco sentidos la suerte de que una pequeña mancha blanca entre un mar de verdes olivos tenga a bien dejarte nacer en ella, dejarte crecer en una de sus casas, y permitirte vivir la infancia entre sus calles y campos. Ser torreño y torreña es un modo de vida que tiene sonidos, aromas, sabores, estampas y caricias propios, que solo se dan en mi pueblo, y que si son especiales y únicas no es por otra cosa que porque se dan gracias a esos torreños y torreñas que, generación tras generación, han existido gracias a que se alimentaron de las sensaciones que solo pueden vivirse en mi pueblo, Torreperogil. Eso, nada más y nada menos, es ser torreño. ¡Viva mi pueblo!
LOS SABORES
A veces, cuando nos paramos a recordar, cuando contamos nuestras evocaciones a los demás, ya sea en una reunión de amigos, o alrededor de una fogata bajo la luz de las estrellas, podemos alucinarnos, caer en el riesgo de la mentira. Sí, sí, habéis oído bien: en el riesgo de la mentira. Porque los recuerdos son bonitos, pero de igual modo traicioneros. En no pocas ocasiones podemos cazarnos a nosotros mismos narrando remembranzas inventadas por nuestro subconsciente; incluso las de otras personas, pero de las que nosotros nos hemos apropiado de manera descarada, asimilándolas de una forma tan intensa que pasaron a formar parte de nuestro bagaje memorístico. Yo quiero ser honesto, sincero. Esa es la mejor manera de haceros vibrar con los recuerdos que quiero compartir con vosotros y vosotras a través de los sentidos. Si la semana pasada eché mano de los olores, hoy voy a echarle el guante a esos sabores torreños, como el de los hochios, que aún perviven, no ya en la punta de la lengua, al filo del olvido, sino colmatando mi paladar, donde florecen de manera pertinaz. Porque los sabores son de uno; no los podemos inventar en nuestra boca por más que pertenezcan a la memoria colectiva de un pueblo.
Al llegar el verano, me adentraba con mis amigos por los campos en una búsqueda insaciable de aventuras. Y no pocas veces asaltábamos las huertas. ¡Madre mía cómo sabían aquellas lechugas recién arrancadas de la tierra! Verdor y frescura en cada hoja; y además gratis, sin ser esto apología del robo sino recuerdo de una infancia traviesa. Y nos perdíamos entre los trigales para recolectar espigas verdes, para comernos esos granos de trigo aun carnosos y tiernos que dejaban un sabor de estío campestre en nuestras bocas. Ni pensar quiero, se me hace la boca agua, en esa dulce acidez de las cerezas recién recolectadas del árbol, sus carnes apretadas crujiendo bajo la presión de nuestros dientes. Qué decir del sabor profundo de esos tomates calentorros, cogidos en la misma mata, o el de esos pepinos, de gustillo alargado y único, el que sólo puede germinar en las huertas cuidadas con esmero y amor. Siempre disfrutando de esos sabores, pero con el miedo a que nos pillase el guarda con su escopeta de cartuchos de sal, con tanta sal como el tocino fresco, con ese sabor macizo a matanza cortado con la navajilla sobre una rebanada de pan recién horneado –saboreo de vida-, la misma rodaja que metíamos a trozos, como sopas, en los huevos mole, o sobre la que poníamos ese sabor de invierno que acontece tras la matanza: el del bodrio, que nunca una palabra que indica guiso mal aderezado supo tan maravillosamente bien, permaneciendo sus regustos agazapados durante largo tiempo en nuestras papilas gustativas, donde entraban en conflicto con el sabor potente y picante del picadillo de chorizo, sabores desnudos, sin tripa, de morcillas y chorizos. De la misma forma, cuando escucho una campanilla me viene al paladar el sabor agrio de la leche de cabra, recién ordeñada a la puerta de mi casa cuando yo caía enfermo; aun tengo aquel sabor a establo dando vueltas por mi boca, la misma que se empalagaba con los andrajos, o se moría de gusto con el sabor de fiesta de ese arroz con conejo que en pocas casas faltaba el domingo. Como nunca faltaba en verano la granizada de limón de Flores ni el helado de turrón de Mané, ni ese buen plato colmado de pipirrana, siempre bañada con el sabor ácido y frutal de nuestro excelente aceite de oliva virgen, el sabor más vivo y reconocido de Torreperogil junto al del vino tinto de la cooperativa, y con el que competían los sabores picantes de los caracoles del Barco o de la Peña, o los de las tapas suculentas que podíamos disfrutar en El Hacha, en el Centimillo, en el Riñón, en el Limo, en el Patojo, en el Casablanca y en otros tantos bares, que no nombro y a los que pido perdón por no hacerlo, santuarios para homenajear nuestro sentido del gusto con las viandas que salían y salen de sus fogones, y que van acariciando nuestro aparato digestivo, desde los labios al estómago, este último regocijado y clamando sus alabanzas para que las recetas de mi pueblo sigan más vivas que nunca, sobre todo en el paladar, que es donde deben estar de fiesta por más que en la memoria tengan una segunda oportunidad.
LOS SONIDOS
Cuando piso el acelerador de los recuerdos, delante de mí se proyecta una serie de imágenes prodigiosas, pero también de sonidos contundentes. Y esto me suele ocurrir cuando estoy en el plácido ejercicio de evocar, que entonces me parece estar asistiendo a la reposición de esas viejas películas que forman parte de nuestras vidas y que no nos cansamos de ver una y otra vez. Pues bien, como sucede con esos celuloides, mis recuerdos, los que están entroncados con mi pueblo, también tienen sus resonancias: voces, músicas, ecos… Cuando los junto en la coctelera que a veces puede formar mi cabeza, todos ellos componen la banda sonora de Torreperogil. Nunca jamás he podido dejar de oír en mis noches de insomnio las campanadas del reloj del ayuntamiento, la voz audible y serena de su carrillón cruzando las madrugadas para marcarnos el presente y ponernos de cara con el futuro, su tilín-tolón marcando los tiempos muertos de los ancianos que tomaban el sol en la plaza, entre charlas, esperando su hora final. Precisamente, esas campanadas colmaron mi larga vigilia, aquel largo tránsito hacia el amanecer de aquella primera mañana de invierno en que regresé al pueblo, ansioso yo de encontrarme con mis amigos tras interminables meses de ausencia; ¡¡qué largas fueron las horas y qué lentas sus campanadas!! Y también fueron muchas las noches en las que me dormí arrullado por el fresco murmullo de la fuente-taza y sus chorros parabólicos iluminados por unas mágicas luces que cambiaban de color, cuchicheo amable que a mí me servía para ahuyentar mi atávico terror a que se me presentase la muerte sequilla, ese puñetero esqueleto que anhelaba darnos a todos y todas silencio. También llenaban las calles los retumbos de la voz del lañador: ¡arreglo pucheros rotos, varillas de paraguas!; o los del alfarero, pregonando a viva voz su mercancía mientras tiraba de su borriquillo cargado de cántaros, macetas y lebrillos; o los que me animaban a escabullirme de la cama durante la siesta veraniega para asaltar la alacena: ¡¡garbanzos torraos, garbanzos torraos!! Un vaso entero de garbanzos crudos por medio de blancos torraos. Pero existe en mi cabeza un sonido inolvidable: la voz inconfundible de don Juan Balbuena, un personaje donde los haya que hacía las delicias de los chiquillos con las cosas que soltaba por aquella boca mellada: “Don Juan, ¿qué hora es? Las tres y mierda…” Y acuden a mi cabeza los ruidos de los billares y maquinitas de Alfonso el Pepitero, o las melodías de los conciertos de la banda de música dirigida por don Justo en las tardes de domingo en la plaza del ayuntamiento, o los de las canciones populares del grupo de Zoilo en la Verbena de la Feria, cuando se hacía en el Paseo del Prao. Y recuerdo la voz de autoridad de todos mis maestros, especialmente la expresión rotunda y cálida don Juan García, a quien respetaba, incluso temía un poco, pero al que veneraba y venero hoy en día. ¿Qué habría sido de mí sin su guía pedagógica? Y despierta ahora el bullicio de la chiquillería en el patio del colegio, allá por Corea o cerca del cuartel de la Guardia Civil. Y nunca será desmemoria la algarabía de las campanas de la parroquia, cuando repicaban a gloria, o su lenta agonía, cuando doblaban notificando duelo, pues yo zarandeé mil veces sus badajos para estrellarlos en sus entrañas de bronce. Y aún me espanta el tercer cohete estallando en el cielo límpido de un Torreperogil en fiestas y que advertía de que el toro del aguardiente ya corría por las calles levantando gritos y risas.
La banda sonora de mi pueblo esta grabada en mi alma, mi disco duro, y de ahí nunca se ha de borrar. Yo ya le he hecho varias copias de seguridad.
LA ESCUELA
Hoy, al dar rienda suelta a mi atávica manía de registrar cajones buscando no sé qué, me he encontrado mi viejo libro de escolaridad. Al abrirlo, me he dado de bruces con la foto de un niño escuálido, casi famélico, y eso a pesar de que se le nota en la cara que tiene que estar harto de tomar ponches de huevo batido con quina La Ina o San Clemente. Arrastra el crío una maleta cargada de recuerdos crujientes. Al abrirla, mis ojos se encienden con una mirada ocre que envuelve al grupo escolar de Nuestra Señora De la Misericordia. Por sus ventanas escapa una cancioncilla cansina: tres por cuatro doce, tres por cinco quince… Observo en su interior a un grupo de chavales con los que formé el grupo indestructible de amigos que me ha acompañado durante toda mi vida: Cristo, Seba, Eulogio, Pepe. Allí, entre aquellas cuatro paredes, un hombre que decía ser maestro, que tendría titulo pero no vocación, consigue que cada vez que acudimos a la escuela sintamos algo parecido a estar entrando en un ámbito de terror; sí, en la casa del terror. Se empeña en enseñarnos disciplina y conocimiento delante de las fotos tétricas de Franco y José Antonio. Y lo hace a base de golpes; incluso de hacerme comer un avión de papel que yo me propuse que volara, como mi imaginación, por el cielo del aula. Este cruel maestro, que se empeñaba en que fuéramos a clase con las manos limpias, a base de amenazas terribles, se llamaba como el padre del niño Jesús, pero de santo nada tenía, y tenía el apellido de una famosa marca de mantequilla, sin ser blando. Durante todo un curso, pasamos verdadero miedo al lado de este hombre beligerante, que, cosas de la democracia, después se convirtió en juez de paz. Por eso, al acabar sus clases, los chiquillos, para liberarnos de la tensión y angustia que metía en nuestros cuerpos, corríamos como locos, camino o del “Prao”, donde nos subíamos al kiosco de música, o de la plaza, donde nos embobábamos delante de la cartelera del Ideal Cinema, contemplando los rostros estáticos de nuestros ídolos. También corríamos hacia la tienda de Peñuela, donde nos peleábamos, sobre todo en la época de Navidad, por coger un hueco delante de su pequeño escaparate, para contemplar en primera fila, nuestros rostros pegados al cristal, los juguetes que desde el otro lado parecían gritarnos: ¡cógeme! Aquellos fueron unos tiempos de escuela duros, de leche en polvo, de intenso olor a tiza impregnando las paredes, de “sí señor”, de “servidor”, de palmetazos que no contábamos a nuestros padres por temor a cobrar en casa algún cachete de propina, de untarnos ajo en las manos, para que se partiera la palmeta en las palmas doloridas y apestosas de nuestras manos, de rezos infinitos y sermones contra ciertas tentaciones sobre las que nos prevenía el cura en clase de religión, de obediencia sin rechistar, de recreos dichosos, de férrea conducta, de coscorrones, de ríos, y de afluentes por la derecha y por la izquierda, de provincias que componían regiones imposibles, de sumas, de divisiones, de quebrados con los que nos partíamos la cabeza, de lecturas y dictados diarios, de levantarnos de nuestras sillas cuando entraba en clase alguna persona mayor, de hablar de usted y de don al maestro, a don Juan García, a don Juan José Domínguez, a don Alfonso, a don Juan Márquez, a don Antonio Roa… Tiempos de los niños por un lado y las niñas por otro. Y también tiempos de diplomas que casi siempre se los daban a los mismos: diploma de aplicación, diploma de asistencia, diploma extraordinario… Tiempos de tarde en primavera en que todos los niños nos excitábamos con los primeros rayos cálidos del sol y gritábamos sin parar: ¡¡de campo, de campo!! Solo así doblegábamos las resistencias de los profesores y estos nos sacaban a jugar a las eras cercanas, como quien saca a pastar al ganado, donde jugueteábamos sin parar, más vigilados que éramos por la atenta mirada de las imponentes Torres Oscuras que por las de nuestros distraídos maestros. Tiempos en los que no nos gustaba asistir a la escuela, pero en los que se fueron forjando los cimientos de los hombres y mujeres que hoy en día somos, labor en la que poco fallaron. Cierro el libro de escolaridad y me invade la certeza de que ahora son los maestros quienes tienen miedo de ir a la escuela. ¿Por qué será?
LOS OLORES DE TORREPEROGIL
Quiero contaros una época peroxileña que nos pertenece a todos y todas. Para ello voy a echarle el lazo a los sentidos. Aspiro a narraros cómo mi pueblo, Torreperogil, me los zarandeó de tal manera que en ellos quedaron grabadas sensaciones indelebles, inmortales. Hoy acuden a mí, y en tropel, los olores de mi pueblo. Como si hubiera frotado una vasija mágica, resurgen uno por uno los aromas de mi infancia, los que, libres, se esparcían por las calles para marcarnos de una manera peculiar, para hablarnos de las cosas buenas que acontecían en el interior del ámbito paisajístico que, por méritos propios, ocupa mi pueblo.
En el instante en que el aire comenzaba a rasparnos las orejas y la punta de la nariz, esta se afilaba de una manera especial con el aroma de las chimeneas. El pueblo se inundaba de ese sahumerio de calidez que reinaba en el interior de las casas y que escapaba al exterior, recortándose los hilachos blanquecinos del humo sobre los cielos plomizos para proclamar a los cuatro vientos que mi pueblo estaba muy vivo; y es que no hay vida sin fuego en cuanto el frío asoma las orejas. Desde ese instante, los chiquillos esperábamos con impaciencia la llegada de la Navidad, pues traía aparejado el olor fragrante de los mantecados de Carmina, o el de los dulces almendrados de “Mariadoña”, o el de la pólvora quemada de los cohetes que tiraba Pepe “Peseta”. A la vuelta de la esquina aguardaba el san Martin particular de los cerdos que se cebaban en las casas y que tanto chorizo y peste daban. Tras pasarlos a cuchillo, el pueblo se inundaba con el olor de la cocción de sus sangres en grandes peroles, perfume sobrecogedor de morcillas y bodrios. En las mañanas de invierno, me gustaba abrir la ventana; me engatusaba con los olores amables del pan recién hecho. Llegaban desde la panadería de Nazaria. Desde aquella mágica tahona surgían los más frescos e intensos tufos: los de las magdalenas, los de los boniatos y pimientos asados, los de las tortas o los hornazos; todos ellos envueltos en el olor intenso que rezumaba el crepitar de la leña dentro de aquel horno cargado de humanidad. Recuerdo cómo devoraban nuestras narices los olores intensos de la molienda de las aceitunas, su prensado en la almazara, dejando la pestilencia vertiginosa del alpechín y del orujo flotando como fantasmas por encima de nuestras casas. Y no olvido en el interior del cine esa fetidez de humanidad, acantonada entre las paredes acolchadas; ni en los campos el estallido vivificante de las flores silvestres o del trigo verde. Ni olvido el aroma de las velas consumidas o del incienso sobrevolando la nave de la iglesia; o el dulce aroma que salía de la tienda de Mané cuando elaboraba sus sublimes helados; o la mezcla de aromas nutritivos en la tienda de ultramarinos de Manolo, “el jabonero”, o los del sótano de Silvio, cuajado de quesos y embutidos; o los de los vinos y vinagres de la “Americana”; o los amoniacales o lacados de la peluquería de mi padre, Domingo “Churreta”; o los sahumerios sanitarios de la consulta de don Pedro Casas; o los aromas de higiénicos de la droguería de Diego “Pajarillo”; o los de los ácidos reveladores que tenía Cristo, “el gran fotógrafo”, en el cuarto oscuro de su estudio; o los de las telas en la sastrería de Miguel; o los aromas de cordelería y esparto del cajón de sastre que era el bazar del Rubio; o los olores de tiza en la escuela; o los del mercado de abastos, a veces gratos, como los de los churros de Adela, y otras tantas desagradables, como los de las carnes o pescados con su frescura en retirada clamorosa. Ni olvido el aroma de humedad de los viejos túneles de una vía muerta; ni el de los bares, ¡qué alegría cuando olía a caracoles... ! ¡El verano llegaba en gtropel! Y recuerdo el perfume de las frutas cuando se podían reconocer por su olor; hoy todas saben igual, pero esa, la del sabor, es otra historia. Todos esos olores los encerré en el delantal de mi abuela, cuyo efluvio jamás olvido; en él clavaba mi carita, buscando la seguridad que sólo podemos encontrar en el perfume del regazo de las abuelas. Olores al fin, aromas que forman parte del principio de mi vida.
Decía Aristóteles que la nostalgia es el estado natural del hombre. No seré yo quien le lleve la contraria, porque son muchas las veces que me embarga un estado de nostalgia sublime en el que me gusta retozar, pero sin perder de vista el futuro. No soy de los que piensan que tiempos pasados fueron mejores, pero sí de los que creen que no debemos renunciar a nuestro pasado. Mi pasado se encuentra en Torreperogil, mi pueblo, un conjunto de calles cordiales que aun contienen abrazados los ecos de mi niñez. Cuando me paro a recordar, las evocaciones afloran como lo hace mi pueblo allá por la Cruz de los Panaderos, llegando desde Úbeda. El campanario de Santa María la Mayor parece emerger de la nada, coreado por las techumbres de las casas, como por arte de magia; siento un cosquilleo en mi estómago... Recordar es un como gran truco de magia: es hacer vivir al pasado, como darle una segunda oportunidad a esos buenos o malos tiempos que están agazapados bajo nuestra piel. Hoy se me pone la carne de gallina, se electrizan mis vellos, al rememorar el día en que dejé de ser el ayudante de la funeraria… Corría el fin de la década de los 60; yo tenía 7 años.
Miguel tenía la funeraria en su casa de la calle Nueva, muy cerca de la panadería de Nazaria. Pan y muerte vecinas; la vida tiene unas cosas tan extrañas… Llevaba unos días un tanto taciturno. Sólo me dijo que menos mal que la muerte era muy educada, que no se presentaba en dos casas a la vez. Es cierto, durante aquellos años no recuerdo que se murieran dos personas el mismo día en el pueblo. Hubiera sido un problema: en la funeraria, cuyos bártulos Miguel tenía depositados en el desván de su casa, sólo recuerdo que hubiera una corona de plástico. ¿A quién se la habríamos llevado en caso de doble fallecimiento? Esas cuestiones mejor ni planteárselas, pues te ponen los pelos como escarpias.
Fue una tarde de verano lustroso y macizo. Había fallecido una mujer de avanzada edad. El calor apretó las prisas del entierro de una manera descarada; los malos olores están de más en los cortejos fúnebres. El cura, don Tomás, aceleró el responso que le dio en la capilla del cementerio; en los lugares pequeños, apretada la gente, los sahumerios de la muerte se agrandan de manera sobresaliente. Después pusieron el féretro en la pila funeraria, bajo la bóveda de cipreses, a la entrada del camposanto. Abrieron el ataúd y los familiares besaron el cadáver de la anciana. El frio de la muerte sobre los labios nunca se olvida. De pronto el cielo se cubrió de nubes. Jarreó con toda la rabia del mundo, como sólo puede jarrear en tardes de verano. Cogí la corona de plástico a toda prisa. Salí corriendo, Calzada de la Virgen y calle Santa María abajo, perseguido en mi carrera por los relámpagos y truenos de aquella maldita tormenta. Yo tenía que dejar la corona en la casa de Miguel. Me dijo que debía subirla al desván. No había nadie en la funeraria. Me había dejado las llaves por vez primera en nuestra peculiar relación laboral. Abrí la puerta. Todo estaba oscuro, silencioso. Se había producido un corte eléctrico. No podéis imaginar qué oscura es la oscuridad de una funeraria: ves féretros por todas partes. Los relámpagos los hacían más visibles aun si cabe. Mis piernas parecían de gelatina. Desde la entrada del desván eché a rodar la corona y baje hasta la calle saltando los escalones de tres en tres. Al día siguiente, acudí a la casa-funeraria de Miguel. Le devolví sus llaves. Cobré veinticinco de las difuntas pesetas acordadas por entierro, y me despedí sin mirar atrás. Nunca me fue más grato irme a las listas del paro.
SEGUNDO PREMIO DEL XI CERTAMEN DE CUENTOS DE IZNAJAR (CÓRDOBA) 2012
xisten animales que tienen pareja durante todo su ciclo vital. Algunos de ellos estarían dispuestos a dejarse morir, e incluso a encarar la muerte con un acto expedito, voluntario y fatídico a poco que su par les falte, a poco que el amor se desvanezca; a su modo, ellos también aman con arrebato irracional. ¿Un ejemplo? La cigüeña, que bajo su grácil aspecto esconde una recia determinación, tal vez una ofuscación que le hace llevar la fidelidad hasta límites insospechados. Pero a veces también sucede que el ser humano adopta un comportamiento animal, haciendo gala entonces de sus mejores y más nobles sentimientos, y que en ocasiones extremas conducen a tragedias inexplicables.
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A nadie se le hubiera ocurrido pensar que quien afirmase que Julia vivió sus últimos días como un alma en pena ponía en su boca una locura o un disparate; menos aún una mentira. Quien así hablase lo hacía con absoluta propiedad y sólida certeza. Pero quienes decían estar al tanto de la verdad absoluta del devenir de ella, en el fondo, ignoraban su verdad, la que solo ella conocía. Sin embargo, eso poco importaba en aquel tiempo y lugar, época donde fructificaba a su aire la desconfianza y los chismorreos para escoltar las apariencias.
Desde mucho antes de acometer la fatal decisión, que ella abrazó tras recibir aquella misteriosa carta, su vida ya era considerada en el pueblo como un espejo en el que mirarse; como un ejemplo de virtuosismo, que si bien no era obligado de secundar, ni mucho menos, sí que merecía ser honrado con todas las de la ley por su paisanaje. Por tal motivo, nadie sacaba a colación sino cosas buenas de ella cuando su nombre aparecía en medio de alguna de esas conversaciones propias para los paseos interminables, plaza arriba y abajo al atardecer; o para los corrillos en el lavadero colectivo, las mujeres golpeando la ropa en la tabla de lavar mientras creían apalear sus frustraciones; o para las juntas en las tabernas, los hombres ociosos y desentendidos de las labores del hogar catando chatos de vino hasta doblar la verticalidad; o para las hileras de las sillas a la puerta de las casas en las noches de estío, reuniones en las que de lo que se trataba era de liberar la lengua y atrapar el fresco.
A Julia la apodaron La Cigüeña, pues corría por aquella comarca la historia de una cigüeña que murió por amor. Decían que se dejó caer al suelo desde lo alto de la atalaya donde tenía su nido. Cuentan que lo hizo al ver morir a su pareja de toda la vida, la cual había sido herida mortalmente con postas por un desaprensivo, quien la tiroteó en pleno vuelo, mientras dibujaba círculos de beneplácito sobre la plaza del pueblo. Según se dice, pudo alcanzar su nido, malherida. Pero su cadáver fue hallado en el interior del mismo cuando las autoridades, conmovidas por el suceso, y ante el hallazgo al pie del mismo de la otra cigüeña muerta, lo retiraron para que allí no anidase nunca más una pareja de cigüeñas. Historias de Julia y de la cigüeña, tal cual si hubiesen sido copiadas la una de la otra.
Julia y Manuel apenas sí recordaban cuándo se hicieron novios. Muchas veces se preguntaron si no nacieron ya estando anillados el uno a la otra, siempre más segura de tal designio ella que él, los dos a la espera de desposar frente al retablo parroquial. Quién sabe si estaban predestinados. Pero así parecía a los ojos de sus paisanos y paisanas. ¡Hacían tan buena pareja…! Que no se hubiesen pretendido, y entendido, hubiera sido poco menos que un sacrilegio, una ofensa contra el sentido común. Porque hay amores que están más que cantados desde un principio; no darle cara, o ir contra ellos, hubiera sido poco menos que una afrenta en toda regla contra Cupido y sus flechas de amores vivificantes, o doloridos; a veces el amor duele tanto…
Juntos saborearon los primeros besos a escondidas; juntos descubrieron cómo la firmeza de la piel podía temblar como una lámina de gelatina, cómo se erizaban los vellos ante la tímida acometida del primer estímulo de una caricia furtiva, pero segura; juntos se ruborizaron al descubrir la maravilla electrizante de los cuerpos desnudos al hermanarse en una sola piel; juntos aprendieron a gozar del amor clandestino, sintiendo ella la exuberancia de sus sentidos al abrazar en su interior la fuerza viril de él. Juntos crecieron; juntos se hicieron un hombre y una mujer, saltando de golpe la barrera de la adolescencia, quizá antes de tiempo. Juntos, siempre juntos en el descubrimiento de la vida, pero ella en todo momento más involucrada que él en las cosas de los sentimientos.
Cuando Julia no estaba físicamente con Manuel, ella daba paseos interminables con él por la alameda de su imaginación; no había segundo o minuto del día y de la noche que no pensara en él. Ella no veía llegar el día en que se dieran el sí para enlazar sus existencias a la eternidad. Soñaba con iniciar sus días junto a él. Imaginaba sus despertares, acariciada por la brisa silente de la amanecida, abrazada al cuerpo candente de su Manuel. Volaban sus pensamientos, fraguaba en su mente la felicidad que seguro vivirían los dos bajo las sábanas que ella bordaba; mil horas muertas que pasó entre pespuntes, siempre detrás de la reja de la ventana del comedor de su casa, barrotes infectados de herrumbre que fueron notarios mudos de muchas conversaciones entre ella y él, los dos bajo la luz de las estrellas, hiciese frío o calor.
Nunca olvidó ella aquella noche cálida: la luna brillaba en plenitud y las estrellas fulguraban con toda su intensidad. Él juró que le pondría las estrellas a sus pies. Y ni corto ni perezoso se presentó en la puerta de su casa con un enorme barreño de cinc. Le pidió, ante la mirada atónita de propios y extraños, que le sacara unos cubos de agua fresca del pozo con la que llenó el recipiente. La luna y las estrellas, fulgurantes, quedaron reflejadas en el líquido elemento, a merced de los pies de Julia. A ella le echaban chispas los ojos, enredados estos en los de su Manuel. Después, el chico le pidió que se casara con él, y no le importó jugársela, hacer tal petición, delante de testigos, quienes vivieron en primera persona cómo se abrazaba la pareja entre lágrimas de alegría. Pero no escucharon un sí; quizá no hizo falta, porque existen silencios que pregonan muchas más cosas de las que callan.
Por aquel entonces la primavera estaba dando sus últimos compases. Pero corrían tiempos dispares y fríos para el amor. A no muchos kilómetros de distancia silbaban las balas por encima de las cabezas, medrando en los cuerpos con su mensaje de sangre y luto. El pueblo seguía rodeado de trincheras, levantadas muchos meses atrás. Manuel vivía con el corazón en un puño. Sabía que cuanto más durase la guerra más posibilidades tendría de recibir una fatídica carta. Con ella le arengarían su espíritu guerrero; con ella le exigirían que cumpliese con su deber de patriota, compromiso que él desposeía o al que, simplemente, le dio la espalda adrede. Temía recibir la carta con la que le conminarían a incorporarse a filas. La angustia de ser reclutado de manera obligatoria y urgente le quemaba los entresijos de las tripas. Al fin, temía que a sus manos llegara una carta con la que irremediablemente se convertiría en un soldado más, un hombre enlazado a un número para desfilar en un campo de batalla, en el yermo de desolación y muerte en el que derramarían su sangre miles de jóvenes a una edad llena de vida. Manuel, en la soledad de sus noches, sentía un terror tan intenso que le alargaba su desvelo, el amanecer cada vez más inalcanzable. Pero lo disimulaba, como disimulaba otras cosas íntimas por temor al qué dirán.
Cuando aquella mañana Julia lo vio llegar, Manuel no tuvo que decirle nada; su rostro hablaba por él. Aquella maldita carta estrujada en su puño… Apenas tuvieron tiempo de despedirse. Su amor entraba en vía muerta, como en vía muerta de una estación cercana esperaba el convoy de aridez que llevaría hacia un destino incierto a Manuel y a otros cientos de críos, tiernas carnes de cañón que conformaron un grupo al que apodaron La Quinta del Biberón. ¡Eran tan jóvenes, y la muerte les acechaba tan de cerca para cortarles el paso a sus ilusiones…!
Julia vivió aquellos primeros días de ausencia con una punzada en el alma, colmada de angustia desde que lo vio partir, pero también de nostalgia, de una tristeza que sólo podía sedar cuando cerraba los ojos e imaginaba a su Manuel, siempre tan distraído: sus besos regando de dulzura su piel, sus risas caracoleando en su cabeza, sus caricias despertando la humedad de su sexo… Estaba toda llena de él, y lo sabía con más certeza que nunca, pues llevaba en su vientre un hijo fruto del amor que cimentaron durante un largo y dulce momento de pasión. Soñaba con su regreso a todas horas.
Cada día despertaba más guapa. Parecía como si con cada noche de descanso la belleza creciera en ella, explotando en cada amanecer. Porque lejos de preocuparse, ella estaba siempre feliz, sin importarle vivir en una época no dada a entendimientos que no fuesen otros que mantener ante los demás un comportamiento acorde con la moral y las normas establecidas por el recato y la ñoñería.
Esperaba con ansia las primeras noticias de Manuel, conocer una dirección a la que poder escribirle, para contarle aquel secreto del que sólo ella estaba al tanto y que, a buen seguro, cuando él lo conociese le haría plenamente feliz. Pero la madre de Julia, siempre atenta -¡qué pocas cosas pueden ser ocultadas por activa o por pasiva a una madre!- ya sospechaba algo.
Pasaron más de dos semanas de angustiosa espera. Al fin, Julia pudo escribirle una primera carta a Manuel. Pero la respuesta a su misiva… No tuvo más que ver la cara de severidad del mensajero, vestido de uniforme, para saber que las noticias que portaba, un documento sin sobre que extrajo de una carpeta, en modo alguno serían gratas. Al leer la cuartilla, escrita a máquina, se desmayó, su corazón rajado como un pliego. En ella podía leerse que Manuel González Trujillo, apenas recién cumplidos los dieciocho años, había sido dado por desaparecido en una de las refriegas más cruentas de la Batalla del Ebro.
Desde aquel día, Julia vivió hundida en la tristeza. Su pasión pasó a convertirse en un ovillo de estopa húmedo que jamás habría ardido bajo soplo pujante de diablo alguno.
Julia se encerró a cal y canto. Se vistió de negro riguroso, de pies a cabeza, arrollando su juventud y su jovialidad. Ella sabía al dedillo que cuando un nombre aparecía en las listas de desaparecidos en acto de combate significaba poco menos que un parte de defunción sin firma y por adelantado, un triste papel que a gritos pedía luto para quien lo recibía.
En apenas unos días, Julia se deslució por completo, como si su rostro primaveral hubiera sido arrollado por el crudo invierno. Perdió las ganas de comer y las ansias por vivir. Apenas se cuidaba, sabiendo que llevaba en su vientre un hijo de Manuel, criatura que jamás conocería a su padre. Apenas nada le importaba. Tardó en reaccionar. Pero tenía que vivir, seguir adelante, entonces más que nunca, aunque solo fuese para criar a su hijo y para honrar el recuerdo de su amado Manuel, quien nunca vería crecer al retoño que estaba abrigado en su vientre, criatura que crecería amparada por el recuerdo del amor que se prodigaron.
Cuando a los quince días de recibir aquellas fatales noticias la encontraron al pie del torreón de la iglesia, el pueblo entero se echó a llorar. Desde aquel día su historia corrió de boca en boca, como si de una leyenda ancestral se tratase. Una cruel realidad azotaba el ánimo de quienes la conocieron y de quienes supieron de ella por boca ajena: se había suicidado, arrojándose desde el campanario de la parroquia. ¡Tantas veces se imaginó casándose delante del altar mayor, delante de todo el pueblo…! A buen seguro, toda la gente se hubiera lanzado a la calle con sus mejores galas, para compartir su felicidad, una felicidad que fue tronchada por las desgracias que, a modo de fatales y ásperas caricias, dejan caer las guerras, con más enjundia sobre quienes las detestan.
Me contaron el final de su historia como el que descorre un visillo para cotillear un poco.
Una mañana, a los pocos días de que Julia recibiera el parte en el que se anunciaba la desaparición de Manuel, esta recibió una carta sin remite. Después de leerla, se dirigió hacia la iglesia. Empujó el portalón. Se acercó al confesionario; estaba vacío, tan desierto como el templo. Se arrodilló en los primeros bancos, frente al retablo mayor. Rezó. Después subió al campanario, al que accedió por una escalera de caracol que se incrustaba en una oscuridad húmeda y rancia; a punto estuvo de caer al pisar los peldaños de madera carcomida. Buscó seguridad en su avance, palpando con las manos en la fría piedra. Al llegar arriba, fue recibida por una bofetada de aire fresco y agradable. Sintió una extraña sensación de placidez y liberación. Observó su pueblo desde las alturas. Tomó la cuerda de una de las campanas; la hizo repicar durante unos segundos. Se descalzó; sus pies bebieron toda la humedad que la amanecida había dejado orillada en el pavimento. Se aupó al alfeizar de unos de los huecos del campanario. Se dejó caer al vacío.
Le dieron sepultura en cristiano. El párroco pasó por alto que su muerte hubiera acontecido por suicidio. Consideró que <<ya había tenido bastante la desdichada con haber perdido el amor de toda su vida>>. Entendieron que no pudiera soportar ni sobrellevar el dolor de la pérdida de su Manuel.
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Han pasado muchos años desde aquellos tristes días. Ha muerto mi abuela, la madre de Julia, llevándose a la tumba el secreto de su hija, de mi tía Julia. Porque nadie leyó jamás aquella carta de la que sólo se tenían vagas referencias sobre su existencia.
Hay quien dice que mi abuela fue la primera que vio el cadáver de mi tía Julia. Y no falta quien jura que arrancó de la mano derecha del cadáver de su hija una carta que apretaba en la seguridad de la muerte que acababa de darse. Mi abuela siempre negó la existencia de dicha carta. Y nadie supo, salvo mi abuela, que con mi tía moría también el fruto del amor de ella y Manuel. Aquel fue su gran secreto; hasta hoy.
Tras el sepelio de mi abuela todos nos reunimos en casa de ella; es costumbre del pueblo, donde los rituales ancestrales en torno a la muerte aún están muy vivos. Nos embarga una sensación plomiza de tristeza. Una y otra vez hemos recordado los buenos ratos que pasamos en aquella casa, cuando todos los primos nos reuníamos allí en verano. La abuela siempre andaba como un fantasma, triste, con una tristeza que bañaba sus ojos a todas horas. Pero sabe Dios que sentíamos con absoluta plenitud que ella nos quería con los cinco sentidos; no hacía falta que nos lo dijera. Sus silencios, sus… ausencias, significaban abrazos infinitos para nosotros.
Entro en su dormitorio…
Presiento que ella está allí, dirigiendo mis pasos. Con un resuello creo que me expresa que ha dejado sin hacer una última cosa. Me pide que la haga por ella, para dejar de sentirse atada a la tierra. Abro su armario. Revuelvo todos los cajones, sin turbar la disposición de sus cosas, manteniendo el orden escrupuloso que a ella le gustaba mostrar en cada uno de los rincones de su casa.
Quiero impregnarme de ella. Mimo con las yemas de mis dedos todos los objetos que usaba a diario, porque entiendo que las cosas que han pertenecido a un ser querido pueden transmitirnos las esencias de él a poco que sepamos acariciarlas con bondad, con humildad… Al observar su ropa, me emociono sobremanera. No puedo evitar las lágrimas cuando me abrazo a un abrigo que le regaló mi padre y que ella sólo usó, lo recuerdo como si fuera hoy mismo, el día de mi primera comunión; sorprendentemente, guarda la fragancia de su perfume con una inusitada vigencia, tanto que cualquiera diría que ayer mismo lo vistió. Lo huelo una y otra vez; creo que estoy aspirándola a ella, a su espíritu. Al rodearlo con fuerza entre mis brazos percibo como si un papel se arrugara en el interior de uno de sus bolsillos. Registro cada uno de ellos. En uno, disimulado en el forro, me tropiezo con ella; es una carta.
Esta abierta, y muy arrugada, como si la hubieran apretado con saña. El sobre no tiene remite, pero la misiva está dirigida a mi tía Julia. Mi corazón da un vuelco, galopa frenéticamente, como si hubiera recibido una vaharada de adrenalina. Puedo tener en mis manos la carta desconocida de la que tantas veces oí hablar, una carta que parecía haber sido perseguida, como un fugitivo anónimo, por todos los miembros de mi familia, sin obtener éxito en la persecución.
Tiemblan mis manos, pero puedo extraer una hoja de papel amarilleada por el tiempo y en la que las palabras escritas parecen haber querido estar tan vigentes como el recuerdo de mi tía Julia.
“Querida Julia: espero que a la presente te encuentres bien. Yo bien, gracias a Dios.
Hoy he recibido tu carta, en la que me anuncias que esperas un hijo mío. Sabes que te he querido mucho, que te sigo queriendo, pero debo contarte una verdad que me tiene en ascuas desde mucho antes de saber que íbamos a ser padres.
Julia, me gustaría que entendieses lo que voy a decirte; para mí es muy duro, doloroso. Pero no puedo callar por más tiempo: me he enamorado. Por primera vez he conocido el amor de verdad. A ti te he querido mucho, pero ahora sé que eso no es amor; es como un cariño fraterno muy intenso. Ha ocurrido sin darme cuenta. Dicen que el enamoramiento llega así, por las buenas. Nosotros hemos estado viviendo una historia de cariño, de amor, de inocentes que descubrían sus cuerpos… Pero nunca he sentido contigo una pasión como la que siento ahora. Y me duele decirte esto en las circunstancias en las que te encuentras. Julia, perdóname, pero no puedo responsabilizarme de esa criatura; sería como engañarme a mi mismo. Yo no soy capaz de vivir engañándome, engañándote, toda la vida. Eso sería injusto; te quiero demasiado como para hacerte tal jugarreta.
Tú no mereces ser una desdichada; a mi lado lo serías, sabes que no sé mentir. Seguro estoy de que tarde o temprano encontrarás un buen mozo, alguien que te quiera y comprenda de verdad, más de lo que yo nunca jamás podré quererte y comprenderte; alguien a quien no le importe que seas madre y que sea digno de ti. Yo no lo soy, porque te he estado engañando toda la vida.
Dicen que dentro de unos días vamos a entrar en combate. Tú no sabes cómo es este infierno. No paro de sentir miedo durante todo el día y la noche; a pesar del calor que hace no paro de tiritar. Tengo miedo a vivir en este caos de sufrimiento, pero más miedo tengo a morir. Menos mal que lo tengo a él.
Lo conocí hace unos días, y nos enamoramos sin más. Hemos hecho planes para escaparnos de aquí. Lo haremos cuando empiece la batalla. Quizá, si aprovechamos la confusión, tengamos una ocasión para escaparnos de este desconcierto sin que nadie se dé cuenta; a lo mejor así alcanzamos una oportunidad para vivir nuestro amor, un amor que nunca podría haber vivido en el pueblo. Nadie habría entendido mis verdaderos sentimientos; nadie me habría aceptado tal como soy. Sólo te pido que me perdones. Y que me recuerdes un poco, y me quieras como a un hermano.
Siempre tuyo, Manuel.”
Cuando termino de leerla me invade una sensación de tristeza tan grande como la que debió sentir mi abuela durante toda su vida; quizá como la que debió sentir mi tía, y que, al no poder conciliarla en su manera de ser, la catapultó hacia la muerte.
Mis ojos están conmocionados, turbados por un mar de lágrimas que apenas soy capaz de contener. Ahora entiendo el porqué de su suicido. Me dejo caer sobre la cama, donde tantas veces nos refugiamos los nietos en noches de insomnio y miedo, abrigados en la calidez de la abuela, sosegados por la seguridad que irradiaba su cuerpo enorme. Pero ahora ella me falta.
Frente a mi está el gran azogue del armario de madera oscura y apolillada, donde he encontrado el abrigo en cuyo bolsillo interior dormía el tiempo de los justos la carta que acabo de leer.
Una neblina gana la superficie del espejo. Sobre ella se abre paso el reflejo turbio de mi abuela. No siento miedo. La observo. Ella me lanza una mirada grisácea desde la profundidad triste de sus ojeras; parece no quitarle la vista de encima a la carta; la aprieto entre mis manos. Creo entender lo que quiere de mí: destrozo la carta en mil pedazos, y les doy fuego en el interior de una palangana de porcelana.
Por primera vez en mi vida veo sonreír a mi abuela, su cara refulgente por momentos. Me regala una mirada intensa y lenitiva; se desahoga mi congoja por arte de magia. Poco a poco se difumina su cara sobre la superficie brillante del espejo. Se marcha tranquila y en paz, al encuentro de su querida hija, de Julia. Me quedo embargado por una sensación de placidez, de felicidad plena.
Guardaré su secreto, el secreto que sólo pertenece a mi tía Julia, La Cigüeña.
2º PREMIO DEL XI CERTAMEN NACIONAL DE RELATO DE MUJER DE BORMUJOS (SEVILLA)
Solemos rodearnos de objetos inanimados, de entes exánimes, pero que parecen haber ganado por méritos propios el derecho a poseer alma, espíritu. Sólo tenemos que aventurar nuestras manos hacia ellos para agasajarlos con una caricia y abrigarlos con un abrazo, o para acurrucarlos en nuestro pecho y aproximarlos a la calidez de nuestro corazón, y podremos descubrir las esencias que han absorbido de las personas que los utilizaban a diario. De ellos podemos extraer las mil historias de las que fueron figurantes en un segundo plano y en silencio, inmutables, pero en una presencia ineludible. A poco que sepamos observarlos con una mirada cómplice, nos hablarán de espacios hostiles, de esos territorios de discriminación donde miles de mujeres vivieron, y viven, la crudeza de la indiferencia a que fueron, y siguen siendo, sometidas por razón de sexo. En sus entrañas se agazapa la realidad de un mundo donde la lucha por alcanzar la equiparación en derechos entre hombres y mujeres es una carrera de fondo repleta de obstáculos por sortear para estas últimas.
Son incontables las mujeres que trabajan más que los hombres y cobran menos; numerosas las que son preferidas por la economía informal, pues trabajan a destajo sin pronunciar una sola queja; muchas las que estudian en aulas que aún no constituyen ese trampolín que impulse un futuro de igualdad con el de los hombres; innumerables las que pisan firme y con seguridad en sus Parlamentos, Ayuntamientos… instituciones donde todavía están escasamente representadas en los órganos de poder real; muchas las que viven el hecho de la maternidad no como un acto de vida y sí como una pesadilla que puede acarrearles la muerte; incalculables las que ignoran sus derechos; muchas las que sólo son reconocidas como seres humanos invisibles. Son muchas… Y muchos son los objetos que nos susurran las historias de ellas, sus sueños, sus anhelos, pero también sus frustraciones. Objetos que se han calado con las savias de sus dueñas. Objetos, al fin y al cabo; mujeres, nada más y nada menos.
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LA VASIJA
¿Por qué la tierra seca y agrietada muestra una mancha humedecida? ¿Por qué la vasija de barro ha dejado escapar el líquido que contenía? ¿Por qué no está rota? ¿Por qué la mujer, que está junto a ella, tirada en el suelo, tiene una lágrima cruzando su rostro de piel de ébano? ¿Por qué su respiración es un hálito, una hebra de vida a punto de deshilacharse de manera fatal? ¿Por qué nadie acude a socorrerla? ¿Por qué tanta soledad en un páramo tan inmenso? ¿Por qué el sol aprieta más y más, dejándose caer a plomo para cubrir con su luz intensa una vida que se extingue sin remedio? ¿Por qué tanto sacrificio sin reconocimiento alguno? ¿¡Por qué!?
Bhamulika nació en una tierra donde las enfermedades y la miseria medran con total impunidad, creando espacios de exclusión para la mujer. En su país, el paro, los embarazos no deseados, el aborto realizado en condiciones sanitarias nulas, las enfermedades del aparato reproductor y el contagio del VIH (afecta a más de cuatro millones de mujeres subsaharianas) se ceban de manera cruel sobre las congéneres de Bhamulika de entre 15 y 45 años. Pero además, Bhamulika ha vivido en sus carnes la tragedia de la mutilación genital, una crueldad que afecta a unos cien millones de mujeres de diversos países. Ahí comenzó su tragedia, el desprecio al que fue sometida, una forma de aspereza social, de leyes inmovilistas y de costumbres trasnochadas que van en contra de las féminas para dejarlas en un plano de inferioridad frente al hombre.
Ella fue una de esas cinco niñas que, según estima la OMS, son mutiladas cada cinco minutos en el planeta. No hace muchos años sufrió una intervención aberrante y cruel que a punto estuvo de costarle la vida: a duras penas soportó una circuncisión faraónica, que no sólo contempla la extirpación del clítoris sino también de los labios menores y mayores. Tal barbarie le fue realizada dentro de una cabaña, en condiciones infrahumanas, con utensilios que, manejados por aquellas manos sucias, ahuyentaban cualquier atisbo de asepsia. Permaneció varios días a las puertas de la muerte, padeciendo brotes de fiebre altísima y delirios insoportables; sufrió un deterioro irreversible en algunos de sus órganos vitales.
En su poblado, Bhamulika fue considerada como una hembra débil. Ya no servía más que para servir. Decían que nunca podría dar hijos a hombre alguno, la mayor de las nulidades. Fue despreciada por su entorno familiar más próximo, pero también por los hombres y mujeres de una aldea cuyas casas fueron construidas con barro, matojos y excrementos de animales; la miseria tiraniza.
Bhamulika se encargaba de llevar agua al poblado. Nunca tuvo tiempo para jugar con otras niñas de su edad; menos aún tuvo la oportunidad de ir a la escuela. Había sido relegada a la condición de esclava, pobre entre los pobres.
Todos los días debía recorrer varios kilómetros. Al amanecer, se levantaba para realizar un trayecto fatigoso, en un obligado viaje de ida y vuelta hacia un manantial de aguas turbias, de aguas casi enlodadas que servían para calmar una sed sin fin en una tierra árida. Ella soportaba aquel camino a diario, con la vasija en perfecto equilibrio sobre su cabeza. Nadie le reconocía ese esfuerzo sobrehumano, que la apartaba hasta de sus necesidades más básicas. Nunca nadie le agradeció que sus pies se encallecieran, que quedaran esquilmados por la flama inextinguible que escupía aquella tierra áspera y seca, y cuya superficie alcanzaba grandes temperaturas bajo la inclemencia de un sol robusto que dejaba las tierras yermas y cuarteadas.
Bhamulika, siempre en silencio, llenaba su vasija y regresaba al poblado, donde depositaba el agua en tanques colectivos. Luego, vuelta a empezar, embrida en una jornada sin jornal ni horario, asolándose su existencia de sol a sol. Como recompensa, malas caras y una comida que más parecía una ración de bazofia que un sustento básico proveedor de energía para seguir adelante por un día más.
Las mujeres del poblado cuidaban del ganado, buscaban la leña para el fuego, cuidaban de los hijos -estos tratando de sacar algo de alimento de sus pechos estériles-, preparaban la escasa comida y veneraban a sus hombres y ancianos, quienes miraban al cielo y charlaban en corros, a todas horas fumando, bebiendo, enumerando sus propósitos, que convertían en órdenes que sus mujeres e hijas debían acatar sin rechistar. Ellos mandaban. Ellas obedecían; sometían su voluntad al conformismo que deriva del miedo.
Esta mañana, como cualquier mañana de sus últimos años, Bhamulika ha cogido su vasija antes de que el sol rasgase la línea del horizonte con sus puñales violáceos. Ha recorrido la distancia infame hasta el manantial, envuelta en la mantilla de aire fresco de la amanecida. Ha llenado la vasija de agua. La ha colocado sobre su cabeza, y ha emprendido el camino de vuelta. A cada paso que daba era golpeada por unas temperaturas sofocantes que parecían lenguas de fuego derramadas por un sol inquebrantable.
Su corazón no ha aguantado más; el motor se ha gripado. Se ha desvanecido, pero ha sujetado la vasija con todas sus fuerzas para que no se destrozase al caer al suelo. Es la única vasija de gran capacidad que tienen en su poblado; si se rompiera… Antes la muerte.
Un poco de agua derramada ha aplacado la sequedad de la tierra agrietada, cientos de hectáreas deshabitadas donde sólo prospera la desventura.
Bhamulika está sola; nadie la echa en falta. Ve cómo la luz del sol chorrea ríos de lava incandescente, como si fuera un matarife enjugando la sangre de sus manos sobre el horizonte. Se enredan todas las formas e imágenes en un borrón de oscuridad. Pero no le importa. Sabe que va a morir, y en esa certeza, se siente en conformidad con su destino, por una vez en equivalencia con las mujeres y hombres que conoció y que ya no están. Sus lágrimas remojan su rostro. Poco a poco las sombras van colapsando sus sentidos, hasta blandir sobre ella su dictatorial sentencia.
Nadie la recordará; a nadie le importa una mujer despreciada, marcada por sus semejantes con la indiferencia que graba a fuego desigualdad.
¿Quién será la próxima Bhamulika? ¿Quién la próxima dueña de la vasija? ¿Faltará candidata que se vea acorralada por tal distinción? ¿Surgirá una nueva Bhamulika a poco que la mano de ella deje de aferrarse a la vasija?
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LA LAVADORA
Ella acaricia con la mirada su lavadora. ¡Cómo le gusta su lavadora! Por fin posee una; y eso es como recuperar la propiedad sobre su vida.
Piensa que sus vivencias han transcurrido tan rápidas como un centrifugado a mil revoluciones por minuto: vueltas y vueltas que sirvieron para enjugar su existencia. Ahora no tiene carencias materiales, pero quizá ya no es tiempo para ser feliz; al menos, así lo cree ella. Posa su mano sobre el electrodoméstico; lo acaricia. Sabe que el devenir de su vida ha estado, está, íntimamente ligado a una lavadora.
El llanto que dejó escapar al nacer cortó la sonrisa del padre cuando este comprobó que acababa de llegar una niña a su destartalado hogar, una boca de hembra más que alimentar, un lastre para su estirpe en un espacio familiar y social en el que se consideraba a la mujer como un ser inferior.
Cao Thi Dung vino al mundo en una zona rural de Vietnam. Fue recibida con indiferencia. Esa mañana, una lluvia horizontal y torrencial, sus gotas como cuchillas de afeitar para la piel, azotaba la comarca de cabo a punta. La penuria tenía domicilio fijo en su casa, un palafito suspendido sobre las aguas contaminadas de un río en el que el padre y los hermanos pescaban piezas de dudosa salubridad que luego eran vendidas por las mujeres de la casa en el mercado de la ciudad. Con el dinero que obtenían de la venta, el padre y los hermanos mayores se emborrachaban sin parar y olvidaban que la comida faltaba en el hogar.
La infancia de Cao Thi Dung fue un desértico mundo, un espacio hostil donde no prosperaba la felicidad. Pasó hambre, enfermedades, y nunca tuvo oportunidades para acceder a una educación elemental. Sus primeros años transcurrieron lentos. Ella pordioseaba entre la marabunta humana de compradores y vendedores sin escrúpulos. Allí aprendió a buscarse la vida a una edad que no le correspondía. Su misión no era otra que llevar a su casa unas monedas, el dinero que algunos hombres le daban como pago a unas caricias robadas y sucias, marrullerías de manos indignas y peligrosas sobre su piel de niña. Ella no entendía aquellos gestos y, lo que es peor aún, creía reconocer en ellos un juego inocente con el que obtenía golosinas, o algún billete que otro, mejor si era de divisas al alza.
Pero un día todo cambió. Una mujer bien vestida reparó en ella. Pertenecía a una red dedicada al tráfico de seres humanos y a la prostitución. Descubrió en sus ocho años un diamante en bruto por el que muchos hombres sin atisbo alguno de escrúpulos o miramientos -buscadores de territorios donde la Ley anduviera desmayada o no estuviese ojo avizor- ofrecerían grandes sumas de dinero por ser los primeros en pulirlo. Cao Thi Dung se convirtió en una mercancía por tasar. La mujer bien vestida y de sonrisa amplia propuso a los padres intercambiar a la pequeña por una lavadora y unos cuantos dólares. No dudaron en aceptar.
La niña se convirtió en adolescente, viviendo un tránsito de edad en el que tuvo que aguantar los deseos ocultos y bajunos de hombres desconocidos mucho mayores que ella y que le hablaban en lenguas extrañas; lo hizo apretando los dientes y tragándose sus ascos. Nunca nadie le preguntó por sus sentimientos. ¿A quién puede importar el ánimo de una criatura sin futuro? ¿Quizá a quienes se lo habían robado?
La soledad más recia se aposentó en su vida, aunque durante la mayor parte del día la pasaba en brazos de seres que carecían de respeto por la condición humana y que no sentían remordimiento alguno, ni repugnancia de sí mismos, al gastar su sucio dinero para sentirse dueños temporales de su delicada piel.
En aquel antro de desesperanza y desigualdad, los ratos libres debía emplearlos en realizar la colada de las sábanas de aquellas camas donde ella, y otras muchas mujeres como ella, eran despreciadas por la voracidad de compraventas frías e infames, de las que obtenían dividendos de discriminación y olvido por razón de sexo.
Cao Thi Dung no quería ver pasar su vida como espectadora paralizada por su sino. Quería luchar por ella, por darse una oportunidad; su dignidad de mujer se lo pedía a voz en grito. No estaba dispuesta a soportar que la suerte siguiera mirándola de manera torcida. Sin embargo, las cosas no eran fáciles: su país representa un claro ejemplo de una tierra donde las injusticias tienen campos de cultivo perennes.
Cao Thi Dung ganó una primera batalla al convencer a un hombre occidental de que estaba enamorada de él. Este le propuso sacarla del país y casarse con ella, algo muy común entre sus compatriotas: unas 87000 mujeres vietnamitas abandonan Vietnam cada año con propósitos matrimoniales, de las cuales unas 10000 lo hacen de manera ilegal.
Al cabo de los años, la suerte de Cao Thi Dung no ha variado mucho: casada con el antiguo cliente, éste poco menos que sigue considerándola como su prostituta particular, pero también como sirvienta exclusiva para satisfacer sus perezas; una mujer a la que exigir sin dar explicación alguna. Ella soñó, despierta y dormida, con otra vida mejor, pero su destino le marcó una realidad bien diferente. Al menos ha conseguido que el esposo le compre una lavadora. Así dejará de destrozarse las manos fregoteando la ropa a mano.
Cao Thi Dung se siente feliz, porque ahora es dueña de una lavadora. Piensa que de algún modo le han reintegrado el precio que pagaron por ella. Dibuja una sonrisa cuando la lujuria de las revoluciones por minuto hace girar el tambor a gran velocidad, tanta como los giros que se dieron en su vida.
En realidad sabe que no es feliz, pero al menos no tiene remordimientos al engañarse pensando que lo es, y eso le basta. Acaricia la lavadora.
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LA BATEA
Metida en el fango hasta las rodillas, Tarcila rebusca pepitas de oro. Batea en mano, lava los lodos de las orillas de un río de aguas sucias. Sus pequeñas manos están arrugadas, sus ojos estirados, a la espera de descubrir el ansiado brillo del metal dorado. Sueña con encontrar un trozo de riqueza que le sirva para marchar a la ciudad, para escapar del abrazo de la penuria.
Sus ojos profundos y cristalinos están clavados en la limpia batea. En ella remueve sus recuerdos, retales de su existencia que están almacenados en su alma.
Nacer mujer, hacerlo en un pueblo indígena latinoamericano, supone una compleja situación discriminatoria. Y esto es así porque las mujeres indígenas se encuentran en franca desventaja frente a sus compañeros varones: la pobreza se ceba con ellas de forma desmesurada; el analfabetismo las elige como presas propicias; las enfermedades hacen mella en sus naturalezas, las cuales están más expuestas a males infecciosos de fatídica evolución.
La madre de Tarcila, mujer indígena sobre la que recaía toda la responsabilidad económica familiar, siempre estuvo enfrentada al poder patriarcal, el que la oprimía e infravaloraba a través de la figura de su marido, hombre que arrastraba hasta el hogar todas sus frustraciones, pagando con ella sus malos humores y sus grandes borracheras. Sufrió golpes de puños cerrados, pero también porrazos de desprecio, los golpes invisibles. Murió tras el alumbramiento de Tarcila, víctima de una infección uterina.
Huérfana, sometida al férreo control de un padre despreocupado de los asuntos domésticos, amén de poco cariñoso, Tarcila creció bajo el áspero influjo de la indigencia, de la discriminación que sufría por razón de su sexo y de la injusticia que recibía por su origen étnico.
Tarcila sobrevivía a duras penas en un territorio sometido años atrás a la autoridad férrea y despiadada de grupos paramilitares y del propio Estado, lo que causó a su familia un profundo desgarro: huyeron. No tuvieron otra opción frente al acoso continuo de unas balas que no llevaban grabadas en su punta nombre alguno, pero que podían trazar fatales heridas sobre cualquier cuerpo de hombre, mujer, niño, niña o anciano o anciana que tuviese a mal cruzarse con ellas. La muerte no sabe de identidades ni de edades, pero en el país de Tarcila tiene una lección bien aprendida: está al tanto del género; entiende que la mujer procrea, y eliminarla es un factor a favor de la maldad.
Tarcila no quiso desposarse; el matrimonio no formaba parte de sus planes. Por ello, fue desvalorizada socialmente. En su poblado, subyugado por un sistema patriarcal, la mujer es valorizada en función del hombre que la representa, del hombre al que sirve y que le permite desarrollar un rol subsidiario en la sociedad.
Un día, la suerte de Tarcila se vistió de gala: se topó con una gran pepita de oro. Marcharon del pueblo. Fue cuando salió de su comunidad que Tarcila descubrió que no era ciudadana de pleno derecho. Nació creyendo que la supervivencia y las cosas cotidianas eran tal cual se le mostraban a diario en el entorno natural en el que vivía. Más allá de su poblado nada era posible. Pero la propia vida le demostró lo contrario en cuanto llegó a la capital. Entonces supo que otras realidades eran posibles. Pero llevó con ella su batea, para no olvidar jamás el lugar del que procedía. Para ella, perder las raíces era como dejar el futuro en el aire, indefenso ante los envites del presente.
Con gran sacrificio por su parte, luchando con uñas y dientes por una existencia más digna, aprendió a leer, a escribir… Tuvo el coraje suficiente como para acabar la enseñaza secundaría. Y lo hizo aguantando las burlas de los hermanos, enfrentándose a la oposición del padre, que sólo la quería para que le sirviese un plato de comida a la mesa; nunca una palabra de afecto, nunca un reconocimiento a su esfuerzo de superación personal.
Ahora, que cuenta con veintiún años, y desde la autoestima y la defensa de su identidad cultural y personal, Tarcila mantiene un compromiso consigo misma: trabajar por los derechos de las mujeres indígenas de su país, donde las desigualdades son rectilíneas y férreas. Tarcila anda un camino intrincado, pero lo hace con la cabeza bien alta y con su cara dirigida hacia un horizonte de esperanza.
Tarcila sabe que puede llegarle su hora: no ignora que en los países pobres los espacios para que prospere la libertad son constreñidos por amenazas constantes. Su nombre ha llegado a oídos del poder dominante de su país. Es perseguida, pero tiene la opción de la escapatoria: a duras penas, se ha zafado de las garras de un grupo paramilitar. Ha emprendido el duro camino del exilio, ese que deja vejigas en el corazón, pero anhelos en el alma.
Desde la distancia, Tarcila grita en pro de los derechos humanos; lo hace sin descanso. Sueña con volver a la tierra que la vio nacer, a esa tierra de la que fue desarraigada por la fuerza brutal de la intolerancia y de la tiranía, dejándola como un árbol que bambolea sus ramas desnudas y desfallecidas frente a un viento fiero. Recuerda el rumor del río, cuyos lodos hacía girar en la batea…
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Vasija, lavadora, batea… Son sólo objetos, pero ¿atesoran algo más? Quizá historias de desigualdad, de discriminación por razón de sexo.
PRIMER PREMIO DEL IX CERTAMEN "EN IGUALDAD", SALTERAS (SEVILLLA)
Las obligaciones y los derechos no entienden de género;
quienes los dictan y escriben, sí.
El mayor descuido que puede cometer la sociedad contra sí misma y sus integrantes no es otro que dejar que la rutina y la desidia campen a sus anchas. Porque de ellas se nutre la injusticia, en sus múltiples expresiones, para hacer de las suyas, para sembrar las relaciones entre hombres y mujeres de discriminación, entre la que florece una relación de poder desajustada y cruel de la que siempre salen perjudicadas las féminas.
La desigualdad, en su afán por confundirnos, ha aprendido el arte de la mímesis para asegurarse su supervivencia. Muchas veces, más de las que podemos llegar a imaginar, se mimetiza de costumbre, de tradición por todas y todos asumida, para pasar inadvertida y anónima ante nuestros ojos, los cuales, asombrados y como pillados a traición, asisten a la trágica personificación de sus devastadoras secuelas. Pero lejos de achicarnos ante ella, debemos buscar motivos para que progrese la esperanza. Un simple abrazo de solidaridad y comprensión con quienes sufren sus demoledoras consecuencias puede servirnos para arrancarle su disfraz, para desvestirla delante de nuestras conciencias. Solo así estaremos en disposición de contemplar la enorme carga de injusticia que, como un tatuaje deplorable, lleva dibujada en su piel. Entre todos y todas debemos borrarlo.
Las vidas humanas son ejemplo continuo de sufrimiento, discriminación y desigualdad, pero de igual manera de lucha, esperanza, superación…
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umergida en su abrazo, empezó a sentirse querida de verdad y por primera vez. Con sus abrazos entrega amor a cuantos la rodean. Sabe que los abrazos sirven para que en ellos se afiancen las raíces de los mejores sentimientos, y que con ellos se abren amplios horizontes para las pulsar las emociones más densas.
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Bajo los pliegues recios de su piel octogenaria se abrigan recuerdos que nunca ha querido borrar. Aún los conserva con mimo, procurándoles el calor de su corazón para que no pierdan el pulso. Sobre ellos encumbró su existencia; todavía se apoya en ellos para mantener aupadas sus ilusiones, para seguir adelante con paso firme y claro. En ellos quedaron grabados retazos de su existencia, paréntesis que contienen pellizcos de vida aletargada que, al desperezarse, siguen latiendo con todo su ímpetu para impulsar a la anciana a las puertas de un futuro que ella cree seguir mereciendo con toda justicia; tiene bien claro que quiere vivirlo, tomada del brazo de sus evocaciones más íntimas, esas que lamen con dulzura su alma. Porque ha aprendido a descargarlas de los vestigios que emponzoñan el alma y el corazón.
Jocelyn Beshir, como ser humano, como mujer, como madre y como maestra, ha pasado su vida entregada a los niños; siempre comprometida con la defensa de la infancia y la igualdad entre los seres humanos. Allí donde hubiera una lágrima que secar en el rostro de un niño o una niña, ella era la primera en acudir; con una caricia fundía las lágrimas y fundaba esperanzas. Porque sabe de dolor, de desamparo… de desigualdad. Pero también de amor.
Se siente orgullosa de su papel como esposa de un hombre bueno que estuvo siempre a su lado, facilitándole que pudiera dedicarse en plenitud a la familia; pero de igual modo, a su trabajo, sin ponerle una sola objeción, apoyándola en cuantos proyectos emprendió. Ambos compartieron, codo con codo, los buenos y malos momentos. Ella se ha realizado plenamente en su faceta de madre, sin darle por ello la espalda a su profesión. Se siente una privilegiada por haber podido fundir su faceta personal y profesional sin que nadie le pidiera cuentas por ello. Sus dos hijos, que la adoran, les han regalado cuatro nietos y cinco nietas, unos tesoros con los que enluce su tiempo de cabellos escarchados y piel fruncida por los años. Esas criaturas veneran a su abuela; prefieren abandonar sus juegos para sentarse alrededor de ella, para escuchar sus historias, para recibir sus abrazos. Porque para ella los abrazos son veneros de amor.
Sus nietos jamás se cansan de mirarla, con los oídos plenos, con la boca abierta. Mil veces les relató su infancia, los avatares que tuvo que sortear hasta llegar a su casa, la que después heredó de sus padres, un hombre y una mujer que no le dieron la vida, pero sí la oportunidad para que tuviera una existencia plena, rodeada de un amor que le fue esquivo durante sus primeros años por meros caprichos de cuna, por la desdicha de nacer en el lugar equivocado, en ese territorio colmado de adversidades donde los afectos están en franca desventaja, acuciados por la miseria.
Vive feliz, pero no olvida que no siempre fue así. Como una oleada espumosa estallando en un malecón, las evocaciones rompen en el interior de su cabeza, de una forma tan viva que aún se estremece al reconocerlas. Pero no reniega de ellas. Regresa a su niñez, a ese lejano espacio donde creció bajo el nombre de Deepa. Se incrusta en unos años que vuelven a emerger entre la tolvanera caliginosa que elevan los años hundidos en el pasado. Se deja abrazar por sus recuerdos; por aquellos que aun le hacen daño; por aquellos que le hacen aflorar una sonrisa desde el corazón a los labios; todos ellos recobran trazos de presente.
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El coche circula a gran velocidad, levantando una polvareda tras la cual se difumina su rastro. El hombre que conduce, el doctor Beshir, está oprimido por la responsabilidad que se ha echado encima. Pero no puede eludirla. Sabe que se juega la libertad, incluso la vida. Apenas sí le importa que su suerte inmediata pueda adquirir tintes de luto. En la parte trasera del vehículo, la niña sigue abrazada a ella, una señora de tez blanca y cabello rubio. Se siente muy reconfortada. Todo ha sido rápido, tan rápido...
Pero ahora no es tiempo de preocupación. La niña intuye que todo puede cambiar a poco que la suerte se digne a darle una caricia; ella cree reconocer esa caricia deseada en las manos de la señora de tez blanca y cabello rubio, una señora tan distinta a las mujeres que ha conocido hasta ahora…
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Es una niña, una pequeña pobre y desvalida, falta de las más básicas muestras de cariño. Eso no interesa a nadie en una tierra donde la infancia es un mero trámite que se pasa en un pispás, sin implantar en el alma evocaciones dignas de mención. En su tierra, además, ser mujer es poco menos que un lastre, una pesada carga para la familia de cuna. Sin embargo, son ellas, las mujeres, las que tiran del carro de la economía doméstica, en un esfuerzo titánico que nadie reconoce ni por activa ni por pasiva. Y no es que ellas esperen agradecimiento alguno; si acaso, una palabra de aliento que nunca se da. A Deepa casi nada le importan los reconocimientos cuando le están robando su infancia. A sus ocho años, Deepa poco sabe de juegos, mucho de trabajo sin recompensa. Pero eso no es sufrimiento para lo que le queda por conocer.
Sus padres, hincados en una miseria irreversible y opresiva, han decidido casarla con un hombre mayor, con un acaudalado anciano de su pueblo. La indigencia aprieta entre las cuatro paredes destartaladas de la chabola donde Deepa cobija su infancia de fino cristal.
Ella se levanta todos los días cuando el alba aún no ha decidido mostrar su rostro. Acude a recolectar las delicadas hojas de té en una plantación humedecida por el rocío acumulado durante la noche. La delicadeza de sus dedos arranca la planta con mimo, en una sucesión de horas de fatiga subyugante a cambio de un mísero jornal que no llega para arropar el hambre. Pero nunca le falta una sonrisa, una mueca alegre que hace destacar sus dientes blancos sobre su tez oscura, enmarcada por su cabello negro y brillante, recogido en una larga y espesa trenza. Así, día tras día, sin darle coba al frío o al calor, al viento o la lluvia. Luego, al terminar la jornada de recolecta, en su casa le espera un esfuerzo añadido: el cuidado de sus hermanos pequeños, a los que tiene que atender al tiempo que realiza las tareas que su madre dejó a medio hacer antes de marchar al trabajo, enterrada de sol a sol en la fábrica donde acaban los sacos de hojas de té recolectados por la pequeña Deepa. El padre se limita a contemplar cómo las hembras de su casa deben venerarlo sin preguntar.
Esa mañana, bañada por una lluvia torrencial, le dicen a Deepa que ya no irá más a trabajar a la plantación, que va a convertirse en la esposa de un hombre mucho mayor que su padre. Deepa no entiende nada. Sólo quiere estar con su familia. Pero debe cumplir con la obligación de vivir la vida que su padre ha diseñado para ella sin preguntarle nada de nada. Ella se marchará, y a su hogar llegará un dinero que aliviará la miseria durante unos meses, una boca menos a la que alimentar; negocio redondo.
Disfrazan a Deepa como si fuera una mujer mayor. Sus grandes ojos irradian tristeza y miedo, combinación ajena a la infancia, pero que ella sufre en sus carnes. Pintarrajean su rostro; lo aliñan con múltiples abalorios de mil colores que no sirven para dibujar un gesto de inocencia sobre los labios trémulos de Deepa. Ella derrama el llanto; su madre le recrimina sus lágrimas. Trata de hacerle ver la gran suerte que se ha plantado a sus pies. Ella es solo una niña, temerosa de lo desconocido. Es una niña que añora todos los abrazos que dejó de darle su madre, una mujer que solloza en la soledad de su interior, y sin mueca aparente, el fin de la infancia de su pequeña. Solo se reconforta cuando piensa que quizá a Deepa la quieran más de lo que ella misma fue amada. Sin embargo, el destino…
La noche de bodas Deepa siente cómo el terror va royéndola por dentro. Nada le han explicado, salvo que debe obedecer al marido y ser complaciente con él. ¿Complaciente? Ella siempre ha sido obediente. Cruza sus piernas; clava su mirada en el suelo. Está atemorizada. Llueve. Gimotea. La pintura de sus ojos marca borrones en su cara de niña desfigurada como mujer. Escucha un gran murmullo en la habitación contigua. Gritos. Abren la puerta. Ella tiembla… La llevan en volandas, no sabe a dónde.
La alfombra de hierba verde y fresca del jardín humedecido incomoda a sus pies, diminutos y descalzos. Amanece. Deepa sigue siendo una niña, pero viuda. El cuerpo del marido yace en la pila funeraria. Van a incinerarlo. Una nueva incógnita se abre frente a ella. Deepa llora, pero no sabe por qué. Son ya varios días sin dejar de verter lágrimas. Siente miedo, más si cabe que antes de casarse. Se difumina cualquier atisbo de alegría en sus ojos, grandes como su tristeza y negros como limacos, cargados de una infancia cortada de raíz por una hoz de luto que no le corresponde ni merece.
Deepa pertenece a una familia hindú. Según las creencias de este pueblo, cuando una mujer queda viuda se considera que esta también ha muerto en parte. Los libros sagrados ofrecen tres opciones: arder junto al marido, casarse con el hermano más joven del esposo fallecido, o llevar una vida de total abnegación, retirada del mundanal ruido.
Deepa no tiene posibilidad de elección; simplemente ignora. De nuevo deciden por ella. Debe prepararse para afrontar el destino que han escogido para ella, su boca cerrada a cal y canto.
Han pasado dos días de plomo desde que incineraron al esposo. Deepa no entiende nada. Colocan los enseres frente a ella; le afeitan la cabeza. Va a ser internada en un ashram para viudas.
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Tras el ruido ensordecedor del cerrojo, su cuerpo se estremece de pies a cabeza. Tras los muros queda atrancada su niñez, su libertad: allí debe pasar el resto de su vida, consagrada en cuerpo y alma a la memoria del fallecido, un anciano al que no conoció. Contempla cómo los pájaros disfrutan de su independencia, aleteando, cortando el cielo con sus planeos enérgicos. Sueña con ser un ave, pero ya ha aprendido lo suficiente como para dar fin a sus quimeras en cuanto estas alzan el vuelo.
Durante los primeros días de estancia en el ashram la han tratado con cierta cortesía. La han aseado, velos de agua y perfume para su piel de ébano pulido. Ha recibido buenos alimentos. La han vestido con telas de lujo; se siente protegida por primera vez en mucho tiempo. De ella se ha ocupado Dunia, joven bailarina y mano derecha de Bharani, directora del centro.
Deepa arropa sus dudas bajo las lisonjas de Dunia. Es muy niña para discernir con claridad. Sobre ella acecha la falsedad. No comprende, ni acierta a ver, que la están preparando para entregarla al mejor postor.
Bharani es una mujer sin escrúpulos. Trata con mano de hierro a todas las viudas, de edades dispares, que están internadas en el ashram que ella dirige a su antojo e interés. Sólo mira por las rupias que obtiene al prostituir a sus pupilas, quienes se sienten indefensas ante su autoridad incontestable. Nadie se atreve a alzar la voz contra Bharani. Tras los muros aguarda la pobreza absoluta y el desamparo total. Al menos, allí, dentro del ashram, tienen una cama y una escudilla de comida, esposas que atan a una esclavitud invisible, pero de peso vital asfixiante.
El doctor Beshir ha acudido al ashram, atendiendo a una llamada de Bharani. Una de las internas está enferma. Al atravesar una galería, inundada por el colorido asombroso de mil flores exóticas, repara en la presencia de una flor que derrama una mirada marchita: Deepa. Él sí imagina el futuro que se cierne sobre la niña. Sabe que Bharani es una mujer que no antepone sus sentimientos a los dividendos que espera obtener de sus actos infames. Las chicas que caen en sus manos son degradadas por ella como personas, como mujeres… como seres humanos. Son obligadas a satisfacer deseos indescifrables de los hombres ricos de la comarca, en un negocio que es conocido por la sociedad, pero ante el que nadie interpone denuncia alguna.
Nunca antes el doctor Beshir había visto a una niña de tan corta edad en semejante tugurio. No está dispuesto a consentir que el futuro de la niña quede en manos de esa mujer sin escrúpulos. Espera estar a tiempo de rescatarla del infortunio que la amenaza.
A la mañana siguiente, el doctor Beshir acude de nuevo al centro dirigido por Bharani. Le explica que la chica a la que atendió padece una enfermedad infecciosa. Mientras él concentra a todas las chicas del ashram en una habitación, su esposa, Jocelyn, que hace las veces de enfermera del doctor Beshir, logra apartar a Deepa de sus compañeras. En un descuido, Jocelyn consigue salir del recinto acompañada por Deepa, quien se aferra a la mano blanca y delicada de Jocelyn. La niña se siente protegida a su lado. Huyen con rapidez por el laberinto de calles que rodean al ashram. Al poco, el doctor Beshir abandona el centro en su auto. Las recoge en la puerta de un mercado situado a unas manzanas del ashram.
Cuando Bharani advierte la falta de Deepa, la niña ya está bien lejos. La niña se dirige a toda velocidad hacia su infancia, hacia un horizonte de esperanza que aún está a tiempo de alcanzar. Será una realidad si Bharani no se atreve a denunciar sus propias miserias. Si lo hace, la suerte caerá en manos de unas autoridades que se sienten impotentes ante la realidad de las miles de desapariciones de niñas que acontecen en el país.
Por vez primera, el futuro ilumina a Deepa con una amplia sonrisa. Se abre la posibilidad de una nueva vida para ella a bordo del coche del doctor Beshir. Mira con dulzura a la mujer. Acaricia sus rubios cabellos. Cierra los ojos. Sus labios dan luz a una tenue sonrisa. Trata de dormir. Quizá despierte para vivir un sueño hecho realidad. Deepa se siente amparada por la ternura de Jocelyn. Se sumerge en su abrazo.
PRIMER PREMIO DEL CERTAMEN NACIONAL DE MICRORRELATO CONTRA LA VIOLENCIA DE GÉNERO DE LA ASOCIACIÓN DE MUJERES PROGRESISTAS DE TORRELODONES (MADRID) 2011
La discusión ha sido muy fuerte; la más brutal que he oído desde que estoy aquí. Te ha dicho de todo. Tú has callado; ni te has atrevido a decir media palabra. Solo sollozabas. Sentí, como si fuera en mis propias carnes, cómo te pegaba; cómo sus insultos eran cada vez más fuertes. Lanzaste un grito seco cuando él se marchó. Te escuché llorar a lágrima viva. Yo no podía hacer nada por ayudarte; tampoco nadie salió en tu auxilio, quizá porque nadie piensa que las peleas de pareja le incumben. El maltrato lo sufre quien recibe los golpes; sus secuelas las padece la sociedad entera.
De nuevo escucho un portazo. Ha regresado. Percibo sus pasos acelerados. Sin venir a cuento, te vuelve a golpear con rabia. Escucho que le suplicas, que tratas de huir. Puedo notar tu miedo. Oigo cómo caen objetos al suelo. Corres por la casa. Tratas de encerrarte en el baño. Echa la puerta abajo de una patada. Te lamentas. Una oleada de un líquido pastoso y cálido inunda todo. Los latidos de tu corazón, los que van marcando mi vida en tu vientre, cada vez son más lacónicos. Me cuesta respirar. ¿Qué ocurre mamá? ¿Mamá?
El sábado 22 de octubre tuvo lugar en el incomparable marco de la Iglesia de Santo Domingo, de Pedraza (Segovia), sede de la Fundación Villa de Pedraza, el acto de entrega de premios de la VI edición del Certamen Internacional Villa de Pedraza, y al que han concurrido dos centenares de obras procedentes de todos los puntos de la geografía española así como de numerosos países latinoamericanos, como México, Argentina, Chile, Puerto Rico…
En esta ocasión el primer premio lo obtuvo el escritor nacido en Torreperogil (Jaén), Juan Carlos Pérez López, que reside en Bormujos (Sevilla). Este prestigioso galardón (la segunda vez que lo consigue en los tres últimos años) lo ha cosechado el autor peroxileño con su obra “Una mentira para mamá”. En ella, el autor plantea hasta qué punto somos capaces de llegar para hacer de la muerte de nuestros seres queridos un instante placido, sereno.
a engañé. Sí. No hay vuelta de hoja. A lo hecho pecho. A estas alturas sería poco menos que una temeridad negar una evidencia tan cristalina y aplastante. Delante de un juez tendría que admitirlo sin tapujos. Pero no a cara de perro sino empleando altas dosis de sosiego. La engañé. Es la cruda realidad. No tuve duda alguna en hacerlo ni necesito refugiarme en el secreto de confesión para sobrellevar la carga de la mentira sobre mis hombros. Si es que cometí pecado, en reconocerlo vaya mi redención. No siento rubor por mi falta. No creo que deba sentirlo. No abrigo cargo de conciencia ni sombra de perturbación que reprima mi tranquilidad. La engañé. No puedo volver atrás; tampoco lo deseo. Más que engaño, yo considero mi acción como una treta sin malicia alguna, un ardid que yo interpreto como un acto auténtico de amor total y de piedad absoluta. Eso es irrefutable, y como una verdad palmaria puedo lanzarla a los cuatro vientos para público conocimiento. No es una excusa barata que tiendo a los pies de ustedes, entre otras cosas porque no busco clemencia. Me considero a salvo de cualquier recriminación. Aunque no reclamo reconocimiento alguno. La engañé. Lo hice por ella, y por mí. No existen razones que se sostengan más allá de un segundo para no aceptar esta sólida evidencia. Es más, desde que acometí aquella invención duermo con un grado de placidez que apenas recordaba. El calvario fue muy largo; una pesadilla. Ambos lo transitamos de la mano. Yo trataba de conducirla por su camino de extravío y olvido con la misma quietud que ella me llevó al colegio mi primer día de clase, mi pequeña mano, cubierta por una piel de escarcha, resguardada en la calidez serena, segura e inmensa de la suya, derritiéndose mis nervios a cada paso que dábamos para acercarme a lo desconocido. Ella siempre estuvo a mi lado, convertida casi en mi sombra. Nunca dejé de sentir su aliento en todo cuanto emprendí, como una brisa suave que acariciaba mi nuca sin desmayo. Ahora soporto su ausencia como buenamente puedo: Unas veces con aceptación; otras con resignación; en todo momento con nostalgia. La engañé. Sin embargo, no me cuestiono angustias por no haberle dado todo cuanto estuvo al alcance de mi mano. Estuve a su vera en sus momentos más cruciales y críticos. Me entregué a ella sin reservas. No me planteo barruntos mentales que me quemen el alma como si me la hubiera atravesado una espada al rojo vivo. Al menos, y eso ya es algo a mi favor, ya no me despierto sobresaltado a altas horas de la madrugada, empapado en sudor, como así lo hacía cada noche desde que ella entró en barrena, arrollada por su enfermedad, a cada vuelta más alejada de mí, más perdida en una aridez que crecía en su mente sin demora, para devorar, con idéntico frenesí al de una legión de polillas que carcome una viga, el bagaje de recuerdos que había atesorado durante toda su existencia y con el que ella apuntalaba su supervivencia. Poco a poco, sin apenas percibirlo, el pilar de sus evocaciones se fue desmoronando, hasta quedar adelgazado, afilado como una astilla en cuya punta se sostenían a duras penas sus recuerdos más vitales: Los que pertenecían con los cinco sentidos a las navidades pasadas, y que le otorgaban cierto sentido, y destino, a su vida, zarandeada sin tregua por su mal. Le había dado por hablar solo de ellos. Supongo que así lo hacía porque la Navidad era su fiesta preferida. La engañé. Sí. Y no me arrepiento. Ella me enseñó a afrontar la vida con la verdad por delante. Yo la ayudé a morir apoyándome en una mentira descarada. Pero ella ya no estaba para discernir entre certeza y engañifa. Solo puedo decir que al cerrar sus ojos, en ellos yo pude reconocer cómo quedó atrapada para la eternidad la imagen viva del Árbol de Navidad y del Belén. La engañé. Pero en mi alma, para mi regocijo, quedó grabada para siempre la mueca de felicidad que apareció sobre su rostro con el último soplo de vida. La engañé. Mil veces lo haría. No tengan la menor duda. Eso me ha servido para seguir adelante.
Recuerdo con toda su crudeza el calor irritante y húmedo de aquella mañana de agosto. El verano exhibía sus poderes de manera insolente, mostrando su semblante más categórico. La ropa, empapada por el sudor, se pegaba al cuerpo como una segunda y fastidiosa piel. Yo humedecía constantemente los labios de mamá; ella los relamía con avidez. El médico no se anduvo por las ramas: A mamá le quedaban pocos días de vida; quizá horas. La debilidad de su corazón progresaba por momentos, apagándola, enardeciendo los síntomas de su fatídica dolencia, la que de forma soterrada mudaba su mente por un océano de desmemoria. Una sentencia tan cruda no es fácil de digerir. Sobre todo cuando se convierte en una perversa espada de Damocles que pende, como el golpe que está a punto de dar un verdugo, sobre el ser más amado. No había tiempo que perder. Lo tuve claro: lo mejor era ayudar a mamá a morir a su hora, en su cama, entre sus cosas, con su gente y de manera serena, sin alargar los tiempos de manera artificial. Siempre he creído que esa es la mayor de las responsabilidades de los hijos para con sus padres cuando llega el momento de la muerte, el único designio de la vida al que todos estamos adscritos. ¿Pero cómo hacerlo sin que después quedaran remordimientos? Estaba desorientado. No sabía qué hacer. Tuve que hacer de tripas corazón para que mamá no me viera llorar. Sin embargo, las madres no tienen que ver para intuir. Fue en ese instante cuando, con un gesto repetitivo de su mano sobre el colchón, me invitó a sentarme a su lado. Debió ser ganada en ese segundo por una de esas vaharadas de memoria que, de vez en cuando, le devolvían la propiedad sobre su vida y sus recuerdos. Comenzó a tararearme el villancico que solía cantarme cuando yo era un niño nervioso, casi angustiado, que no lograba conciliar el sueño durante la víspera del día de Reyes Magos. Entonces lo tuve claro: Lo mejor que podía hacer por ella era urdir una mentira, una maravillosa mentira: Hacerla creer que estábamos en Navidad. Convertí su dormitorio en un escenario festivo, inflamado por una atmósfera saturada con los aromas, los sabores, los sonidos, las imágenes y las caricias de la Navidad. Me propuse hacer explotar entre aquellas cuatro paredes las pinceladas navideñas con las que mamá pintaba mi espíritu para hacerme feliz desde el día de Nochebuena hasta la Epifanía. Así que, ni corto ni perezoso, abrí el altillo del armario de mamá. Comencé a sacar cajas y cajas. Las fui apilando a los pies de la cama. Conforme las fui abriendo, mi corazón borboritaba dentro de mi pecho, golpeando las costillas, intentando huir de manera atropellada por mi garganta. Ella me observaba con una mirada neutra, en la que poco a poco fue abriéndose paso un rayo de regocijo. Incluso sacó fuerzas de flaqueza para incorporarse en la cama. Yo me hice el despistado, como si no estuviera pendiente de sus movimientos. Al cabo de un rato, mientras no perdía puntada de lo que yo me traía entre manos, parecía una niña con zapatos nuevos. Vio cómo acicalaba el árbol de Navidad, cómo enredaba tiras de espumillón brillante y colorido en sus ramas, y cómo colgaba de ellas bolas de diferentes tamaños y tonalidades metálicas y refulgentes. En sus ojos chispeó una centella de ilusión en el momento que coroné el árbol con la Estrella de Oriente. Aun me emociono al recordar la algarabía que emergió en su rostro en el instante en que me vio montar el Nacimiento, cuando advirtió que desenvolvía las decenas de figuritas, envueltas en papel de periódico. Dormía cuando coloqué sobre su mesita de noche una bandeja con mantecados y turrones que compré en unos grandes almacenes, pues de la misma forma que podemos adquirir frutas fuera de su temporada también podemos conseguir artículos de Navidad en cualquier mes del año. Podría decirse que hemos desubicado las peculiaridades de cada época del año. Para algunas cosas eso puede estar bien. Siempre puede ser Navidad; solo hay que desearlo con el corazón. Se despertó al respirar el aroma que desprendían las delicias navideñas que tanto le gustaban. Tomé un trozo de turrón del blando. Lo aproximé a su nariz. Ella lo olfateó profundamente, agarrándome la mano para que no lo retirase. Pellizqué un poquito, desmenuzándolo, y se lo metí en la boca. Lo saboreó con deleite, como del mismo modo hizo con un pedacito de mantecado de almendra, sin dejar de mirar de reojo la bandeja, y de forma directa y contundente los adornos que dispuse por toda la habitación. Su alegría era desbordante, contagiosa. Dos días duró aquella pantomima que yo ideé para ella. Pero lo más emotivo, y a la vez lo más duro, llegó en la mañana del tercer día. Yo había hablado con el coro de campanilleros de mi barrio. Estuvieron de acuerdo conmigo. Ella permanecía sumida en una inconsciencia plácida, con el pulso ya muy debilitado. Supe advertir en la mirada del médico que el desenlace estaba cercano. Entonces comenzaron a llegar las notas suaves y endebles de un villancico. Poco a poco fueron ganando intensidad. Mamá abrió los ojos. Con su mirada inquieta buscaba la fuente de donde procedía la melodía. La detuvo sobre mí, interrogante. Abrí la ventana. Por ella entró, como una oleada vigorosa, el villancico que entonaba el coro en la calle, junto a la verja de mi casa, el mismo que ella me cantaba siempre. Tomé a mamá en brazos. La aveciné a la ventana. Miraba el coro y me miraba a mí, en un baile frenético de su mirada. Entonces me acarició, con aquella balsámica suavidad con que acariciaba mi piel de niño. Clavé mis ojos en los suyos. Advertí en ellos la enorme satisfacción que desprendían durante las mañanas del día de Reyes, cuando veía la enorme felicidad que yo tenía al descubrir lo que los Reyes me habían dejado junto al Belén, cuando saboreaba las golosinas que abarrotaban mis zapatos. Lentamente cerró sus ojos. Su manó se precipitó ingrávida. En su rostro afloró una mueca de felicidad plena.
La engañé. Si. Y me siento orgulloso de ello. Solo tengo que recordar su cara para revivir una Navidad eterna, como la que yo concebí con una mentira para mamá.
Como siempre, dicho relato se lo ha dedicado a sus paisanos y paisanas de Torreperogil y especialmente al quien fuera su profesor durante su infancia, Juan García Martínez.
Con este yo san cerca de medio centenar los galardones que obran en el palmarés del escritor torreño.
Se puede leer el relato ganador en su blog, pinchando en:

Querida Herminia: Porque me siento el responsable absoluto de tu enorme y aplastante desdicha, te escribo esta carta en un girón traslúcido de mi piel. ¿Crees que puedo recomponer con ella el desbarajuste de tu corazón, el desgarro de tu alma? Ojalá sea así; de lo contrario, en el tiempo que me quede por vivir seré un auténtico desgraciado. Porque la pluma con la que te escribo esta carta es como una lanza clavada en mi alma. Pido que quien te la lea sepa transmitirte el desasosiego que me embarga.
Ya ves qué cosas: yo, que he sido a lo largo de mi existencia un hacedor de palabras, un escribiente hazañoso que ha llevado con sus epístolas, cargadas de emociones refulgentes y sentimientos esplendorosos, a la prosperidad amorosa a cientos de hombres y mujeres, que he sido capaz de hilvanar palabras afectuosas, pasionales y tiernas para formar con ellas frases lindas que todos y todas recibieron como un bálsamo para su congoja y desesperación, y que fueron inventadas como un sedal para amarrar almas gemelas a un destino común o para cicatrizar amores descompuestos o heridos, ahora me siento incapaz de expresar lo que bulle en mi interior, aquello que impide que mi descanso discurra inmerso en los sueños plácidos de los que tú siempre fuiste protagonista incondicional. No te sientas culpable de tu infelicidad; en última instancia, yo, y solo yo, debo ser condenado por haber dado pie a que seas una mujer desdichada, una mujer descorazonada, quizá desilusionada y descreída del amor. ¡Cómo lo siento, amor mío! Jamás debí darme la oportunidad de ser un timorato, de mirar para otro lado cuando mis sentimientos solo tenían ojos para ti. Mis mentiras piadosas te acarrearon un calvario.
No sabes cómo siento todo el sufrimiento por el que estás pasando. Debí advertirte desde el primer momento en que apareciste delante de mi mesa, bajo los soportales de la plaza. El viento transportaba los aromas salinos de las playas cercanas, donde las olas se enredaban en los manglares para arrullar los tormentos de los amores ansiados. Tú parecías una diosa del Olimpo. Tu figura, recortada contra el cielo límpido de aquel 24 de marzo de 1917, dejó grabada en mis retinas una impresión inmarcesible, que como un rayo zigzagueó hasta impactar en mi corazón, sobre el que dejó labrada una heredad para que en ella floreciese el vigor de mis sentidos, el sentido de mis emociones, aunque de igual modo mis mayores angustias. Es lo que tiene el amor no correspondido, pero no por ello despreciado. ¿Cómo iba yo a relegarlo? Desde el primer instante mi espíritu se alió con todo lo que me orillase a tu presencia. Tú pasaste a ser el centro de gravitación de mi existir, aun yo sabiendo que para ti era un simple escribiente, que te servía de viaducto entre tu amado y tú. Y ahí nació mi culpa. Porque escribí la primera carta que me dictaste para él con el ánimo resuelto a realizar un ejercicio de locura sublime: imaginé que las palabras que pronunciaban tus labios iban dirigidas a mí. Por eso las inundé de esa esencia cristalina que rezuman quienes caen presa de un enamoramiento abisal y atormentado, de quienes esperan una palabra del ser amado para ser rescatados de la incertidumbre, de ese extraño y dulce dolor que nos arrebata mientras aguardamos respuesta de quien se adueñó de nuestro corazón. Pero sus respuestas, que yo te leía, en modo alguno eran las anheladas por ti. Te dije que él te prometía un paraíso, que el único objetivo de su descanso era renovar fuerzas para hacerte la mujer más feliz sobre la faz de la tierra; inventé una mentira entre tú y él. Eras tan feliz… ¿Cómo podía decirte que en verdad tu amado era un ser despreciable, que solo soñaba con hacerte esclava de su casa, que solo quería una mujer para que cuidara de él y le diera herederos con los que afianzar una estirpe de hombres celosos? Tú lo amabas; yo te amaba y te amo. No tengo perdón. Hoy he sabido de tu enorme sufrimiento. La carta que me has dictado para tu mejor amiga, ha sido la desolación para mí, un océano de culpabilidad en el que yo naufrago por causa de haber amordazado mis sentimientos por ti, por causa de haberlos puesto en boca de quien yo creía que te haría feliz y solo te ha hecho una desdichada. Lo siento. Sea mi condena que nunca más escriba una carta de amor. ¿Cómo pude ser tan cobarde, como tan irresponsable? De nada vale pedirte perdón o decirte te amo; lo sé.

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icen que la infancia es un período de la existencia abierto a la esperanza, una heredad a la que acudimos cuando nos acaricia la nostalgia, y a la que nadie puede ponerle puertas. Es un tiempo que se abraza al futuro; un ámbito solariego para el disfrute, para que en él germinen recuerdos con los que componer una floresta de bienestar, que hemos de cuidar con esmero a lo largo de nuestros años para poder hacer con ella un homenaje sincero y sentido a nuestros mayores. Mi infancia, sin embargo, transcurrió en un rincón, en ese lodazal de sombras en el que me sumergía cada noche para ahogar mis miedos, los que mi papá hacía crecer en mí.
Daría todo cuanto tengo para que mi vida se deslizara de manera vertiginosa, pero manejable, por un tobogán de olvido del mismo modo en que los segundos, minutos y horas lo hacen en las habitaciones impersonales de un hotel, en esos compartimentos singulares que componen un contenedor colectivo donde las historias que se suceden a nadie interesan, salvo a sus protagonistas. Acantonado en ellas, el tiempo transcurre de manera impersonal a cada pálpito. El pasado parece no importar, y el porvenir es una expectativa que desfallece en sí misma, pues no existe azogue que sea capaz de reflejarla. Sólo importa el hoy. Del ayer aprendí a vivir en presente, a sacar de cada golpe de respiración un motivo digno para seguir adelante con la cabeza erguida.
Soy una mujer a la que robaron su niñez…
Le tengo miedo a papá. Muchas amigas mías me cuentan que sus papás juegan con ellas. El mío también dice que todo es un juego. Pero a mí no me gusta ese juego; me hace daño, me asusta. No me gusta que papá me dé miedo. Yo veo que otros papás son buenos con sus niñas: son cariñosos, les compran dulces, les regalan vestiditos… les dan muchos besos en las caritas. Mi papá me besa los labios, y me dice que lo hace porque me quiere mucho; yo no lo creo, y no me gusta. Siento asco, tanto como cuando me hacen comer a la fuerza una comida que no me agrada. Su boca huele mal, a vino o a cerveza fuerte. Mi mamita llora mucho. Me dice que no me preocupe, que todo anda bien, que pronto lo va a solucionar todo. Ella siempre está triste. Y callada. A veces me mira de una manera que yo no comprendo. Cuando así me mira yo me asusto. Siempre lo hace cuando la noche está al caer. Entonces me mete en la cama a toda prisa, y me pone mucha ropa. Así siempre, aunque haga calor. Siempre antes de que papá llegue a casa. Me dice que me duerma pronto, que piense en Jesusito. También me dice que no me despierte aunque papá me llame. Me dice que tenga los ojos cerrados, que no los abra, que me acurruque con fuerza, con toda la fuerza que pueda. Luego escucho a papá llegar. Siento escalofríos. Mi mamita le dice que ya me marché a dormir, que llegué muy cansada, que me dormí pronto, que mañana tengo pruebas en el colegio, que tengo mucho camino a pie por delante hasta llegar a la escuela, que necesito descansar. Yo tengo los ojos cerrados. Pero no puedo dormir. Los oigo discutir. Empiezo a sentir miedo. Tiemblo mucho, como si tuviera mucho frío. Pero comienzo a sudar. Mi papá insulta a mi mamita. Odio que la insulte o que le pegue. Ella es buena, muy buena. Él le dice que está fea y gorda, que nadie la puede querer. Eso es mentira. Yo la quiero, la quiero mucho, y mi mamita no es fea, es la más linda de las mamitas; la más buena. Me quiere mucho. Yo lo sé. Me lo dice siempre. Con ella me siento bien. Tan bien como cuando no estoy en casa, que no me importa andar varios kilómetros hasta llegar al barracón de enseñanza. Allí estoy contenta: juego con otras niñas y niños. Reímos mucho; somos felices. Y aprendo mucho con mi maestra; ella es una señorita muy linda y muy amable. Mi maestra me mira con cariño; ella sabe que algo me sucede, pero no pregunta nada. La vi una vez discutir muy fuerte con mi papá; los ojos se le pusieron muy rojos. De vez en cuando acaricia mis cabellos y me sonríe. Me dice que tengo que estudiar las cosas que me han de servir para cuando sea mayor, para comprender lo que hoy no entiendo; yo no puedo entender a mi papá, las cosas que me hace. En el colegio estoy bien, a salvo de papá. Pero el tiempo pasa rápido. Yo no quiero que el día acabe tan pronto; tengo que regresar a mi casa. El camino de vuelta lo hago llorando. Algunas amiguitas me preguntan qué me pasa. No sé, les digo. Pero la verdad es que no puedo contárselo. Mi papá me dice que ese es nuestro secreto. Yo no quiero tener secretos con mi papá; hacen llorar a mi mamita. Siempre llora mi mamita cuando papá se mete en mi cama. Yo escucho su respiración. No abro los ojos; los aprieto más y más, con todas mis fuerzas, como mamita me dice que lo haga. Y me toca, y me quita la ropa. Me hace daño. Mucho daño. Me toca mucho, con fuerza. Me dice que me quiere mucho, más de lo que quiere a mamita. A mí no me gusta que me quiera así. Me acurruco todo lo que puedo. Me dice que mañana me traerá una muñeca. Ya no lo creo; siempre me dice lo mismo. Me hace más daño. Quiero cerrar mis ojos más y más, pero lloro, lloro mucho. ¿Cómo pueden salirme las lágrimas si tengo los ojos cerrados? No entiendo nada. Y escucho llorar a mamá. Él me dice que sea buena, que soy su niña, que debo ser obediente, que si no lo soy se enfadará mucho conmigo y con mamita. Él dice que ella tiene la culpa de todo. Y lloro mucho, más todavía; me hace mucho daño. Y entonces abro los ojos. Y la veo a ella, a mamita. Lleva algo en la mano… brilla en la oscuridad. Escucho un lamento. Oscuridad.
Tras toda una existencia sin mamita, hoy voy a abrazarme a ella. Quizá pueda restaurar la mejor parte de mi pasado, de nuestro pasado. Estoy nerviosa. Tengo miedo, pero un terror diferente al que me infundía la cara hostil de mi padre. En la atmósfera de la terminal internacional reverbera la voz; anuncia la llegada del vuelo procedente de Managua. En él llega mi mamita a España, lugar al que emigré en cuanto salí del orfanato donde me internaron tras el suceso que nos liberó a mamita y a mí de la tortura de papá, aun a costa de que tuvimos que pagarlo con la separación. Huí hostigada por la pobreza, por la falta de oportunidades para labrarme una vida con un mínimo de dignidad; acosada por unos patronos que me ofrecían trabajo a cambio de sexo mientras que mis compañeros se burlaban de manera constante de mí y de mis capacidades profesionales…
Hoy, al fin, mi mamita y yo tenemos la oportunidad única de tender puentes para reconstruir nuestras vidas, para crearnos el futuro que merecemos, el que nadie nos puede robar. No más lágrimas, salvo las que broten de la alegría. Nunca más en el rincón.
PREGÓN DE CARNAVAL
Permítanme antes de nada que les presente a mi sombra, porque si no lo hiciera la muy canalla iba a estar toda la noche dándonos la murga. Yo no voy a ninguna parte sin ella; ni ella puede vivir sin mí; es como un buen desodorante: jamás me abandona. Aunque les juro a ustedes que muchas veces hubiera querido librarme de ella, darle matarile, enterrarla bajo una montaña de guasa, “in corpore in sepulto” (Cristo, ¿por dónde andas? No te vayas a creer que “in corpore in sepulto” es un disfraz de carnaval para un “coito interruptus”, ¿eh?). Porque entre mi sombra y yo siempre ha existido una relación de amor y odio. Vamos, igualita, igualita que la de Jesulín de Ubrique y la Belén Esteban, relación definida por el torero con cinco palabras: car-na-va-les-ca, tan carnavalesca como lo es esa ordinaria mediática que lleva una máscara de colaboradora y que a diario sueña con disfrazarse de princesa, aunque sea del pueblo; pues que sepa que de este pueblo ni lo es, ni queremos que lo sea, porque aquí, para gran carnavalera ya tuvimos a La Reina, la emperatriz de los disfraces durante muchos carnavales. En fin, que mi sombra se enteró de que me habían nombrado pregonero de vuestro carnaval y le faltó tiempo a la muy quisquillosa para ponerse de comparsa. Se pegó dos noches enteras cantándome letrillas de carnaval que ella misma componía sobre la marcha, y eso que yo tenía apagada la luz del dormitorio, que para ella la oscuridad es como para Drácula los ajos o la luz: el fin. Pues ni por esas se esfumó la pesada. Se pegó a mí como una lapa; y no voy a decir como a unas bragas un salva slip, porque mi mujer me ha dicho que eso queda muy ordinario; así que no lo diré por muy fina que sea mi sombra y por muy seguro que me haga sentir la jodía. Me volvió tarumba con su runrún, que se parecía con sus cuplés al Aznar con su “Márchese señor González”, aunque ella me cantaba “Llévame a la Torre, a Torreperogil, ese pueblo tan bonito donde un día fui la sombra más feliz”. Total, que al final me vi que yo tenía los ojos como Marujita Diaz, y no porque yo tenga arte para moverlos como ella sino porque llevaba varios días sin dormir, pero también porque tenía los parpados hinchados y enrojecidos como los labios de la Carmen de Mairena, pero abiertos de par en par, como asombrados, como si le hubiera visto el “mandao” al cubano que fuera novio de la actriz, al Dinio, un bobo disfrazado de “macho man”, que tanto que presume el muchacho de “mandao” yo le diría que para largos los mandaos a los que me mandaba mi madre de una punta a otra de la Torre, desde la puntanilla hasta la Virgen. Aunque ahora que lo pienso: un día sí que vi al prenda haciendo un posado en Sierra Nevada, acariciando su miembro la nieve, que hay que reconocer que eso es un miembro y no los del parlamento; el muy… cubano me echó en cara, al verme reír a carcajada limpia, que seguro que a mí también se me encogía con el frío. Yo me miré el paquete, y callé, porque el mío no era precisamente el de un torero y ni mucho menos uno de esos que llevan en la mano las mujeres cuando salen de las tiendas en tiempos de rebajas. El caso es que al comparar paquetes, se me esfumó la sonrisa de los labios, como cuando vas disfrazado y te reconocen aun debajo de un antifaz. No quise ni responderle; hay respuestas que son estoques contra el amor propio, porque ni sumando mi paquete y el de mi sombra podía hacerle sombra al suyo. En fin, centrémonos, que no me quiero ir por los cerros de Úbeda… Lo que ahora cuenta es que accedí a prometerle a mi sombra que la traería conmigo a Torreperogil. Pero ya ven ustedes qué cosas más carnavalescas… Como resulta que yo, después de pensarlo muy bien, decidí no quitarme el disfraz -porque sepan que yo voy de mascarote desde que nací-, y pensando que nadie iba a reconocerme si me quitaba esta careta o si me vestía de persona normal, le dije a ella que se disfrazara; más que nada por crear un poco de ambiente de carnaval, por tenerla entretenida y para que no me molestase mientras yo les leía a ustedes el pregón. Pero esto no me lo esperaba, aunque las mayores ingratitudes vienen de los que más cerca tenemos, y si no que se lo digan a Cesar, el que fuera apuñalado por Marco Junio Bruto, su sombra política disfrazada de traidor. Menuda felonía (Cristo: No te vayas a pensar que felonía es una de esas guarrerías que se hacen en las casas a las que llaman de la mala vida, que ahora que lo pienso: Qué mala vida es darle a las cosas del gustirrinín, con lo que a todos y todas nos gusta no ya el gustirrinin, sino el gustirrinón, ¿eh? Y eso que cuando está a punto de llegar el -in y el -ón todos y todas queremos salir corriendo, porque a ver quién de vosotros o vosotras no grita en el último instante: ¡¡¡que me voy, que me voy!!! Pero al final todos y todas nos quedamos ahí, como expectantes, en una espera gratificante, aunque solo sea por ver qué cara o careto de carnaval pone el otro o la otra… que a veces ponemos cada cara de máscara en el momento sublime... Pero qué gusto esa espera, ¿verdad? Ojalá fuera eterna, como eterna es la esencia del carnaval de Torreperogil. En fin, que mi sombra se ha disfrazado, pero poniendo en juego toda la mala follá del mundo. ¿Qué, que no me creen? Pues ya verán (la cojo y la sitúo detrás de mi). Aquí la tienen; Sombra, te presento a mis paisanos y paisanas; paisanas, paisanos, os presento a mi sombra. Ha venido disfrazada de mi mismo, ¿Que de qué? Pues de qué iba a ser, ya lo ven: de PENDÓN carnavalesco. ¡Tendrá mala sombra la puñetera! Y ahora ya no pierdo más tiempo: al pregón, que es lo que ustedes quieren oír y para lo que han venido hasta aquí, que algunos lo habrán hecho para echar una cabezadita, que entre tanta gente se está más calentito, ¿verdad? Y sale más barato que hacerlo en casa, donde hay que encender el brasero de la camilla; pero claro, eso, como diría la maestra de Fama, cuesta mucho, y aquí es de balde ¿verdad? Pues no se corten. Y lo dicho: bien sea para oír o dormir, ahí va mi pregón, que seguro que muchos de ustedes, al venir caminando hacia aquí, o mientras se ajustaban los tapones de los oídos para hacer bulto y no escuchar, habrán pensado que al llegar se iban a encontrar más que con este magnífico escenario con un enorme pañal, porque esta tarde de marzo Juan Carlos “CHURRETA”, pregona el carnaval.
PRIMER ACTO:
Buenas noches, amigos y amigas, paisanos y paisanas, prensa escrita y oída, familia, autoridades civiles y, si las hay, buenas noches también a las militares, a las eclesiásticas y a todas las demás, porque autoridades en este país hay más que máscaras de carnaval:
Es para mí un verdadero honor estar en este auditorio, dirigiéndome a las y a los presentes, que por voluntad propia, o como penitencia para purgar algún pecado inconfesable, se han dado cita entre estas cuatro paredes para escuchar el pregón de carnaval correspondiente al año 2011.
Estoy convencido de que muchos y muchas serán los y las que por méritos propios tienen más derecho que yo a estar ocupando este privilegiado lugar, que hoy, sin saber muy bien por qué, ocupo yo. Estoy seguro que entre esta nutrida audiencia habrá gente que tenga cosas más interesantes que decir sobre vuestro carnaval, el que desde este mismo instante ya es MI carnaval. Para todos ellos y ellas, en el deseo de que en años venideros puedan disfrutar de una más que merecida oportunidad de pregonar el carnaval, pido un más que reconocido, sincero y sonoro aplauso.
Pero no penséis los que aspiráis a pregonar que me salió gratis estar aquí; no, que va. Ya podéis ir agudizando el ingenio y aplicaros el cuento: “Si quieres pregonar el carnaval, al concejal de festejos de turno has de sobornar”. Yo lo tuve claro desde un principio. Sin que él lo supiera, como nunca lo supo la mujer de la canción “Un ramito de violetas”, compuesta por la añorada Cecilia, durante largo tiempo, cuando se aproximaba el carnaval, y como siempre sin tarjeta, a Pepe Solas -al que agradezco con sinceridad este pedazo de regalo que me ha hecho-, yo, como soy obstinado como un borrico, le mandaba, en lugar de un ramito de violetas, un tubo familiar de fijador “Patrico”. Varios años le costó al buen hombre darse cuenta de quién le mandaba la gomina para el pelo y otros tantos tubos de dicho brebaje a mí el que se diera cuenta. Supongo que al final vio en mi blog que yo era peluquero y trenzando, trenzando… que para algo es concejal… Buena, buena, buena la intuición de nuestros políticos, ¿eh? Cuando se lo proponen de verdad son capaces de dejar en evidencia la pericia de la propia policía (Cristo, no vayas a pensar que “pericia” es el mote de la más experta de las chicas de un club de alterne, ¿eh?) Pericia significa maña o destreza, como la usada en la confección de disfraces de mi pueblo, destreza que los hace más espectaculares que los monumentos de Baeza.
Pues bien, sepan que Pepe me llamó hace poco más de un mes. Al escuchar su propuesta, lo primero que le pregunté fue si en el recinto donde habría de celebrarse el acto existía salida de emergencia. Porque sepan ustedes que al igual que le sucede a los ladrones de postín, los pregoneros de tostón también necesitamos tener bien fichados, y a mano, los lugares por donde escapar. Sea como fuere, acabé aceptando su invitación, y no sin antes asegurarme de que los municipales efectuarían una requisa de tomates maduros y verduras podridas en los días previos a este evento, cosa que Pepe aceptó de buen grado, grabación que yo tengo guardada como oro en paño por si acaso veo volar alguna lechuga o coliflor por encima de mi cabeza, que como las vea el señor Pepe se las tendrá que ver con mi amigo el Vigorra por incumplimiento de contrato. Aun así, es justo decir que yo viví su ofrecimiento además de cómo un auténtico honor también como un aprieto casi tan grande como el dilema que durante mi infancia, y al rebufo de un apretón, suponía el tener que cruzar el portón del muladar de mi abuela, que entonces los retretes eran como la fiesta del carnaval: al aire libre. Allí, las gallinas, disfrazadas de plantas silvestres, mimetizadas entre los matojos como ustedes lo están ahora entre la penumbra, esperaban ansiosas a que me bajase los calzones para aliviarme de las copiosas comidas que me ponía mi tía María. Fíjense que situación más apurada y carnavalesca: yo, en cuclillas, apretando, que menuda cara se me ponía, yo como si me hubiera puesto una careta con la cara de la Patiño, con las venas todas “hinchás”, ahí, guardando el equilibrio, con un palo en una mano y con un paraguas en la otra; sí, sí, como lo oyen, paraguas que usaba para aliviarme del calor en verano o protegerme de la lluvia en invierno, que parecía un cagador disfrazado de Mary Popins, y palo que me servía como porra de defensa, sabiendo que, de un momento a otro, las gallinas iban a echar a correr hacia mí en cuanto me pegara un peo, como por la cuesta de santo Domingo corren los toros en san Fermín en cuanto estalla el cohete, todas ellas en manada, y sin capones, en dirección mía, a carrera limpia, como reses bravas, que dónde puñetas estaban los santos en aquellas delicadas y escatológicas situaciones para protegerme de tanto pico voraz, yo disfrazado en ese instante de Gary Cuper, solo ante el peligro y con el culo al aire. Mientras venían hacia mí, yo las veía correr a toda pastilla, como una panda de máscaras cacareando el consabido “Ay que torpe que estás que no me conoces”; para eso estaba yo en esos momentos, como para saber cuál era el nombre de cada una de las gallinas… Yo solo sabía decir: “pita, pita gallinita, no me piques la colita”, pero ni por esas las espantaba. Corrían como perturbadas, sus caras desencajadas. Hoy por hoy, reconozco que en aquel territorio carnavalesco a las gallinas no había que tenerle miedo, que al fin y al cabo se entretenían con cualquier mierda; a quien en realidad había que tenerle respeto era al mascarote principal: al gallo, al muy hijo de gallina, que mientras yo estaba ahí, palo en mano, batiéndome en duelo con su harén, como Alatriste con su espada, corriendo el riesgo de caerme sobre mis propias mierdas para darle honra a mi mote, CHURRETA, él muy canalla del gallo, con su cresta tan roja como la rosa del SOE y con su pico más afilado que la lengua de la Saenz de Santamaria, llegaba por detrás y me picaba el culo, y lo que es peor: lo que por delante me colgaba, si es que atinaba a encontrarlo, ya que en las situaciones comprometidas mi colita se disfrazaba de cabeza de tortuga, pues se metía para adentro en cuanto se sentía amenazada, quitándose del medio con la misma rapidez de los políticos en cuanto veían los micrófonos de los reporteros del Caiga quien Caiga, mientras yo, ahí, atosigado por gallinas y gallo, mantenía el tipo caga que te caga.
Pero también he de reconocer que sentí muchos nervios y miedo una vez aceptada la proposición de ser pregonero del carnaval torreño. Porque al darle la noticia a mi querida amiga Carmen, ella me preguntó a saco: ¿Tú pueblo es de matanza? La mire muy serio, y le dije: creo que el día del pregón no. De ustedes depende que no diga que le conté una trola, aunque el carnaval, como bien sabemos todos, es la fiesta de la mentira, o quizá la de la verdad de lo que en el fondo quisiéramos ser. Espero que ustedes, deseen ser hoy cualquier cosa menos matarifes, que para eso ya están “Los Mataores”, siempre dispuestos a cambiar el delantal que usan en la carnicería por un disfraz bien trabajado.
Supongo que habrá por ahí quien diga qué liendres tengo yo que ver con el carnaval de mi pueblo. Pues que sepa que liendres, liendres sí que tuve muchas en este pueblo, hasta en carnaval, pero de eso no vamos a hablar ahora o acabaremos todos rascándonos como monos y sin necesidad de disfraz. Y debo deciros que desde el mismo momento en que nací he tenido mucho que ver con el carnaval. Al fin y al cabo, la vida en sí es el mayor carnaval, y dura lo que ella nos deje estar aquí, disfrazados de personas, y antes de disfrazarnos de mojama por siempre jamás en el carnaval de la eternidad. Aquel lejano día de 1962, el médico, contrariado, le preguntó a mi madre si estaba segura de que ya había cumplido, porque todavía faltaban algunos meses para el carnaval. Y es que yo nací feo, feo, feo; casi tanto como feo es Ronaldinho recién levantado y apretando en un día de estreñimiento. El doctor que atendió a mi madre le dijo que no sabía si felicitarla o solidarizarse con ella, porque yo más que con cara había nacido con careta de carnaval, como para darle un susto a Belmonte, el torero conocido por el pasmo de Triana. Entonces mi madre le preguntó al doctor que qué había tenido, y el médico le dijo que mucha mala suerte, porque habían hecho todo lo humanamente posible pero al final yo conseguí nacer, lo mismo que le pasaba al carnaval de nuestro pueblo durante la prohibición, que nacía cuando le tocaba. También le dijo a mi madre que cuando nací decidieron darme un azote en el culo, pero más que para saber si estaba vivo para ver si ladraba, porque parecía un dálmata de tantos lunares de pelo negro como traía en el cuerpo ¡Cómo cambiamos! El tiempo es el mejor maquillaje de carnaval. Mi padre al verme en la cuna dudó si inscribirme en el registro civil o en el de patentes, porque mi cara era digna de ser registrada, para que nadie la copiara para usarla como careta en carnaval sin pagar los oportunos derechos de autor; mi padre siempre tan negociante. Hoy sé que muchas personas se descargan mi foto de internet, pasándose por el morro la ley Sinde, y que la recortan, le ponen una gomilla, se la colocan y se echan a la calle para disfrutar del carnaval sin riesgo de ser reconocidos. Ya me dirán si yo no le he dado buenos momentos al carnaval. Creo que estoy aquí por méritos propios.
SEGUNDO ACTO
Pero como no solo de méritos vive el hombre… Uno debe demostrar con hechos que la designación como pregonero fue acertada. Esta noche yo estoy dispuesto a facilitarle nuevos datos históricos de nuestro carnaval a los guardianes vivos de nuestra Historía: a los miembros y “miembras”, o como dirían los reyes del carnaval, los gaditanos, a los pichas y chochis de la asociación Historia Viva, para que no se diga que no hice mis deberes. En este pueblo los maestros, como don Juan García, me enseñaron que cumplir con los deberes es lo primero. Y para ello me puse manos a la obra: investigar sobre el carnaval de mi pueblo. Esta noche puedo aportar datos que echan por tierra la teoría aceptada de que el carnaval, tal como lo vivimos hoy, empezó en otras tierras y allá por el siglo XVII; nada de eso. Durante varias madrugadas, mientras mi pueblo dormía, y con los oportunos permisos municipales en mi poder, he efectuado catas arqueológicas, pero también catas de vino de la cooperativa y de unas rebanadas de pan disfrazadas de manjar con su correspondiente pegote de bodrio; no sabría decir de cuál de ellas saqué mejor partido. Pero a lo que íbamos: Auxiliado por un cabo, pero no el de la policía municipal ni el de la guardia civil sino por el de una fregona vieja que encontré en la plaza, y que afilé a conciencia, he excavado en los alrededores de las Torres Oscuras, las que conquistó y gobernó don Pero Xil, hoy en día más conocidas en internet como TorresOscuras.com y que son regidas hoy día y con toda profesionalidad por Antonio Rosillo, al que debo más de un jamón por cómo me ha tratado siempre y por la proyección que ha dado de mi persona y de mi actividad literaria; porque sepan ustedes que yo soy un Churreta que siempre sueña con disfrazarse de escritor. Algunos pensaríais que los montones de tierra removida que se han visto al pie de las monumentales torres los efectuó un perro que trataba de esconder un hueso. Pues no, era yo, aunque mi mujer dice que le parece que me disfrazo de hueso y de perro cuando la saco de sus casillas. Fue en la segunda noche de las excavaciones cuando me topé con un cofre. En él encontré documentos que hacían referencia a nuestro carnaval; se hallaban junto a la partida de nacimiento de la Sara Montiel, para que luego digan que no es una máscara de carnaval, varios siglos que lleva la fumadora de puros sin quitarse el disfraz de momia. A lo que iba, señores y señoras de Historia Viva: en uno de esos documentos se hace referencia al hecho de que fue don Pero Xil de Zatico, que usaba medias y falda -pedazo de disfraz- quien ordenó que se festejara con una fiesta de disfraces la entrega de la Torre a sus dominios en el siglo XIII, tras la ayuda prestada por él a Alfonso III en la toma de Úbeda, pero de igual modo en la toma de veinte pellejos de vino, que menuda cogorza se pilló el muy ladino. Mandó tirar cohetes a Pepe Maravedi, renombrado antepasado de nuestro Pepe Peseta, que a ver cuando esta querida familia disfraza de, una vez por todas, su mote, y se lo cambia por Euro, que ya va tocando. Aquel día, los cristianos se disfrazaron de bellacos, pasando a cuchillo a los moros a los que no le dio tiempo de disfrazarse de moriscos. Y lo más importante: en un documento anexo se hace referencia a que antepasadas de Mariblanca, Antonia Lendinez y Mariam Villar, la de los sindicatos, o Loles Moraga o Antoñita la de Pajarillo, o Memes, y otras muchas amigas, salieron en grupo por las calles empedradas, por la Cerruza y por la Guindalera, disfrazadas de moras verdes, pues usaron unas chilabas verdes que los moros abandonaron en su huida. Fue aquel día cuando todos los hombres del pueblo se disfrazaron de mancha de mora, pues querían frotarse con ellas; y es que ya saben el dicho: la mancha de una mora restregándose con una mora verde se quita. Aquel día la juerga pasó a conocerse como la fiesta carnal, tanto dale que te pego; de ahí derivó en carnaval, fiesta de don Carnal, fiesta de la carne, venga frotar y frotar. Desde entonces, con tanto carnaval, mi pueblo no ha dejado de crecer. Así se conoció en los anales de la historia, que la historia de mi pueblo tiene unos anales muy gordos, que si no de qué iba a haber en este pueblo motes como Escupidera o Churreta, ¿verdad? Y es que los motes son el disfraz de los nombres de las gentes de un pueblo enganchado por siempre a su carnaval, que ni las prohibiciones de un militar pasmarote, por no decir carajote delante de mi mujer, y disfrazado de mascarote lograron evitar que en este pueblo se dejara de festejar la fiesta de don Carnal.
TERCER ACTO.-
Y ya que antes he hecho referencia a las mujeres, no quiero dejar pasar por alto mi más sentido homenaje a ellas. Porque, en contra de lo que muchos piensan, de que el carnaval es como el coñac Veterano: cosa de hombres –una gran tontería disfrazada de frase que se las da de inteligente- las mujeres de este pueblo han tomado parte y partido por este carnaval desde tiempos inmemoriales, como ya hemos podido ver. Así pues, es justo decir que ellas dieron vida durante años a la fiesta carnavalesca por las mañanas, y que en sus casas fueron y son motor creativo, pues de sus primorosas manos han salido disfraces para hacer las delicias de propios y extraños en un carnaval que ha ido ganando importancia y adeptos con el paso de los años gracias a ellas. Gracias a Mari Blanca, a Mariam Villar, a Loles Moraga, a la Reina, a Carmen, la cartera, a la Concha y su hija, o a las mujeres pertenecientes al grupo de educación de adultos, o a la Manesa, siempre vendiendo guasa de mil colores en la tienda de su padre, Mané, con aquel carricoche verde acristalado siempre atiborrado de bolsas de papelillos de colores encendidos y de rollos de serpentina. Pero tampoco olvidemos a las muchas paisanas que por tiempo, espacio y olvido me dejo en el tintero y que recorrieron con sus disfraces, entre otras, la calle Santa María hasta desembocar en la plaza, el reloj del ayuntamiento computando un tiempo de fiesta y de felicidad. Para ellas reclamo un sonoro aplauso. Porque han tenido que aguantar muchos años de desconsideración y porque han tenido que aguantar a hombres que solo viven pensando en el carnaval, hombres que ahora se quejan de que se meten tanto en la preparación del carnaval que su vida sexual se disfraza de vegetariana, pues hacen el amor de higos a brevas. Pues a todos los hombres carnavaleros solo decirles que deben atender más a sus mujeres, que los niños son el futuro del carnaval de este pueblo.
Hombres de mi pueblo, pegados a la fiesta del disfraz, como Paco Tite, el gran reportero del carnaval, o Moreno Escupidera o Nene Chico y Ford o Felipe, el Granao, o esos integrantes y compositores del grupo de los Pines o los de los Sindicatos, gente que sin haber pasado por el conservatorio es envidiada incluso por los grandes compositores de la Historia. Y tengo pruebas irrefutables de ello. El mismo Mozart escribió una carta a Lizt, que tengo en mi poder para entregarla a Historia Viva, en la que le decía que no entendía cómo los compositores de las coplillas del carnaval torreperoxileño tienen tanto ingenio, ritmo y compás a la hora de componer, que por regla general suele ser la de la ligá. Y es que es verdad, pues si Mozart compuso con gran esfuerzo su Misa en DO MENOR, mis paisanos escriben sus coplillas así por las buenas, tumbados en el SOL-FA, mientras sus compañeros, en-RE-dando frota que te frota los instrumentos de viento con SI-DOL, para que brillen como un SOL en los pasacalles, las chirigotas entonces a ritmo de cuplé o pasodoble. Hombres que escriben sus letrillas con salero, y sin mala intención, pues solo anhelan que sus mensajes vayan directos al corazón, pero también al espíritu, a donde llegan como un puñado de guasa que desata mil carcajadas, un torrente de risa, el mayor antídoto contra la tristeza y la depresión. Gracias por ello a todos ellos y ellas en un tiempo en el que la risa brilla por su ausencia, pues parece que todos vamos disfrazados de mala follá a diario.
Hombres y mujeres que hicieron, hacen y harán cancioncillas picaronas y sencillas con las 7 notas musicales, chascarrillos musicalizados que llegan al público de una manera tan clara que son la envidia de los políticos, esos que se disfrazan de personas importantes para olvidar a la gente de la calle, la que va disfrazada de currito a todas horas, políticos que hablan mucho y no dicen nada, al contrario de la cancioncilla como la que un día le cantaron a mi padre, coplilla para DO-MI, vamos, para Domin-go “Churreta”, y que con pocas palabras expresaba mucho: “En la torre vive un peluquero muy señorón con los miles de pesetas que en un moño se encontró”. Pues que sepa mi padre que se libró de que yo no estuviera por aquella época, pues yo le habría compuesto otra bien distinta: “Domingo, con las pesetas que ha ganado poniendo miles de rulos, ha comprado un aparato pa´ que a los CHURRETA les brille el culo” Y es que mi padre siempre tuvo cosas carnavalescas. Porque de un viaje que hizo a Francia, en lugar de traerse un suvenir típico, como una torre Eifel o una bandeja de croissants, él se trajo una idea: la de comprar un bidé como el que tenía la habitación del hotel en el que se hospedó.
EPILOGO
En fin, ya va siendo hora de terminar, que no quiero que se me duerman en la butaca. Pero permítanme que lo haga dirigiéndome a Antoñito, pero no al del salón de celebraciones que tantos bailes de carnaval organizó, sino a mi entrañable don Antonio Machado, a quien suelo llamar Antoñito cuando leo sus poemas. Don Antonio, debería usted ver este pueblo tan estupendo, tan festivo a pesar de los problemas; ver cómo su ciudadanía, aunados en coro, y no precisamente de carnaval, ha sabido superar todas las dificultades y zancadillas que le pusieron como colectivo a lo largo de su Historia; ver cómo sus hombres y mujeres hacen patria, enraizados a esta tierra, mientras que los que nos marchamos vivimos desde la distancia el dolor de no estar caminando a diario por estas calles y hablando con este paisanaje o estrechando sus manos, pero también viviendo con orgullo el ser hijo o hija de esta tierra madre que nos parió y a la que nunca olvidamos y queremos con el alma abierta, tan abierta como la emisión de los canales de la tele sin codificar. Sepa, Don Antonio, que a dos leguas de Úbeda ya no está ese triste Burgo de España que usted plasmó en un poema, que para triste Burgo el que escribe en el ABC, el Antonio Burgos. Este pueblo hoy es digno de estar entre los mejores pueblos de Jaén, de Andalucía y de España, porque entre sus múltiples cualidades está la de ser MI PUEBLO. Y ya termino. Pero no sin antes agradecer de nuevo su atención y este pedazo de regalo que me ha otorgado el Ayuntamiento de Torreperogil en representación de mis paisanos y paisanas, un grupo de gente que llevo abrigado en mi corazón, desparramado en mis entrañas. Y no piensen que espero de las autoridades que cuelguen un rótulo en mi casa donde ponga: en esta casa nació el pregonero del carnaval del 2011. No, que va; sé que en mi casa, el día que yo me disfrace con una mortaja, colgarán un cartel bien grande que diga: “SE VENDE”. Pero esa ya será otra historia de carnaval. Ahora les pido atención. (Hago soñar la trompetilla)
¡De parte de la señora alcaldesa, abran puertas y ventanas, salgan a la calle a disfrutar, que en este mismo instante comienza el CARNAVAL!
Torreños, torreñas
¡¡¡¡¡VIVA TORREPEROGIL Y SU FIESTA DE CARNAVAL!!!!
¡¡¡¡LA CALLE ES VUESTRA!!!! ¡¡¡TOMADLA AL ASALTO!!!!
Su vida fue sencilla; un gesto de presencia dócil. Su última voluntad, proclamada por anticipado, un golpe certero; nos llevó a una disputa el aceptarla o no. Su velorio fue un jolgorio; una farsa: risas tapadas con lágrimas. Ocurrió la mañana de su muerte.
-¡¡¿Pero cómo vamos a vestir a mamá así?!! Vamos, ¡ni hablar! Seremos la risión del pueblo y la comidilla del próximo carnaval. ¿Olvidasteis la que se armó hace años cuando papá puso el bidé en el aseo? Menuda liaron los corrillos con esa cancioncilla del demonio:
Higinio, con un billete de mil pesetas / que se ha encontrado dentro de un moño, / le ha puesto a su mujer en el váter / un aparato pa´ que se lave el… ¡Vamos todos pa´ Logroño!
Lo dejó dicho una y otra vez: su mortaja estaba en una caja encima de su armario. Nunca nos atrevimos a mirar en su interior. Eso suponía poco menos que un sacrilegio. La muerte no necesita fisgones, o quizá le sobran. Pero al morir mamá, tuvimos que pasar el trance de abrir la caja. Cual no sería nuestra sorpresa: quería ir de fiesta cuando nosotros estábamos de duelo; color frente a luto. Dentro de la caja, un traje de flamenca con todos los avios; como a ella le gustaba. Siempre decía que un traje de flamenca sin ornatos era como un cocido sin pringá. Reñimos, pero al fin, la disfrazamos de gitana, de feria. Todo un hecho, y una mayúscula sorpresa, para quien visitó la capilla ardiente: todo el pueblo. Nadie quería perderse el espectáculo, y no sabíamos si los pésames eran por la perdida de nuestra madre, o de nuestro juicio por haber dado lugar a semejante regocijo. Dimos de qué hablar durante meses. Hasta que un día… Debíamos vender la casa. Nos juntamos para desalojar la vivienda. Al empujar el armario de mamá, una caja, que estaba atrapada entre la trasera del ropero y la pared, cayó al suelo. Debió quedar emparedada allí al ser empujada por el embalaje de la mortaja flamenca. El tiempo fraguó el olvido. La recogimos. Al abrirla… mutismo: dentro de ella yacía el hábito de la Hermandad de la Cruz, la mortaja que mamá pensó en vida para ponerse en muerte. Mamá debió ponerla sobre el armario hasta que llegara su hora final, pero…Callamos, nos abrazamos y reímos a carcajada limpia. Quizá, reíamos por no llorar.
En la noche del miércoles 18 de agosto tuvo lugar en Arjona (Jaen), y ante un amplio auditorio, el acto de entrega de los premios del XXIV Certamen Internacional de Relato “Álvarez Tendero”. En esta ocasión el primer premio recayó en el autor nacido en Torreperogil (Jaén), Juan Carlos Pérez López. Su obra, “El silbato del tren”, una entrañable historia de amistad y lealtad, de valores en desuso, pero con un final sorprendente y cargado de esperanza, fue considerada por el amplio jurado, formado por personalidades relacionadas con el ámbito de la cultura no sólo andaluza sino de igual modo nacional e internacional, como merecedora del primer premio de esta edición. El relato fue considerado entre un total de 295 obras llegadas desde todas las comunidades autónomos así como de diferentes países de Iberoamérica y Europa. El autor tuvo palabras entrañables durante el acto para sus paisanos y paisanas torreperogilenses, a los que dedicó de todo corazón su trabajo. Se da la casual circunstancia que durante la mañana de ese mismo día, el autor recibió en Porcuna (Jaén) el Tercer Premio del Certamen de relatos por la Igualdad, con el que había sido galardonado en marzo por su obra “La bolsa con la basura”, pero que no pudo recoger por razones de agenda.
A unos meses vistas de las próximas elecciones municipales ya estamos asistiendo a noches de cuchillos largos en las sedes de los partidos políticos. Algunos líderes políticos van a vivir en sus propias carnes idénticas escenas, transfundidas a la vida política de nuestros días, a las del apuñalamiento de Julio Cesar en los idus de marzo del año 44 a. C. por Marco Junio Bruto y sus secuaces; muchos van a ver cómo los que hasta ayer mismos fueron sus más allegados colaboradores van a tomar las asambleas como puñales que blandir contra los liderazgos naturales y oficiales en aras de intereses particulares que nada tienen que ver con los intereses generales que han de ponerse en juego en dichos comicios. Esto es una lástima porque una vez más viene a demostrar que los valores, o más bien la moral política, están en franca desventaja con el afán de notoriedad, y que la desinteresada entrega que los políticos deben hacer al servicio público ha pasado a mejor vida a favor de arribistas y desleales que no aben ni donde tienen la mano derecha. Del mismo modo en que a los maltratadores hay que sacarle tarjeta roja y enseñarle la puerta de una celda, a los traidores políticos hay que sacarle los colores y enseñarle la puerta de salida de la vida pública. Estos personajes desmerecen a la clase política, un conglomerado de personas de diversa ideología que vive sus horas más bajas porque, quizá, no ha sabido ganarse el respeto de sus votantes, de la sociedad a la que representan, por tener a individuos de esta calaña entre sus filas. Es hora de hacer limpieza. Esperemos que sean los propios partidos quienes las hagan con expedientes disciplinarios y no la sociedad con la fuerza moral y legal sus votos.
LA BOLSA CON LA BASURA
JUAN CARLOS PEREZ LOPEZ
3er. PREMIO DEL XVII CERTAMEN DE CUENTOS BREVES, "8 DE MARZO" PORCUNA (JAÉN)
El aroma del café se disuelve vertiginosamente en el perfume que desprende el gel de baño. La soga de alfileres que golpea su piel de manera agradable, balsámica, levanta una fumarola que acaricia los cristales de la mampara del baño, pero también del espejo, y sobre los que se deshace para crear un lamento de gotas que se escurre buscando un punto por el que huir o por el que perderse.
Ella se despertó temprano, las luces violáceas aun desperezándose en el horizonte. Una luz tenue se colaba, como avergonzada y encogida, a través de los vidrios del ventanal. El silencio imperaba en la calle, más aún en la alcoba, sólo incomodado por la respiración de él: dormía a pierna suelta, desnudo, enredado entre las sábanas, y desenmarañando de entre sus sueños una mueca de sonrisa que escurría sigilosa entre sus labios. Lo observó durante largo tiempo, clavando una mirada desabrigada y perdida sobre su piel morena y salpicada por negras lagunas de vello espeso.
Él se ha creído siempre su dueño, pero ella no se considera propiedad de nadie.
Resopló. Se incorporó. Lo dejó atrás, la mirada de ella extraviada por el gran mirador del dormitorio. Posó sus pies sobre el filo de la cama, sus rodillas acariciando su pecho. Abrazó sus piernas, y hundió entre ellas su rostro para enterrar allí mismo un hipido que le salió desde el fondo del alma, su ristra de vértebras queriendo emerger de entre el estremecido piélago dérmico de su espalda. Se balancea despacio; mece su dolor, como queriendo acunar su angustia acelerada.
Ahora mismo le corroe la rabia; lo desprecia. Desearía que esos reconcomios se desaguasen por el sumidero del plato de la ducha, arrastrados por la nube de espuma jabonosa que forma un remolino a sus pies. Le duele sentir así, tanto que lo quiso… o que aún lo ama. Se frota con energía. Su cuerpo, empapado y zarandeado por velos frenéticos de agua caliente, siente la necesidad imperiosa de que, de una vez por todas, se diluyan los vestigios que aun quedan de él incubados en su dermis, aferrados con uñas y dientes a su epidermis. Sabe sobre seguro que más trabajo le llevará arrancarlos del fondo de sus entrañas, de ese espacio abisal donde los sentimientos pueden hacerse impenetrables, irreconocibles, dictatoriales.... Pero entiende que el tiempo lo cura todo a poco que se encaren las decepciones y que se tenga valentía para azuzar al amor propio, que muchas veces ella se sorprendió viviendo sólo por y para él.
Ahora es su tiempo; le toca darse una oportunidad: la que nunca debió dejar pasar de largo.
Está decidida. Mientras se seca, confundidas sus lágrimas con el agua, afronta su realidad. Aun está a tiempo de enmendar la plana a su existencia, tantos borrones que ella dejó que le echara encima su pareja durante tantos años; ni uno más, que ya cayó la gota para colmar un vaso que está a punto de saltar en mil pedazos de tanta presión que soporta, se dice entre sollozos ahogados. Su corazón está hecho añicos. Mientras se viste, vuelca su mirada cristalina, pero apagada, sobre una fotografía de los dos que congela tiempos más dulces. Lo tiene claro: lo de anoche nunca más, repite una y otra vez entre dientes; tus deseos no pueden ser enemigos de los míos, ni tú dueño y señor de mi, concluye.
Él duerme aún. Cierra la puerta suavemente, su mirada clavada en el suelo, como humillada.
Se enjuga sus lágrimas, ¡qué ya está bien! Toma un sorbo de café bien azucarado, ¡qué ya estoy harta de tanto amargor y amargura! ¿Qué importan unos gramos más? ¡Al diablo con guardar la línea… y con guardar las formas!
Prepara las tostadas. Las deja sobre la mesa, sin importarle que se enfríen, que él también tiene manos para calentarlas después, se convence a sí misma. Echa café en un tazón, que a él le gusta todo a lo grande. Vuelca su taza; derrama su café adrede. Sonríe, por fin permite que sobre sus labios descanse una sonrisa. Abandona su juego de llaves junto a la mancha negra con la que ha roto la virginidad inmaculada del mantel, mácula tan negra como negra a va a ser a partir de ese instante –ella espera que él así lo entienda- la vida de Apuleyo sin Marcelina.
Ella cierra la puerta de la calle, dando un sonoro portazo; Apuleyo se despierta. Marcelina mira al frente; Apuleyo, sobresaltado, abre los ojos de par en par, rebuscando en todas direcciones; ella no volverá su vista atrás nunca más. Marcelina lleva en la mano, para tirarla al contenedor, la bolsa con la basura.

DICE N QUE NO TENEMOS TIEMPO
3er. PREMIO DEL CERTAMEN DE CARTAS DE AMOR DE CARRIÓN DE LOS CÉSPEDES (SEVILLA) 2010
A FUENSANTA, PORQUE LA ESTIMO Y PORQUE ESTABA CONMIGO CUANDO ME COMUNICARON EL PREMIO.
Querida Rosaura:
Dicen que no tenemos tiempo, que nos quedan apenas dos telediarios, que vaya ganas que tenemos de meternos en estos berenjenales, ya con nuestros hijos mayores, con nietos y nietas formando barullo cuando vienen por aquí, que tú hasta tienes un bisnieto; ellos y ellas nos animan a seguir en la brecha y disfrutan viéndonos felices. Y eso que no pueden venir a visitarnos a diario; los trabajos los mantienen tan ocupados…
Dicen que no tenemos tiempo. ¡Qué más da! Tenemos futuro. El tiempo es una dimensión; el futuro es una esperanza que no se puede acotar con segundos, minutos u horas, y que palpita con los latidos del corazón. Por eso nos hace sentir vivos; por eso disfrutamos de ella, pisando a tope el acelerador de nuestras expectativas.
Dicen que no tenemos tiempo, pero yo les digo que para qué otra cosa sirve el tiempo salvo para tiranizarnos. Poco importa la falta de tiempo cuando yo me duermo a la noche con tu rostro grabado en mis retinas de tanto contemplarte a lo largo del día, que no me canso de echarte el lazo de mis ojos, embrujados por tu belleza. Y me despierto sabiendo que una nueva jornada a tu lado es como una tregua, como una prorroga que yo disputo con la frescura del que ha sido reserva durante mucho tiempo, a la espera de ganar la titularidad que tú me has dado.
Dicen que no tenemos tiempo… Y qué puede importarme si a tu lado un siglo es un segundo. Ni toda la eternidad a tu vera me bastaría para colmar mis glotonerías de tu presencia, que de tanto estar a tu lado, tú tan dulce, me he ganado el apodo, y con orgullo lo llevo, de “el empalagoso”.
Dicen que no tenemos tiempo… Y yo me rio de ellos; pero si juntos sumamos más de ciento sesenta años, un bagaje de experiencia que para sí quisieran muchos de los que tanto nos critican, murmuraciones que no conforman más que un ramillete de envidia, telaraña que hace que el tiempo pase tedioso para quienes nos miran con recelo.
Dicen que no tenemos tiempo… Pues resulta que este es nuestro tiempo, el instante propicio para saborear todas y cada una de las oportunidades que nos ofrece la vida, algunas de ellas vividas a destiempo, o justo en el tiempo más oportuno para que nos sea fácil exprimirle hasta la última gota de su jugo.
Dicen que no tenemos tiempo… Y no se dan cuenta que nuestro tiempo es un soplo de aire renovado que aspiramos con intensidad y en el que perdemos la noción del tiempo, ganado la plena felicidad.
Dicen que no tenemos tiempo… ¡Qué sabrán ellos del tiempo! Mi vida quedó parada en tu vida desde el mismo momento en que apareciste por las puertas de la residencia para romper mi soledad, ese látigo que fustigaba mi tiempo, haciéndolo interminable.
Te quiero.
Plácido.
P.D. ¡Qué mal tiempo hace hoy, leches!
Un beso.

EL TRAJE
2º ACCESIT DEL CERTAMEN DE RELATOS EN IGUALDAD DEL AYUNTAMIENTO DE CORIA DEL RIO (SEVILLA), 2010
cho un vistazo a tu traje y siempre llego a la misma conclusión: te gusta vestir como un dandi. En garbo, le echas la pata hasta al príncipe ese que tiene nombre de tela, sí, de Gales creo que se llama, ¿no? Sí hombre, a ese que tiene las orejas grandes y la tristeza enorme; a ese que despreció a una mujer guapa y que ahora se pasea con esa otra colgada del brazo y a la que parece que el enamoramiento le ha hecho la cirugía estética; las cosas que tiene el amor… Desde luego no hay quien lo entienda; hace que se vean guapas hasta las feas. Aunque bien visto… eso es lo bonito del amor y lo que deberíamos hacer todos: no mirar por fuera y rebuscar por dentro de la persona en la que nos fijamos. ¿Qué no sabes de quién te hablo? ¿Cómo no vas a saberlo, si estamos hartos de verlo en la tele? Sí hombre, me refiero a ese príncipe tan viejo que no sé cómo se llama… Verás, ese tan estirao, ¡qué sepa Dios cuándo va a reinar! Pero a ti eso no te preocupa, ¿no? Tú siempre has sido el rey de la casa.
Hay que ver qué prestancia tiene la tela del traje, que ni pintado para ti, siempre tieso como bastón; pura caricia para tu piel. Y míralo: ahí, como quien no quiere la cosa, encima del sillón, y ni una arruga se le marca, chiquillo. Siempre te ha caído como anillo al dedo. Claro, que unos buenos euros tuviste que pagar por él; y eso que tú siempre has sido de la hermandad del puño cerrado. Pero para los demás, que con tu persona siempre has sido generosidad en estado de exaltación. Sin embargo, hay que ver el trabajito que siempre te ha costado soltarme la guita; para que yo pudiera comprarme un tapito de ná, te he tenido que rogar más que en misa rezo al Señor. Y eso que yo meto mi sueldo en casa. Pero tú siempre quejándote de lo mala que está la vida, de lo caras que están las cosas en el súper, que no sé ni cómo sabes lo que cuesta llenar la cesta; nunca te has molestado ni en comprar el pan. Y eso que te coge de paso la panadería cuando vuelves del bar; sí, de tomarte el aperitivo con los amigos al salir del trabajo, que no perdonáis una. Yo, sin embargo, termino de limpiar la escalera de los bloques del barrio de Rosas -que ya ni sé como huelen esas flores, tantas que me regalaste cuando éramos novios- y corre que te pillo, con el corazón en la boca y con la bata del trabajo empapadita de sudor, que ni tengo tiempo de quitármela de encima, y a recoger a los niños al colegio, que ya podías tú hacerlo de vez en cuando, que lo tienes a cien metros de la tasca. Y verás que nunca me he quejado en estos años; me enseñaron cual era mi sitio, aunque dudo de que eso sea enseñar de manera correcta; más bien cómoda: es lo que hay y a no protestar. Pero hijo, ya podías ayudar un poco, que tampoco cuesta tanto arrimar el hombro. No te darás cuenta, pero paso con ellos por la puerta del bar y no eres ni para salir a darle un beso a los nenes, ni tampoco para decirme que me tome una cerveza contigo, que ya sabes que aunque quiero no puedo. Pero por lo menos podías decírmelo, que eso siempre agrada; a una le gusta que tengan al menos el detalle de que piensen en ti; nunca fuiste de endulzarme el oído, y eso que es gratis. No hijo, no; tú ahí, charla que te charla con tus amigos, sin levantar la cabeza y empinando el codo. Y yo corre que te pillo, para que la comida esté lista a su hora, calentita, al punto de sal, y a su tiempo, como a ti te gusta, para que luego puedas dar una cabezadita antes de irte a echar otra peoná. Porque eso sí que no lo perdonas, tu cabezadita; y que nadie te moleste, que no se puede hacer ni el ruido de fregar los platos. Resulta que te incordia hasta que recoja las cosas de la mesa, porque, según tú, hago demasiado ruido y te desvelo. ¡Pero si coges el sueño como un tronco! Ni una legión de moscardones zumbándote en la oreja te despertaría. Hasta en eso me controlas, que cuando te despiertas es cuando tengo que meterme en la cocina a recoger el fregado, justo a la hora de la novela, que ni el lujo de verla me puedo permitir, sentadita un rato delante de la tele, para luego poder charlar con las amigas de lo que pasa con tal o con cual actor, que esa es otra, que no sé porque digo esto, si nunca tengo tiempo del café con las amigas, venga escoba y fregona en ristre, todo el santo día limpiando. ¡Qué cruz, Dios mío! Pero no, que va, yo, cuando empieza el serial, a meterme en la cocina, a dejarla como un jaspe; como para no tenerla así con lo escrupuloso que tú eres, chiquillo, que si por ti fuera usarías las baldosas como espejo en el que pasarte horas y horas acicalándote. Porque mira que eres detallista, y limpio, y bien vestido, y coqueto, que no te falta un perejil. Menos mal que ahí estoy yo; dale que te pego a la plancha, para que la raya de tus pantalones esté ni que pintá. Es que siempre te ha gustado ir como un pincel. Pero a mí... Hasta en eso del vestir me has quitado las ganas, tú siempre reprochándome que no tengo que ser tan llamativa, que de lo que tengo que ocuparme es de los niños, que para qué me pinto tanto, que yo sólo tengo que gustarte a ti y no a esos babosos boquiabiertos del pueblo, mamarrachos que se ponen a desnudarme con la mirada cuando me arreglo… Pues hijo, qué le voy a hacer si a una la parió así su madre, que de eso bien te has beneficiado, aunque a mi me hayas dejado más de una vez con la miel en los labios, so cacho egoísta. Pero desde luego, por no oírte… Ya ves como voy siempre, hecha una viejecita, que ni apenas me pongo un poco de rimel y ya estás a voz en grito. Eso sí, tú, cuando te arreglas, siempre de punta en blanco, con tu mejor traje y tu mejor camisa. Y no pasemos por alto el detalle de tu corbata, siempre a juego con el pañuelo. Y los zapatos… ¿Qué me dices de los zapatos? No digas nada, ¿para qué? Tú y yo sabemos que te los tengo que tener como para mirarte en ellos. Y que no te falte la gomina en el pelo, que no se tuerza la raya del peinado ni un milímetro… y <<aféitame, mujer, que yo no me veo bien en el espejo>>. ¡Maldita sea tu estampa! Ganas me entran de cortarte una oreja, y salir por la puerta con ella en la mano, corriendo hasta la plaza para que me cojan en hombros. Pero cómo voy a hacerlo, con lo guapo que estás cuando te arreglas, canalla, todo un pimpollo con ese traje. ¡Pero si soy la envidia del pueblo, que las mujeres te comen con la vista! Y yo con la cabeza bien alta, de tu brazo en el paseo, aunque lleve la cara como la cal de tanto ir del trabajo a casa y de casa al trabajo, que no cojo ni un rayo de sol. Anda que me ha servido de algo estudiar peluquería, siempre con estos pelos, que parezco una gallina escachifollá. Y aquí me veo, de limpiadora, escoba y fregona dentro y fuera de la casa, sin tú entrar en ella para ayudarme en ná. Y menos mal que por fin me has dejado salir fuera de estas cuatro paredes a limpiar otras casas, lo único que me ofrecían con la edad que tengo, que si no… Ya me dirás tú cómo íbamos a pagar la hipoteca si no. Porque desde luego tú siempre has sido muy tuyo para esas cosas de llevar los pantalones, tan orgulloso y gallito con tu hombría, siempre queriéndolo llevar todo por delante; bueno, todas las cosas de macho en calle, para que nunca dijesen nada de que te estaban comiendo el terreno. Eso sí, cuando éramos novios, tú siempre con la misma cantinela: <<cuando nos casemos, el que tiene que trabajar soy yo; la casa la mantengo yo y tú la cuidas, tú a casa, a esperar que vengan los niños y a estar con ellos, como una buena madre, que en la calle no hay nada bueno >>. Si tú lo dices… Si algo bueno o malo había, yo ni me he enterado, chiquillo, porque de salir… Aunque supongo que no habrá tanto malo por ahí, ¿no? Si no, ¿de qué tanto tú fuera de casa? Así que ni discutírtelo; ni eso se me ocurriría. Porque tú siempre me has dicho que yo a ver, oír y callar, que para todo lo demás ya estabas tú, siempre el primero para decir lo que se tenía que hablar en cada momento, que yo apenas me enteraba de nada, porque, según tú, yo era capaz de confundir las noticias del telediario con los ingredientes de una receta de cocina del Arguiñano, ese que hace unos platos de rechupete, pero unos chistes... Pues bien que te gusta cómo cocino, que nunca has sabido ni freírte un huevo. Pero mejor que sea así, porque serías capaz de meterte en la cocina y pegarle fuego, o de embadurnarte de harina sin quitarte el traje, quía peor la cosa. Nunca has sido capaz de pasarte el cepillo al traje cuando te lo quitas, ni de colgarlo en su percha dentro del armario. Aunque para qué lo ibas ni a intentar, si no sabes ni en qué cajón de la mesita de noche te pongo los calzoncillos o los calcetines, que no sabes ni por qué, pero cada vez que vas a echar manos a ellos siempre los encuentras, como si se lavaran solos, ¿verdad? Claro, como estoy yo… ¡Ay, hijo mío, cuánta inutilidad! Si ya me lo dijo tu madre: <<Un sol te llevas, hija, pero a desastre nadie le echa la pata encima; ten paciencia con él, que yo he gastado mucha>>. Pero nos queríamos tanto… Apenas ya ni recuerdo cuánto nos quisimos, porque después de preñarme cuatro veces, casi te olvidaste de mi; mi piel ni recuerda tu última caricia, y mejor ni hacerlo, porque fue como si me hubieras baboseado con un pedazo de musgo. Lo mismo tienes cualquier pelandusca por ahí, que mejor ni saberlo. ¿Para qué? Ahora, ni eso me importaría. No tengo ni ganas ni tiempo para enfadarme contigo; solo tengo malos modos conmigo misma. Porque me he dado cuenta demasiado tarde, aunque a lo mejor nunca es tarde si la dicha es buena, de que no me he querido desde que estoy a tu lado, de que no me he valorado en lo que valgo, de que he vivido vuestra vida, la tuya, la de los niños, olvidándome por completo de la mía. Pero para eso me educaron, aunque yo ni me di cuenta del mal favor que me estaban haciendo. Siempre le eché en cara a mi madre que fuera tan esclava de mi padre, y ahora que te veo, que me miro en el espejo, me doy cuenta que yo soy tu esclava, y más aun de lo que mi madre fue, porque nunca me he mostrado rebelde con mi suerte, siempre pensando en ti y en los nenes. Me he dejado llevar. ¡Qué suerte que tienen las mujeres de ahora! Pueden ser mujeres, de los pies a la cabeza, dentro y fuera de su casa.
Mira tu traje, sin una arruga; y lo bien que siempre te ha sentado; ni que te lo hubiera cortado un sastre. Está sobre tu butaca, que cualquiera te coge el sitio en ella el día que hay partido por la tele. Me parece verte en ella, sentado ahí, viendo el Barça-Madrid, dentro de tu traje, que te lo ponías porque decías que ese era partido para ir de fiesta, y sin que te faltara tu cervecita, y dándole boca a las tapitas que yo te ponía. Pero ahora tú ya no estás, y apenas siento tristeza; si acaso, liberación. Voy a coger tu traje, y voy a amortajarte con él.

TRAS LAS REJAS
2º PREMIO DEL CERTAMEN DE CARTAS DE AMOR 2010, DE FERNAN NUÑEZ (CORDOBA)
Querida mía:
Desde luego no era esta la forma en que yo imaginé enamorarme. Pero dicen que el amor es imprevisible. Ni siquiera sé si llegarás a leer esta carta, que esa es otra: ¿cómo acercarme a ti? Nos separan unas rejas.
Los enamorados se susurran palabras al oído y yo tengo que conformarme con hablarte con la mirada, dando gritos con mis ojos, abiertos de par en par mientras que tú apenas si cruzas conmigo una mirada vagabunda, difusa, siempre entretenida en un punto intangible, como si estuvieran levitando tus ojeadas por toda la nave.
Llevo varios años acudiendo, como cada mañana, a ver a mi hermana. Siempre lo hago desde la distancia, que muchas veces ella ni me ve. Nunca entendimos por qué lo hizo, pero yo la sigo queriendo. La vida de hoy en día es para vivirla en libertad y no para pasarla encerrada entre cuatro paredes y tras las rejas. Aún así, hago el esfuerzo de comprenderla. Ella lo sabe. Y ha sido así como te he conocido: visitando a mi hermana.
Hace un par de semanas te descubrí entre el grupo. Eres tan guapa… A tu cara se asoma una belleza serena y exótica. Desde el primer instante llamaste mi atención. El silencio era inmenso, tu belleza clamorosa. ¿Por qué he tenido que conocerte en estas circunstancias? Mil veces pedí que se fundiese la reja que nos separa. Me pregunto si eso hubiera sido suficiente para que te fijaras en mí.
Desde aquella mañana rezo todas las noches para que las horas pasen como minutos, para que la madrugada se diluya sin remedio, y con carácter de urgencia, en las primeras luminiscencias de un nuevo día. Ansío el instante en que apareces junto a mi hermana. Desde ese momento no dejo de quitarte la vista de encima, ajeno a todo lo que me rodea. A mí alrededor se levanta un intervalo, de no más de media hora, que debe ser lo más parecido a la gloria.
Has pasado a ser el sentido de mi vida, y sé que eso es una locura; no obstante, el amor en sí es la mayor de las locuras, que ni he oído tu voz en solitario y a mí me parece que tiene timbre de ángel, que así creo reconocerlo al oírte cantar, tamizando tu voz entre todas las voces del coro; me transportas al paraíso.
Sé que pido un imposible, pero a lo mejor te abandona la vocación. Si así sucediese, quiero que sepas que aquí, en la primera bancada de la iglesia, cada día te espero con el corazón abierto; enclaustre en él.
Alfredo.

EL ROSTRO DE LOS REYES MAGOS
PRIMER PREMIO DEL XV CERTAMEN DE CUENTOS DE NAVIDAD DE BEJAR (SALMANCA) 2009
A DON JUAN GARCIA MARTINEZ, MI MAESTRO, CON EL QUE ME HE REENCONTRADO DESPUES DE MAS DE CUARENTA AÑOS COMO SI HUBIERA SIDO AYER MISMO NUESTRO ULTIMO ENCUENTRO.
Los recuerdos, según van pasando los años, van exponiéndose como el deambular cansino de esos jamelgos que dejan entrever su armazón de huesos enflaquecidos bajo un gabán de pellejos deteriorados: se muestran en un equilibrio precario con la vida. Aún así, mis recuerdos del verano siempre fueron recuerdos rechonchos, porque estaban atiborrados de energía. Y aunque ganan la partida en conjunto a evocaciones de otras estaciones, hay un recuerdo de invierno que sobresale por encima de todos mis recuerdos: una remembranza incompleta que un día me transmitió mi madre al abrigo de una chimenea, donde los troncos crepitaban, creando un susurro misterioso, casi embrujador, cálido, y a la que yo puse el broche final pasado un tiempo. Y da igual la época en la que acuda a mí, porque siempre concurre poderosa, pletórica...
La luz eléctrica se había ido, quizá emulando al sol, ya hundido del todo en el horizonte. La tormenta nos estaba regalando un ramo de relámpagos y truenos que nos sobrecogía. Mamá nos sentó alrededor de la chimenea y nos contó su Navidad más mágica, un retazo de tiempo acaramelado que nunca murió en su alma y que habría de sobrevivirla a través de sus hijos. Porque los recuerdos heredados de nuestros seres queridos nunca se apagan; acaban formando parte de esa colección de evocaciones encendidas de la tiramos para contar nuestra propia vida.
Aquel día ella despertó temprano. El aire acariciaba sus mejillas, silbaba por los rincones. El chiflido se refinaba por las rendijas de los cristales rajados. Aquello era más que suficiente para convencerla de que afuera rechinaba el frío. Solo pensar en eso, y sus ganas por levantarse se daban la media vuelta. Ella se arrugaba más y más bajo la manta. Se frotaba sus pies para entrar en calor. Parecía como si el frío se hubiese colado en su cama, enredado en las sabanas para roer ese calor acumulado durante la noche y que forjó un remanso de paz que ella disfrutaba al despertar, poniendo en marcha mil revueltas remolonas para alargar el momento de posar los pies desnudos sobre la solería de piedra helada. Un gallo puñetero cantaba no muy lejos; los ladridos de los perros revoltosos se escurrían por las calles empedradas del pueblo. El agua del caño del pilar rumoreaba al romperse sobre la fina capa de hielo que dejó la helada nocturna. Murgas que acechaban al amanecer para anunciar la alborada a los cuatro vientos en cuanto el Sol asomara sus primeros rayos como el que asoma los pelos del bigote.
En Navidades pasadas, desde la parte baja de la casa trepaba hasta el granero –por aquel entonces, dormitorio de los niños- la sombra fantasmagórica de unos picatostes enmelados y arropados con mantas de nata robada a los hervores de la leche recién ordeñada, de los boniatos cocidos bajo los rescoldos del fuego, del café tosco… Acariciaba su olfato, pregonando Navidad. La economía se estiraba un poco, inventaba un último esfuerzo para planchar las estrecheces. Mi abuela canturreaba villancicos; exorcizaba su amargura con ellos. La tristeza se apalancó en aquella casa. Pero era Navidad y tocaba echarla de allí.
Así, los días de la Navidad no consentían hueco alguno a las penas. Aunque fuera a empellones, mi abuela, desde que el abuelo faltó, ponía todo su empeño en meter la felicidad en el hogar, para que mi madre y sus hermanos llevaran su ausencia con un golpe de olvido que permitiese hacer crecer en sus labios una sonrisa. La Navidad había que vivirla con un mohín gozoso en los rostros, con alegría en el corazón. Para las congojas, en esas fechas, estaba el pozo del alma. Allí tenían que ir a parar a costa de lo que fuese, porque allí se desleían con el tiempo. A mi abuela, en el tesón que ponía en sus cosas, no había quien le echase la pata encima.
Mi madre vivió una infancia sin padre; su madre le hablaba poco de él. Las palabras acarrean los recuerdos; no quería darle una oportunidad a las lágrimas haciéndolos vivir. Por entonces, ya eran varios los años sin el marido, sin el padre. Mi madre perdió la esperanza de vivir una Navidad sentada en su regazo, oliendo el aroma que desprendía su cachimba. Él solo la encendía en días contados, pero aquella fragancia y sus trazas de incienso seguían muy vivas en la memoria de mamá. Ella lo entrelazaba con otras esencias: con las que desprendían los manjares típicos de la Navidad, y que tanto se hacían de rogar para dejarse ver sobre la mesa.
En casa de mis abuelos, el dinero solía pasar de puntillas mientras los sacrificios para subsistir marcaban un paso firme, de plomo. La pobreza se encaprichó de su casa. Sin embargo, tarde o temprano llegaba la Navidad, con sus días sagrados, con sus horas de alborozo; tiempo para estar juntos, para calentarse unos a otros con su mayor riqueza: el amor que se prodigaban.
Durante el año, mi abuela rapiñaba lo que podía, quitando un poco de aquí y una pizca de allá; como una hormiguita, almacenaba para el día de Natividad y el de Epifanía. Siempre quiso que a sus hijos no les faltara un pequeño regalo en el día de Reyes Magos. No podían permitirse grandes lujos, pero es que pequeños... ¡Qué poco podía imaginar mi madre lo que aquella Navidad les iba a deparar!
Ese año, la abuela lo pasó francamente mal; enganchada a un desánimo insalvable.
El día 24 de diciembre se desperezó sin estirar las fragancias típicas de ese día: no olía a Nochebuena, ni existían vestigios de Navidad. En el desayuno solo encontraron un tazón de leche migada con pan. La abuela lloraba. Apenas tenían qué llevarse a la boca. Iban a pasar unas Navidades de mesa vacía. Un nuevo arañazo para el alma de mi abuela.
Como todos los años, mamá, sus hermanos y un corrillo de chiquillería alborotada se dedicaron a cantar villancicos, aporreando orejas para recolectar unas perras gordas. Las callejuelas del pueblo se atiborraban con los ecos de las cancioncillas desafinadas, lanzadas al viento por aquel coro de voces engoladas.
Cuando regresaron a su casa, mamá y mis tíos recibieron una bofetada de alegría. La mesa estaba colmada de alimentos insospechados. Su madre tenía un aire de primavera maquillando su rostro. Habían sido muchos los meses que pasaron sin verla así. Sólo les dijo que todo estaba bien, que la suerte entró esa noche en su hogar, y no por equivocación. Les prometió que algún día conocerían el secreto de ese cambalache de penuria por abundancia. Pero antes tocaba disfrutar: el Niño Dios había nacido y debían ser felices por ello, como siempre lo fueron cuando estaba el padre, mi abuelo.
Mi madre no alcanzaba a recordar unas Navidades tan gozosas como aquellas; las pasó con los nervios a flor de piel, soñando con el día de Reyes. El año anterior, Sus Majestades le dejaron una naranja como regalo. Los tiempos fueron especialmente duros. Nada les reprochó. Después de dos días guardando su naranja, poniendo el celo del que custodia un gran tesoro, por fin la comió. Y comenzó a imaginar otra amanecida de Reyes Magos con mejor fortuna; con la que estaba a punto de toparse.
Al despertar, esa mañana fue la primera en hacerlo, mamá encontró una muñeca de trapo sobre su camastro. A su lado, dos naranjas y un caramelo gordo, envuelto en un papel que tenía dibujada la imagen de la Virgen del Pilar. Su satisfacción era plena; sólo le faltaba ser feliz, y el día de Reyes es un día propicio a la felicidad; sólo hay que desearla con el corazón.
Descubrió un tufo dulzón; lo recordaba con vigor. Notó pellizcos en el estómago. De puntillas, se dirigió hacia la escalera. Observó los espectros tintineantes del fuego de la chimenea. Desde arriba solo alcanzaba a ver la imagen de un cuerpo grande volcado sobre el hogar. Atizaba los leños encendidos. Bajó los peldaños de madera guardando silencio. Vio a su madre dormida en su mecedora, situada junto al fogón de carbón. La sombra de aquel hombre bailaba por el suelo, avivada por los destellos que desprendían los troncos ardiendo. Mamá pudo observar cómo una bruma de humo envolvía la cabeza de aquel desconocido, quien de pronto retrocedió unos pasos. Se volvió hacia ella; quedó paralizada.
Ha pasado un rosario de Navidades. Papá falta desde hace un par de años. Mi madre es una mujer que no pierde las ganas de vivir y de celebrar la Navidad. Este año hemos decidido pasar el día de Reyes en el pueblo. Mamá no va por allí desde que la abuela falleció. Yo me he adelantado unos meses para ir preparando la casa, para hacerla más habitable, más confortable; hay mucha humedad que quitar de en medio. He comprado un poco de leña. Una casa en tiempo de frío no es hogar si no existen llamas que la caldeen. Hace frío; las ráfagas de aire son cuchillas afiladas para la piel. Me dispongo a encender la chimenea. Un aire secreto apaga la cerilla.
No puede creerlo. Mamá es completamente feliz. Está frente a su padre. Le sonríe. Él abre sus brazos; ella corre a su encuentro, y se deja caer en ellos. Mil besos; un abrazo infinito. ¡Por fin los Reyes se acordaron de ella! Pasó toda la noche pensando en su padre, y ahí estaba él, apretujándola contra su cuerpo. El mejor regalo que podía esperar.
Él le cuenta una historia increíble, de escondites y huidas que ella no comprende. Le promete que aunque no siempre estén juntos, nunca dejará de quererla a ella, a sus hermanos y a su madre. Ellos son su razón para vivir. Le hace prometer que nunca lo olvidará y que no lo echará de menos. Le dice que cuando sienta nostalgia por él no deje de mirar al cielo y que no dude en pedir a Dios que el tiempo pase rápido, para que muy pronto vuelvan a estar juntos y para que nunca más se separen. Ella se duerme sobre el regazo de su padre. Al despertar, él ya no está allí. Piensa que quizá fue un sueño, pero aquel olor está pegado a su cuerpo. Su madre prepara el desayuno. No dice nada; canturrea un villancico. La niña la mira. Luego le cuenta que ha visto a su padre. Su madre alza la vista, la besa en la frente, le pide que sea su secreto… Las dos canturrean un villancico. El fuego está apagado. Así estará por mucho tiempo.
Enciendo otra cerilla; se apaga de nuevo. La pared de la chimenea es un rezumadero de corriente. Observó que tiene algunos boquetes pequeños. Introduzco una varilla y no toco fondo. Detrás de aquella pared está la que antaño fue una pequeña cuadra. El pesebre contiene objetos antiguos. Al vaciarlo, cede la losa trasera, dejando un paso abierto por el que puede colarse un cuerpo no sin ciertas dificultades. Descubro que entre aquel comedero de bestias y la pared del fondo de la chimenea hay un espacio secreto, una cámara a modo de pequeña habitación. Tomo una vela. La enciendo. Entro.
Mi abuela le explica a mi mamá que su padre tuvo que marcharse. No le da más razones. Eso sí: le cuenta que su chimenea es mágica; que cuando quiera ponerse en contacto con él no tiene más que escribir una nota en un papel y colocarla en las rendijas de la chimenea. El viento burlón la hará llegar hasta su padre. Para ello, le promete que no encenderá el fuego, que a partir de ese instante calentarán la casa con la hornilla de la cocina.
Un día tras otro mi madre acude a su cita con un trozo de papel en blanco. En él escribe aquello que sueña decirle a su padre. Pero nunca recibe respuesta. Su madre la consuela, diciéndole que el silencio otorga y que su padre calla lo mucho que les quiere. Le hace prometer que nunca dudará de su padre, que jamás dejará de sentirse orgullosa de él. Tanto lo hace así que, a veces, cree oír su voz, susurrando a altas horas de la noche mientras su madre permanece despierta, a oscuras, balanceándose en su merecedora, sus ojos clavados en las cenizas heladas de la chimenea y hablando en soledad con la pared.
Aquel espacio muerto debió ser un escondite para mantener a salvo la vida. No doy crédito a lo que veo: un camastro abrigado por un cobertor raído; una banqueta destartalada sobre un tablero que remeda con poca suerte a una pequeña mesa. Sobre ella hay un plato de cinc, un vaso pequeño de cristal empañado por el tiempo, y una cuchara, un tenedor y una navaja que parecen esperar su hora. Unos cordeles, que cruzan de lado a lado el pequeño receptáculo, sostienen unas ropas abandonadas a su suerte. En un rincón hay un pequeño baúl cubierto por un edredón de polvo. Mi mano temblorosa se avecina a él. Lo abro. Se encoge mi corazón cuando acerco la vela para dar luz a lo que allí se esconde. Limpio mis lágrimas.
Una noche de febrero, mamá se despertó alterada. Había escuchado unos estallidos lejanos. Se reconfortó pensando que eran los disparos de los cazadores furtivos; merodeaban de común por los alrededores. Cuando a punto estaba de caer rendida por el sueño, aporrearon la puerta. Se asomó desde el hueco de la escalera. Vio a su madre llorar de manera desconsolada. Hablaba con un hombre desconocido que trataba de consolarla. Bajó las escaleras. Mi abuela la abrazó con fuerza. Mamá le preguntó el porqué de su llanto. Como respuesta obtuvo un sollozo y un abrazo más fuerte. La pena se agarró a la cara de la abuela para no abandonarla jamás. Mi madre siguió escribiendo sus notas a su padre. Le suplicaba que volviera; le explicaba que sólo con su regreso podría regresar la alegría al rostro de su madre. No obtuvo respuesta.
Ha transcurrido un par de meses desde que encontré el baúl. El hallazgo lo he guardado como un secreto. Aquello me incitó a otra búsqueda que no ha sido nada fácil. He tenido que tirar de mis contactos, de un amigo policía extremadamente eficiente, para obtener resultados rápidos, positivos y extraordinariamente gratificantes; un gran regalo de Reyes para mamá, pero también para toda la familia.
Estoy de nuevo en el pueblo, en casa de mi abuela. Es la víspera del 6 de enero. Mamá está a punto de llegar. La chimenea escupe pavesas irritadas. Los zapatos, alrededor del hogar cálido, aguardarán allí hasta que los deseos escritos en las cartas cumplan la metamorfosis de la verdad. Mientras, las emociones las llevamos escondidas en el corazón; nos vamos a la cama con ellas a punto de desbordarse.
Hoy hace mucho frío. Son las cuatro de la madrugada. Todos en la casa duermen. Descalzo, me acerco hasta la chimenea. Las ascuas me regalan unas bocanadas de calor. Todo está listo; los regalos acechan a los sueños.
Subo las escaleras. Mamá duerme en el antiguo granero, ahora remozado. Junto a ella, en otra cama, sus dos nietos. Toco su hombro de manera suave. Dejo caer un beso en su rostro. Se despierta: “mamá, han llegado los Reyes”, le digo.
Junto a sus zapatillas, descubre el baúl que yo hallé en el escondite. Lo abre. Me marcho. Es tiempo de intimidad. Dentro, viejas fotografías y todas las notas que escribió para su padre, para que el aire de la chimenea se las hiciera llegar. Junto a ellas, palabras escritas por él, trozos de papel en los que le garabateaba las mil cosas que hubiera deseado decirle si hubiese tenido otras oportunidades para tenerla sentada en su regazo.
La emoción la embarga. Para ella, la lectura ha sido como una conversación con el pasado. Ha zanjado una charla que estaba en lista de espera. Las lágrimas recorren sus mejillas, certificando la felicidad más grande, su mejor regalo de Reyes.
Baja las escaleras del desván, silenciando sus pasos. Un aroma familiar acude a su encuentro. El resplandor de las ascuas, desamparando la oscuridad, deja entrever la figura encorvada de un anciano: le muestra la espalda, apoyado sobre el anaquel de la chimenea. Ella quiere acercarse, pero está paralizada. Me arrimo a mamá. La tomo por los hombros. La ayudo a caminar. Emocionada, me indaga con el rabillo del ojo, con un signo de interrogación colgado de su mirada. Le respondo con una sonrisa. Me entiende. Una cachimba cae al suelo. Mamá siente que está a punto de reconocer el rostro de los Reyes Magos.
A TORREOSCURAS.COM, PLATAFORMA DE ENCUENTRO.
JUAN CARLOS PEREZ LOPEZ

UNA CARTA DE REYES EN LA TELARAÑA DEL TIEMPO
(Accesit del X Certamen de Poesía y Relato de la Ciudad Autónoma de Melilla, 2009)
El tiempo es una telaraña donde están atrapados tantos recuerdos para ser revitalizados por la nostalgia…
Hoy, como aquel día, he despertado con la caricia de la luz del alba retozando sobre mi rostro; hoy, como entonces, la bocanada de luminescencia llega inflamada por la blancura intensa de la nevada. Hoy, de igual modo que en aquella mañana perdida en un ayer lejano, formo un muñeco de nieve. Pero esta vez compongo su silueta con mis recuerdos, sin importar que estén adelgazados. Han pasado muchos años, quizá demasiados para el reencuentro con ellos en un cara a cara en directo, el tiempo arrasador colándose por debajo de nuestra piel sin armar jaleo. No obstante, hay evocaciones que se dilatan precisamente por estar hincadas en las Navidades del pasado, remembranzas que permanecen con todo su vigor para experimentar la magia de vivirlas de nuevo a poco que las zarandeemos, sacándolas de su estado de catalepsia para simular espumillones de mil colores que gusta tener entre manos.
Las cuatro paredes entre las que transcurrían nuestras existencias no se vestían de fiesta para celebrar el nacimiento del Niño Jesús. Por ellas no circulaban aromas propios de fechas tan señaladas; apenas se escuchaban los murmullos de los villancicos que cantábamos entre dientes. En la capilla ponían unas escasas figuras con las que se remedaba un Belén. Yo recordaba el que montaban mis padres en mi casa, y el alma se me escapaba por la boca mientras el corazón se me arrugaba por culpa de la melancolía. Un gran manto de tristeza se posaba sobre mí. Yo trataba de sacudírmelo de encima. Al fin, no podía evitar el llanto. Y así me dormía, una noche tras otra de cada Navidad de las que allí pasé. Pero nunca es tarde para rememorar momentos felices o para enmendar los errores pasados, porque la Navidad es siempre; sólo hay que salir a su encuentro y saber rebuscarla en el corazón.
Durante horas, cayeron inmensos copos de nieve que parecían flotar en la espesura de la noche, formando un manto denso y albo; me dormí contemplándolos a través de los cristales empañados del ventanal, con mi vista clavada en el filo de mi manta, mi cuerpo tiritando bajo ella, sumergido en una atmósfera con regustos a naftalina. Al amanecer, zamarreado por las primeras luces del alba, me asomé al balcón; acercarme hasta él, con mis pies desnudos acariciando el frío de la solería, suponía todo un acto de valentía: un mal resfriado podía costar bien caro. Comprobé cómo el verdor del patio del colegio había sido mudado por una sábana nívea. Faltaba apenas un día para la Nochebuena, pero aquella envoltura algodonosa que se extendía por las copas de los árboles, por los tejados de las casas vecinas y por la superficie adoquinada de las calles aledañas, y que además cubría por completo los pocos coches que allí estaban estacionados, adelantaba por unas horas las fiestas navideñas. La sensación de felicidad me embargó por completo.
Ellos dormían todavía y yo tenía una posibilidad única en mis manos… Como yo era el mayor de todos, en ese mágico instante me creí depositario de una responsabilidad que cumplir: crear una ilusión, antes de que despertaran, para hacerlos felices por un día. Me puse manos a la faena, que ni me vestí: me eché el abrigo encima del pijama y me deslicé hasta el patio, bajando las escaleras de puntillas, para no despertar a nadie. Abrí la puerta de la casa. Una marejada de luz blanca me cegó.
Como un relámpago, me ganó la idea de hacer un gran muñeco de nieve: con su zanahoria por nariz, con sus grandes botones por ojos… quién sabe si con un sombrero… Seguro que con su bufanda, y tal vez con una pipa sin humo. ¡Un gran muñeco de nieve con una enorme sonrisa! ¡La gran ilusión de mis compañeros! Muchos de ellos no habían visto nevar en sus cortas vidas. ¿Cómo dejar que se sumergieran en su primera gran nevada sin plantar delante de sus narices al Señor del Reino de las Nieves?
Una vez terminé la faena, me aseé y me vestí, y esperé pacientemente a que el timbre del despertador inundara, a modo de ondulación chinchosa, la sala del dormitorio, donde en veinte camas nos apiñábamos veintiocho chiquillos. Suponía una suerte el dormir acompañado; hacía tanto frío… y nos sentíamos tan solos y desdichados...
Cuando se despertaron los animé a que se acercaran a las ventanas, a que limpiasen el velo de humedad que dormía sobre los cristales. Entonces la emoción brilló en las caras de todos ellos. En sus ojos, abiertos de par en par, podía verse reflejada toda la blancura de la nieve, encarcelado el muñeco dentro de sus iris. ¡Estalló la ilusión!
Corrían tiempos difíciles, los más propios para la amargura, los menos idóneos para la infancia. Vivíamos en un orfanato. Nuestras vidas transcurrían como una secuencia de fotogramas en blanco y negro que era proyectada sobre una gran pantalla sepia y desgastada, para dejar ver una tira llena de vivencias que reunía toda la gama de tonalidades grises, y que hacía que nuestras vidas transcurriesen de un modo anodino. Cualquier acontecimiento extraordinario, como aquella nevada, suponía una avalancha de emociones que espoleaba al júbilo, que por entonces andaba despistado o no nos echaba cuentas. Sólo teníamos una ilusión: que una familia nos adoptase. Y mientras ese día llegaba, todos nos empeñábamos en hacer piña los unos con los otros. Procurábamos hacer estirpe común; al menos, lo intentábamos con mayor o menor fortuna, poniendo más ahínco en el empeño durante la Navidad, la época más idónea para espabilar los afectos y los sentidos.
Las normas en el recinto eran muy claras y nos hacían sentir encorsetados: primero asearse, después la misa, el desayuno y a continuación las clases, horas tediosas en el aula, espacio hostil donde nuestros profesores mantenían una ardua batalla contra nuestra ignorancia, nuestras cabezas revoloteando alrededor de los juegos. ¡A ver quién era el guapo que osase saltárselas! Sin embargo, ese día sólo pensábamos en salir al patio, en que llegase la hora del recreo, que aquella mañana la espera se hizo eterna mientras amarrábamos con el rabillo del ojo el paisaje albino que se vislumbraba a través del ventanal. Afuera nos esperaba el muñeco y mil bolas de nieve por hacer para declarar una guerra sin cuartel al aburrimiento.
Durante la segunda hora de estudio avisaron al señor maestro para que acudiese al despacho del director. En cuanto desapareció por la puerta todos corrimos hacia la ventana. Allí, majestuoso, estaba el muñeco de nieve, dueño y señor del patio. Entonces tuve una nueva ocurrencia: convencí a mis compañeros para que juntos escribiésemos una sola carta para los Reyes Magos, porque en nuestras mentes, por encima de todo lo demás, daba vueltas y revueltas, cuando se aproximaba la Navidad, la idea de escribir la carta de los Reyes Magos.
Por aquellos días, escribir la misiva para los Señores de Oriente más que una ilusión constituía un reto, porque siempre metamorfoseaba en desilusión y suponía un auténtico esfuerzo volver a tener fe en escribirla al año siguiente. Pero yo los convencí: la unión hace la fuerza, y ante una carta firmada por veintiocho chiquillos deseosos y alborozados… ¡Que cualquiera se atreve a dejarla sin atender…!
Entonces nos apiñamos alrededor de un pupitre, cada cabeza buscando un hueco por el que asomarse al interior de aquel barullo de niños. Yo permanecía sentado, pluma en mano, y hoja en blanco, desafiante el papel virgen en una batalla que tenía perdida de antemano, pues iba a ser emborronado con nuestros deseos más perentorios. Prometí que me aplicaría en la escritura, que pondría mi mejor caligrafía al servicio de un claro entendimiento; de tal guisa los Reyes no tendrían excusa para no traernos aquello que cada uno de nosotros anhelaba. Una vez escrita la carta, fue firmada de puño y letra por todos nosotros. Luego les prometí que la meteríamos en el interior del muñeco de nieve -¡el mejor de los pajes reales!-, pues allí mismo dormía el espíritu de la Navidad. La guardé en el bolsillo interior de mi zamarra parcheada, a la espera de que sonara el timbre que anunciaba el recreo y así poder cumplimentar la entrega de la misiva de la ilusión.
Todo lo que aconteció después no fue más que una sucesión de calamidades para mis compañeros. Cuando el profesor regresó al aula me hizo ir al dormitorio: debía hacer mi maleta con rapidez: me habían adoptado. La tristeza se cuajó sobre los rostros de mis compañeros, pero en mi interior estalló la alegría, un regocijo al que impedí que se abriera paso hasta mi cara para no densificar la pena que, a buen seguro, sentirían mis compañeros al verme partir del orfanato. Por primera vez en mi vida experimenté una sensación agridulce, sin saber con certeza qué emoción –si acre o acaramelada- había conquistado mi alma. Lo último que recuerdo de aquel día fue el resquemor que sentí al comprobar cómo poco a poco el muñeco de nieve se derretía bajo los rayos del sol mientras mis compañeros lloraban al decirme adiós, yo ya montado en el coche con el que me alejé de allí, quedando empequeñecida en el retrovisor del auto la casa donde había pasado mis últimos años, un tiempo en el que hice de hermano mayor de todos aquellos niños que agitaban sus manos a modo de despedida afligida.
Hoy, muchos años después, y sin que nadie me haya dicho nada sobre el asunto, sé sobre seguro que mis compañeros, mis hermanos del orfanato, pasaron una triste Navidad y que no vieron colmados sus deseos en el día de Epifanía. Porque hoy, al remover entre el contenido de un viejo arcón de madera apolillada, que estaba cubierto por cuatro dedos de polvo en un rincón lóbrego del desván de la casa de mis padres adoptivos, ha aparecido mi vieja zamarra. He hundido mi cara en ella y, como si fuese una telaraña en la que quedó atrapado el pasado, he podido devorar los olores de aquella casa, de aquellos niños, aromas que aun permanecían intactos. Pero me he llevado una desagradable sorpresa: en uno de sus bolsillos interiores ha aparecido, amarilleada por el zarpazo del tiempo y del olvido, la carta de Reyes Magos que escribí, coreado por los gritos inquietos de mis hermanos pequeños, el día que me adoptaron, carta que nunca llegó a su destino por culpa de la emoción que me causó la noticia de mi acogimiento en un hogar de verdad y que quedó atrapada en la telaraña del tiempo.
Aquellos niños, ya creciditos (sé que algunos incluso son abuelos), mañana vivirán una emoción especial. Armado de paciencia, he localizado las direcciones de todos ellos. La sorpresa ha sido averiguar que todos vivimos en Madrid, gran urbe de encuentros y desencuentros, de abrazos y olvidos, de estrés y rutina. Ya habrá tiempo de reuniones cara a cara. Ahora es momento para la magia, la ilusión… Me he propuesto hacerles llegar a todos y cada uno de ellos el regalo que pedían en la carta para los Reyes que nunca llegó a manos de Sus Majestades de Oriente.
La madrugada del día de Reyes Magos la he pasado en blanco, sin pegar ojo, inquieto, imaginando las caras de sorpresa que pondrán cuando el mensajero toque a sus puertas y les entregue sus deseos muchos años después de haberlos pedido. Se preguntarán cómo después de tanto tiempo… Para refrescarles la memoria, también les hago llegar una copia de la carta, fechada en Madrid un 23 de diciembre de 1949.
El día va pasando de manera feliz. Toda la familia ha venido a casa. Mis nietas y nietos han vivido la ilusión de un día de Reyes Magos inolvidable, tanto o más inolvidable como ha sido para mis hijos y para mi esposa; a mí se me cae la baba de verlos felices a todos a mi alrededor, pero no he podido dejar de pensar en mis hermanos pequeños: ¿cómo habrá transcurrido este día para ellos? ¿Cómo habrán recibido su regalo de Reyes Magos?
Oscurece. Tocan al timbre. Mi esposa me dice que salga a la puerta de casa, que reclaman mi presencia. Frente a mí observo a una gran cantidad de gente. No hace falta que se presenten. Delante de mí están todos ellos, mis compañeros del orfanato con sus respectivas familias. Nunca perdieron contacto entre ellos sin saber yo nada de sus vidas. Uno de ellos se adelanta y me entrega un paquete. Al abrirlo, mi corazón se pone a mil. Observo en el interior de la caja el regalo que yo pedí a los Reyes Magos y que no me entregaron jamás. Comprendo que hoy los Reyes han llegado a deshora para mí, al caer la noche. Pero no importa. Han saldado una deuda pendiente, como yo saldé la mía. Todos nos abrazamos en el que, a buen seguro, será el más inolvidable día de Reyes Magos para todos nosotros. Y es que la Navidad es un venero de amor y magia que, por mucho tiempo que pase, nunca deja de regalar lo que lleva dentro: su espíritu fraterno, y las dulces palabras que quedaron escritas en las muchas cartas de Reyes que quedaron atrapadas en la telaraña del tiempo.
JUAN CARLOS PEREZ LOPEZ
TCUENTO
MARRUECOS NO ASUME SUS MISERIAS
Cuando empezamos a ver actos de solidaridad -ya tenemos a una chica que ha iniciado una huelga de hambre en apoyo a la saharaui Aminetu Haidar-, actos que yo respeto profundamente, y que incluso llego a comprender desde el romanticismo que es propio de la juventud, pero que no comparto por desacertados que son, hay que decirle al gobierno marroqui,y a su monarca, que España no acepta, en modo alguno, el papel de víctima que nos asigna. Por boca de su ministro de exteriores hemos oido decir que en este asunto España es una víctima como Marruecos. ¡No! España es testigo obligado de una gran injusticia cometida por Marruecos, un país que lejos de asumir sus responsabilidades trata de dejarle el marrón a otra nación. En la Carta Universal de los Derechos Humanos se dice que ningún ciudadano del mundo puede ser privado de su nacionalidad de manera arbitraria; un pasaporte implica una nacionalidad. Es Marruecos quien ha robado el pasaporte a la activista Haidar; es Marruecos quien comete un atropello descomunal; es Marruecos quien nos crea un problema interno con un asunto que sólo a él le compete. Marruecos, en realidad, tiene miedo de que la activista por los Derechos Humanos, Aminetu Haidar, entre en El Aaiún como una heroina. Pero olvida el Reino Alauita que si esta mujer fallece habrá creado un martir. Los heroes ganan batallas, pero son los martires quienes promueven y sostienen las guerras. Marruecos debe asumir sus responsabilidades, sin amenazar, sin tratar de desprestigiar a Estados y personas, sin negar la flagrante injusticia que está cometiendo. Si quiere tener credibilidad internacional que rebusque en sus miserias, que las asuma, que trate de evitarlas y, sobre todo, que de una vez por todas cumpla los acuerdos internacionales sobre El Sahara Occidental y se deje de pamplinas y de incordiar, que de las amenazas exterioreres que nos puedan llegar ya se ocupan nuestras fuerzas de orden público y nuestros ejércitos, grupos de hombres y mujeres dispuestos a dar lo mejor de ellos mismos por defender nuestra seguridad.
JUAN CARLOS PEREZ LOPEZ

MARIA SILVA CRUZ, "LA LIBERTARIA
EL AUTOR DE TORREPEROGIL (JAEN), JUAN CARLOS PEREZ LOPEZ HA SIDO GALARDONADO EN LA TARDE DEL VIERNES 20 DE NOVIEMBRE CON EL PRIMER PREMIO DEL IV CERTAMEN INTERNACIONAL DE RELATO Y POESÍA “PACO GANDIA” DE SEVILLA. LA OBRA PREMIADA SE TITULA “EL NACIMIENTO DE UNA LEYENDA”, UN RELATO QUE SE CONVIERTE EN UN EJERCICIO SOBRE MEMORIA HISTÓRICA BALSÁMICA Y UN HOMENAJE A LAS MUJERES QUE DIERON SU VIDA POR MANTENERSE FIELES A SUS PRINCIPIOS E IDEALES EN UN TIEMPO DISEÑADO POR Y PARA LOS HOMBRES.
RELATO GANADOR DEL IV CERTAMEN INTERNACIONAL DE RELATO CORTO Y POESIA "PACO GANDIA"
Madrid, cine Europa, noviembre de 1933
Un profundo silencio colapsó la sala cuando se anunció que iba a hablar María. Llevaba unas cuartillas en la mano. En ellas estaba escrito el texto de su intervención. Aguantaba a pie firme, pero nerviosa, muy emocionada. Su vida había experimentado notables transformaciones en pocos meses. Las pobres callejuelas de Casas Viejas fueron cambiadas por las amplias avenidas de Madrid. Se encontraba frente a miles de personas; esperaban para oírla. La atmósfera enclaustrada entre aquellas cuatro paredes estaba cargada. Dio libertad a su voz. Sus palabras resonaron, batallando con los ecos de los altavoces:
“Compañeros y compañeras, pueblo de Madrid que en estos momentos escucha la voz emocionada de una superviviente de la tragedia que conmovió a España y al mundo entero; pueblo que muestra su rebeldía, su ansia de superación y de terminar con todos los traidores, con todos los vagos profesionales que la han esclavizado…”
La emoción le pudo; comenzó a llorar. Los aplausos tronaron en la sala. El presidente del mitin terminó de leer el escrito; finalizaba con una invitación a la lucha revolucionaria.
En un lugar desconocido, 24 de agosto de 1936:
Tengo frío. Están frente a mí. Siento miedo. No sé si ellos abrigan remordimientos de conciencia, pero si lo hacen, supongo que antepondrán sus uniformes y la obediencia debida para sacudirse de encima sus comezones. Soy una mujer cualquiera, única. Ellos forman un grupo de hombres dispares sometidos a una autoridad que siguen a ciegas y que convierte en valientes por un día a cobardes de toda la vida. Yo soy libre. Ellos acatan. Nunca es tiempo para morir. Tampoco para vivir con el peso de una muerte que manchará sus manos por siempre jamás. Yo prefiero acabar aquí mis días, con mis manos limpias, enarbolando la bandera de la libertad antes que ser esclava de la intolerancia por un solo instante.
La noche ha sido dura. Saber que te espera el fin no es algo grato de vivir en una sucesión de horas oscuras que se ha eternizado para no dejarme conciliar el sueño. Sin embargo, ahora me parece que mi vida ha sido como un suspiro. Atrás quedarán muchos años, buenos y malos momentos que he podido recordar con absoluta nitidez. Supongo que el temor a morir ha removido mis entrañas; a mi han acudido escenas engarzadas de mi existencia; apenas sí las recordaba. Todo lo puedo aguantar; siempre he sido fuerte. He tenido una vida difícil. Aun así, me siento orgullosa de ella; mis ideas han estado por delante. Siempre he pensado que las ideas esclavizan sólo cuando no te atreves a nombrarlas, pero hacen libres a los hombres y a las mujeres que las hacen volar. Y es que no hay mayor tragedia que encerrar las ideologías en la soledad de la cabeza; ahí se pudren si no las aireas con la palabra.
Tengo frío. Ahora estoy confusa. Tiemblo. Me embarga la pena de no poder ver a mi hijo. ¿Qué será de él cuando yo no esté? Una infancia sin madre es una tragedia, un mal punto para emprender la vida. Me duele perderme sus llantos, sus primeros pasos, sus enfados, sus primeras palabras… sus risas. Siento en el alma no poder estar a su lado para cuando necesite una voz cercana y familiar con la que remediar sus sufrimientos o ganar ánimos. No veré sus nervios cuando le toque amar; no veré crecer su vida mientras la mía se achica. Sólo espero que él nunca me pida cuentas, ni me reproche haber seguido el mandato de mis ideales, pues, al fin, son los que le van a dejar sin madre. Pero supongo que sin ellos él nunca habría crecido en mis entrañas, ni habría mamado de mis pechos, estos pechos que ahora abrazo y que sienten el vacío que ha dejado la ausencia de su pequeño cuerpo apretujado contra ellos. No está conmigo, pero lo llevo de nuevo en mis entrañas, el lugar donde las madres mejor entendemos a los hijos.
Soy una madre orgullosa; mi hijo es fruto del amor. Ojalá que algún día, cuando crezca y comprenda, pueda sentir por sus padres un reconocimiento que le haga ir con la cabeza erguida, que nunca se avergüence de nosotros. Solo le pido perdón por no poder estar a la vera de su camino. Mi último pensamiento será para él. Y eso ha de servirle para que me sienta presente, pues en su cabeza nadie me puede matar, menos aún en su corazón. Lo sacaron de mis entrañas; lo llevo en mi alma.
Ahora estoy confusa. Tengo miedo; las lágrimas nublan mi vista. Quizá sea mejor así. Les miraré de frente, pero no me llevaré sus rostros. Ellos me robarán la vida, pero yo me llevaré sus conciencias. Yo moriré en paz. ¿Cómo vivirán ellos?
Tengo miedo, y mucho frío. Estoy confusa, muy confusa. Tirito; me duele que piensen que soy cobarde. Frío, más del que realmente hace; miedo, más del que ciertamente tengo.
-¡Atención! Prevenidos: ¡Carguen! ¡Apunten! …
En una tumba anónima yace María Silva Cruz, “La libertaria”, un nombre contra el olvido.
GRAN DOLOR, CRASO ERROR
Yo no sé muy bien qué beneficios puede aportar a un sinvergüenza de marca mayor como lo es el tal Cuco al aplicársele el régimen de semilibertad del que va a gozar en breve. Un golfo de tal calibre, además de presunto asesino o cómplice de asesinato, no va a ver mejorada su personalidad psicópata por lo que diga o deje de decir una Ley del Menor que hace aguas por todos lados cuando a su socaire se producen situaciones como la que va a afectar a este pajarraco, que dentro de pocos días va a poder pasearse por la calle por mucha vigilancia de la que sea objeto. Pero sin duda alguna, tengo más que claro cristalino que esto no es una bofetada de guante blanco sino un auténtico gancho directo al dolor, al sufrimiento sin tregua que está viviendo la familia de Marta del Castillo Casanueva. De seguir por este camino, dentro de poco veremos la puesta en libertad de todos y cada uno de los implicados en la muerte y desaparición de la joven sevillana. A poco que el tiempo pase, lo mismo llegamos a ver como se da la vuelta a la tortilla: podremos asistir a la incriminación de la familia de Marta como responsables últimos de que esta panda de canallas haya pasado un tiempo entre rejas; pasará de ser víctima a verdugo. Esto es el colmo de los colmos, y la única explicación que se da es que todo se ajusta a la Ley. Pues si todo se ajusta a la Ley, está más que claro, y así hay que denunciarlo a voz en grito, que hay que cambiarla de manera urgente, porque de lo contrario, sepan instituciones y sociedad, que dentro de nada tendremos un nuevo sinónimo de injusticia en el diccionario del RAE: Marta del Castillo Casanueva. Lo peor de todo es que lo mismo vemos a estos golfos paseándose por las cadenas de televisión que mercadean con una falta total de escrúpulos en aras de la audiencia. Gran dolor, craso error.
JUAN CARLOS PEREZ LOPEZ
Segovia, lunes 26 de octubre de 2009
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CULTURA
Juan Carlos Pérez recibió el premio de relato corto “Villa de Pedraza”
La cuarta edición del certamen registró un total de 321 originales presentados, procedentes de todas las comunidades autónomas españolas e incluso de países iberoamericanos.
El Adelantado - Pedraza
En la antigua Cárcel de Pedraza, el pasado sábado se celebró el acto de entrega de premios del IV Certamen de Relato Corto "Fundación Villa de Pedraza", convocado por la institución mencionada con la colaboración de "Caja Segovia" y "El Corral de Joaquina".
Dicho acto se abrió con unas palabras de José Lara, presidente de la citada Fundación, quien tuvo también a su cargo la clausura del mismo. Por su parte, Ángel Esteban Calle, coordinador del concurso, puso de relieve la calidad y el elevado número de originales presentados (un total de 321), procedentes de la mayor parte de provincias españolas y de todas las comunidades autónomas, así como de varios países extranjeros principalmente de habla hispana. Al igual que en las ediciones anteriores, se puede decir que la repercusión del certamen ha tenido un alcance internacional.
Seguidamente, tras hacerse público el fallo contenido en el acta del jurado, en la voz del miembro del mismo Antonio Gracia, se efectuó la entrega de galardones y la lectura de los trabajos premiados, que estarán disponibles en la página web de la Fundación (www.pedraza.net).
premios En primer lugar, recibió el primer premio, patrocinado por Caja Segovia y dotado con 1.000 euros, Juan Carlos Pérez López, por su relato "La maleta de papá", de manos de Rafael Encinas, jefe de la Obra Social y Cultural de Caja Segovia.
A continuación, José Lara, presidente de la Fundación Villa de Pedraza, entregó el segundo premio, patrocinado por dicha Fundación y dotado con 500 euros, a Luis Chacón Ortega, por su obra titulada "Amigos para siempre".
Por su parte, Manuel Giménez González, por su original "Un río de vida", fue galardonado con el Tercer Premio, patrocinado por El Corral de Joaquina y dotado con 250 euros, realizando la entrega Carlos Martín.
El jurado decidió también otorgar una mención especial, sin dotación económica, al trabajo titulado "La inmediatez del laberinto", de José Herminio Andújar Hernández. Cada uno de los ganadores recibió un diploma diseñado por el pintor Rafael Sánchez Muñoz, afincado en Pedraza.
El jurado de este IV Certamen de Relato Corto "Fundación Villa de Pedraza", que tuvo que realizar un arduo y difícil trabajo teniendo en cuenta la calidad y el elevado número de originales recibidos, estaba compuesto por tres escritores segovianos: Rafael Sanz y Sanz, Apuleyo Soto Pajares y Antonio Gracia Sanz.
OPINION Y LITERATURA
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